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9:26 am. Domingo 22 de Mayo de 2022
Opinión
9:26 am. Domingo 22 de Mayo de 2022

Gustavo Petro Urrego es el aspirante con más opción para ganar la presidencia de la república. Quienes se le oponen lo hacen porque no comparten varios puntos esenciales de su programa, porque le temen o porque lo odian.

El odio y el miedo hacia Petro se pueden fundir en un solo sentimiento, el cual nutre el imaginario de quienes están en la oposición más cerril a este candidato. Los sectores que no comparten aspectos relevantes de su proyecto quizás no le teman tanto, pero sí le guardan una gran reserva.

El miedo a Petro es el principal motor de todos los que votarán por otro aspirante para hacerlo contra él, para evitar que logre la presidencia. Ese sentimiento es variopinto y hunde sus raíces en lo político, lo legal y lo económico.

A Petro le teme mucho el uribismo, expresión política que ha sido el principal agente electoral y estatal de las últimas décadas. Mucha de la corrupción de las instituciones está relacionada con el movimiento del expresidente Uribe.

La cooptación de algunos órganos de control y de justicia para propiciar impunidad a favor de Álvaro Uribe y sus alfiles fue orquestada por el uribismo, provocando la deslegitimación de estos por la vía de la inadecuada politización o por los comportamientos ilegales de los funcionarios.

Cabe esperar que si gana Petro irá con todo contra ese predominio, con los efectos a prever contra quienes utilizaron tales instrumentos para su propio provecho. La pérdida de independencia de la Fiscalía y la Procuraduría, por ejemplo, lesiona severamente el ordenamiento democrático asociado con la constitución del 91.

Sin embargo, no tendría presentación que un probable gobierno de Petro no procurara restablecer la autonomía y las decisiones independientes de la justicia y de los órganos de control, sino que intentara cooptarlos para su beneficio. Si eso ocurre de esa manera, el petrismo haría lo mismo que tanto le ha criticado a su principal adversario.

A Petro le temen demasiado todos los implicados en los crímenes relacionados con la guerra: generales, civiles, ganaderos, etcétera. Es de esperar que intente desarrollar y fortalecer la constitución de 1991 y los elementos de justicia transicional contenidos en los Acuerdos de La Habana.

La JEP obtendría un gran espaldarazo desde el alto gobierno y no encontrará una oposición y un intento de destrucción como los que promovió el uribismo desde sus inicios. Ese tribunal es una especie de espada de Damocles que pende sobre las cabezas de Uribe y de todos los agentes de la guerra, y lo más seguro es que su acción se vea reforzada en un entorno dominado por un hipotético gobierno del Pacto Histórico. He aquí otro factor de miedo para los adversarios de Gustavo Petro.

También temen un futuro gobierno petrista los grandes propietarios, los detentadores de las riquezas más abultadas, aquellos que están en lo más alto de la estructura social por ingreso y poderío económico.

Petro no ha expresado que acabará con la economía privada ni con los mercados. Parece inclinarse por un impuesto progresivo sobre la riqueza, el ingreso y la herencia para obtener fondos que permitan atacar los problemas sociales, redistribuir mejor la renta nacional y combatir la desigualdad económica extrema.

A pesar de las declaraciones públicas y de lo contenido en su programa con respecto a que no tocará la economía privada, el miedo persiste, pues otros políticos radicales de América Latina también declararon que no expropiarían ni ahogarían la economía de mercado, pero ya instalados en el poder procedieron a estrangular esa economía, empujando a sus países al estancamiento crónico.

Temor especial despierta la política antipetrolera de Petro, en un país con muchas reservas por explotar, con una inversión extranjera en ascenso y una empresa estatal que aporta a las arcas del gobierno unos gruesos fondos para atacar asuntos sociales.

La estrategia antipetróleo de Petro es temida por toda la cadena público-privada que obtiene ganancias y ofrece empleo alrededor de la producción y procesamiento de un bien primario que se ha vuelto decisivo para el conjunto del mercado interno, cadena que podría adquirir un gran impulso debido a la coyuntura internacional derivada de la invasión rusa a Ucrania.

Esa estrategia contra la producción petrolera ha despertado gran inquietud entre los intelectuales y, sobre todo, entre los economistas que entienden la trascendencia macroeconómica de un bien primario que aporta ingresos al Estado y sueldos y salarios a los empleados y trabajadores del sector petrolero.

Los temores contra Gustavo Petro se enlazan, de algún modo, con lo ocurrido en Latinoamérica con otros dirigentes políticos que han dicho que no se reelegirán, que respetarán el Estado de Derecho y la economía de mercado pero que, a la postre, terminaron faltando a su palabra e imponiendo una agenda oculta, su verdadera agenda.

Si Petro gana tendrá la oportunidad de demostrar que dichos temores son infundados, pues no intentará reelegirse, no expropiará a nadie, ni tampoco destrozará la economía de mercado. ¿Cumplirá Gustavo Petro Urrego la palabra empeñada en sus discursos y en su programa?

Gustavo Petro Urrego

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