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3:32 pm. Lunes 11 de Enero de 2021
Opinión
3:32 pm. Lunes 11 de Enero de 2021

El 20 de enero se irá de la Casa Blanca el outsider más polémico que haya conocido la política mundial en las últimas décadas. Donald Trump sale por la puerta trasera, derrotado no solo en las urnas, sino en cada una de las desesperadas demandas con las que intentaba probar que hubo fraude en las votaciones que dieron como ganador a Joe Biden. Mientras el saliente expresidente sigue gastando su capital político en pataletas que lo hacen ver más débil, lo cierto es que episodios como la toma de capitolio del 6 de enero dejan ver que, si sabe aprovecharlo, Trump podría seguir moviendo masas a futuro.

Si a esto le sumamos el sisma cada vez más evidente que se ha creado al interior del Partido Republicano estadounidense, tenemos los ingredientes perfectos para poner fin a una de las características más longevas de la política norteamericana: el sistema bipartidista. Históricamente son los partidos los que han empujado a los políticos a los puestos públicos en Estados Unidos, sin embargo, no es un secreto que Trump llegó a la posición en la que se encuentra a punta de carisma y cultivo de la imagen personal. Cuando se vaya, puede llevarse ese apoyo con él.

Aunque en principio uno pensaría que Trump no tiene razones para irse y que una relación cercana con el Partido Republicano solo puede ser beneficiosa para ambos –aunque no para el mundo-, lo cierto es que el temperamento del expresidente lo puede llevar a actuar de manera irracional. El magnate ya ha demostrado varias veces que aplica una lógica emocional al tomar decisiones, toda la historia del supuesto fraude es una muestra de ello o, más recientemente, su negativa a asistir a la ceremonia de posesión de Biden, a la que sí asistirá su fórmula vicepresidencial Mike Pence, acentuando aún más las divisiones republicanas.

Quizás por esta tendencia a actuar de forma irracional el magnate podría llegar a tomar una de las decisiones más irracionales posibles en la democracia americana, crear un tercer partido. Esto puede sonar extraño dentro del contexto de la democracia colombiana, en la que asociamos al bipartidismo con masacres y elecciones arregladas, no obstante, en Estados Unidos la historia es muy diferente, allá el sistema de dos partidos les ha garantizado durante mucho tiempo no solo una paz interna estable, sino que ha evitado las polarizaciones que son tan dañinas al momento de tomar decisiones en políticas públicas.

Cuando solo hay dos partidos existen incentivos para ubicarse en el centro de todos los temas públicos, o desviarse muy poco, puesto que de esta forma se puede abarcar el mayor número de preferencias entre el electorado. Inclinarse hacia un extremo tendrá como consecuencia ineludible que todas las personas que se encuentren alejadas de ese extremo se decanten hacia el otro partido, el cual mantendrá todos sus votantes anteriores más los que pierda el partido radicalizado.

Precisamente la posibilidad de causar una victoria inevitable en el partido contrario es lo que ha evitado que se creen terceros partidos en Estados Unidos. Si usted se inclina hacia la derecha, pero siente que el partido de derecha de su país no es lo suficientemente de derecha, podría querer crear un partido propio, muy de derecha. El problema es que con esto solo dividiría el voto de las personas de derecha en su país, el resultado final es que el partido de izquierda –que no se ha dividido- ganará las elecciones. Las cosas se pueden volver muy caóticas de ahí en adelante, si el partido de izquierdas nunca se divide ganará eternamente los comicios, y, si se divide, podría terminar incentivando una avalancha de infinitos partidos, como sucede actualmente en la democracia colombiana.

No obstante, como ya he mencionado anteriormente, Trump no parece ser un individuo muy racional, en sus cálculos personales obtener reconocimiento y adoración del 20% de las masas puede ser más valioso que compartir el 51% junto con las mieles de la oficina presidencial. De darse este panorama, lo que podría seguir a futuro es una seguidilla de victorias demócratas. En este sentido, crear un tercer partido es el mejor regalo que Trump podría hacerle al Partido Demócrata.

Por supuesto, esto es pura especulación, puede que en el camino hacia su salida el capital político de Trump se siga erosionando y, cuando llegue el momento de tomar decisiones, no cuente ni con el 8% del voto estadounidense a su nombre, entonces crear otro partido le podría parecer poco atractivo. También puede que sea menos irracional de lo que aparenta y se dé cuenta de que unidos, el Partido Republicano y él son más fuertes. También, simplemente, es posible que se aburra de la política y se dedique a jugar golf.

Habra que esperar y ver, sin embargo, el solo hecho de que esta posibilidad se encuentre en el futuro habla mucho del efecto que puede tener un solo líder incompetente pero con carisma en la historia de un país. Los ecos de Trump se seguirán sintiendo mucho tiempo y, a día de hoy, es imposible saber qué cosas no se seguirán haciendo igual que antes.

Es fácil trazar similitudes del panorama norteamericano al nuestro. No solo por la aparición de un líder que haya cambiado el discurrir de la democracia nacional, sino por las separaciones internas entre ideologías similares que, por dividirse, jamás alcanzan sus objetivos en la política nacional. Estando cada vez más cerca de las elecciones aquí, sería bueno que los partidarios de los extremos se plantearan si realmente lo que hacen ellos y sus candidatos no será, más bien, favorecer a sus rivales.

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