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8:10 am. Domingo 20 de Noviembre de 2022
Opinión
8:10 am. Domingo 20 de Noviembre de 2022

Catar es un país pequeño del Golfo Pérsico; posee una superficie de 11.571 kilómetros cuadrados y una población de 2.931.000 almas, según datos del año 2021 del Banco Mundial. En esta nación se habla árabe, y el inglés tiene mucha presencia por los contactos internacionales.

El tipo de gobierno de Catar es el emirato, que es una especie de mandato hereditario de un emir. El hecho de no ser elegido, de tener un carácter indiscutible y con una suerte de linaje en el poder, hace del emirato un sistema muy parecido a las monarquías absolutas que existieron en Europa.

El emirato proviene de la tradición musulmana, y se piensa como una forma de gobierno menor comparada con el califato, que era la gran potencia estatal a la que aspiraba el Estado Islámico para los países árabes. 

El jeque Tamim bin Hamad Al Thani es el emir de Catar desde el 25 de junio de 2013, cuando asumió en reemplazo de su padre, quien había abdicado. Desde esos tiempos emprendió una tarea modernizadora y de posicionamiento de su nación en el Oriente Medio, en el mundo árabe y musulmán y en el plano internacional.

Esa visión se ha visto fortalecida por la gran riqueza petrolífera y gasífera que posee Catar. Su producto interno bruto per cápita es uno de los más altos de la región y del mundo, como quiera que alcanza los 51.810 euros, por lo cual ocupa el puesto 13 entre 196 países de todo el globo.

El motor de la economía catarí son los yacimiento gasíferos y petrolíferos, de los cuales el Estado obtiene su principal fuente de ingresos. La renta de estos energéticos no solo ha permitido mejorar la calidad de vida de sus habitantes, sino modernizar a Catar y proyectarlo con sus inversiones en otros ámbitos.

El estadio Lusail

Se sabe que el emirato ha invertido fuertes sumas de dinero en la compra de equipos de fútbol, empresas constructoras y del sector financiero en Francia y Alemania, y que proyecta una inversión muy fuerte en España. Catar posee una de las aerolíneas más prestigiosas del mundo, y financia la cadena Al Jazeera, que se emite en varios idiomas y es reconocida como la más importante del mundo árabe.

El gobierno catarí se ha preocupado por realizar diversos eventos deportivos de tipo internacional, con la idea de mejorar la imagen de su país y de posicionarlo en el concierto global. Como resultado de esa política realizará el Mundial de Fútbol de 2022.

Para ese certamen hizo un gasto que se calcula por encima de los 200.000 millones de dólares, la suma más alta empleada en la historia de los campeonatos mundiales de fútbol. Construyó 8 estadios de altísimo nivel, con especificaciones que incluyen sistemas de climatización para mejorar la temperatura en los partidos.

Doha, la capital de catar, fue modernizada aún más, conectando las carreteras y el metro con los estadios para facilitar la movilidad de los nativos y los visitantes. Desde el punto de vista de la infraestructura desarrollada y de las comodidades para la gente, Catar quizás realice el mejor Mundial de cuantos se han producido hasta ahora. 

Hasta aquí tal vez todo parece sin contratiempos. Pero, así como el Mundial ha servido para catapultar a Catar en el globo, también ha servido para exponer sus peores taras. Y el lado oscuro de esta nación tiene que ver con los derechos humanos. 

La crítica internacional se ha centrado en el trato indebido hacia las mujeres y hacia los integrantes de los grupos LGBTI. En ambos casos, las normas religiosas pesan demasiado en la discriminación y el maltrato a que son sometidos estos sectores de la sociedad catarí. Las normas culturales inspiradas en una religión arcaica sirven para justificar las agresiones, la supresión de derechos y hasta la cárcel en un país que se autoproclama moderno (en Catar domina la rama sunita del islamismo).

El hecho más escandaloso que ha despertado la indignación internacional es el trato inhumano hacia los trabajadores inmigrantes, que provienen de países pobres o con mucho desempleo, como India, Nepal, Bangladés y Pakistán, entre otros.

Los trabajadores inmigrantes ejecutan las tareas más duras que no quieren hacer los cataríes, como el trabajo en la construcción de edificios, hoteles, estadios o carreteras. Catar es un país levantado sobre una zona desértica o semidesértica, donde las temperaturas en algunos meses del año pueden sobrepasar los 40 o 45 grados centígrados. 

Con motivo del Mundial se incrementó el número de trabajadores extranjeros y también las exigencias para cumplir con las fechas de entrega de las obras exigidas por la FIFA. Esto ha aumentado los accidentes laborales y también las muertes. 

Según el periódico británico The Guardian, que utilizó estadísticas de algunos de los países de origen de los migrantes, más de 6.500 obreros habrían muerto en las diversas obras en construcción con miras al Mundial. Esa cifra fue cuestionada por los miembros de la FIFA y del gobierno catarí, y ha sido puesta en duda como exagerada por otros medios internacionales, por la dificultad de conseguir evidencia contundente.

De todas formas, existen suficientes indicios para probar el maltrato y la falta de derechos para los obreros extranjeros, la súper explotación a la que se les somete y la ausencia de garantías legales y de protección. Esos trabajadores están completamente desprotegidos y son tratados como esclavos por los empresarios contratantes.

Amnistía Internacional criticó en uno de sus boletines la famosa Kafala, un procedimiento de explotación laboral que aplican los países árabes del Golfo Pérsico contra los obreros inmigrantes. A pesar de que Kafala significa garantías en árabe, la denuncia de esta organización destaca que los trabajadores carecen del derecho a organizarse en sindicatos, a trasladarse a otro empleo, y las empresas pueden confiscarles el pasaporte. “(…) en muchos casos Kafala quiere decir trabajo forzoso, algo que se ha incrementado por el Mundial.” (Amnistía Internacional, Informe del 18 de mayo de 2022).

Parafraseando a Marx, el Mundial de Catar entró a la historia chorreando sangre por todos sus poros. La violación de los derechos humanos de los trabajadores inmigrantes ha puesto en entredicho la limpieza o pulcritud del evento y la gestión del emir modernizador y de la propia FIFA.

El Mundial de Catar podría ser el mejor en cuanto a obras, infraestructura y desempeño deportico. Pero, de hecho, ya es el peor por el irrespeto a la vida humana. Es el Mundial más costoso y más sangriento de la historia. No hay ninguna duda.

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