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10:17 am. Domingo 21 de Febrero de 2021
Opinión
10:17 am. Domingo 21 de Febrero de 2021

Desde el siglo XIX las teorías de Marx se convirtieron en la máxima expresión de la utopía, en la esperanza irreductible para muchas personas. Esas ideas ayudaron a forjar varias generaciones de revolucionarios, dispuestos a cambiar la sociedad para construir lo que por mucho tiempo se pensó como el paraíso en la tierra, sin discusión.

Las buenas intenciones y el deseo de servir a las mayorías, transformando las estructuras para eliminar la explotación, la dominación y la discriminación eran importantes nortes prácticos que guiaban la acción, y le entregaban un sentido humanístico a la lucha. El eje de todo el movimiento estaba en los postulados de Marx.

Pero la utopía, la esperanza y el sentido de la lucha recibieron un golpe severo al pasar de las palabras a los hechos, de la teoría a la práctica, pues la aplicación de las conclusiones del análisis de Marx, para transformar la sociedad, no ha generado, en ninguna parte, los resultados que se esperaban. 

Caída del Muro de Berlín

Recuérdese que las teorías del cambio social en Marx tenían como fundamento la construcción de un poder alternativo al de la burguesía, centrado en el partido único y en la dictadura, y que el salto económico pasaba por destruir la propiedad privada y por centralizar y estatizar, mediante planes especiales, la producción y la distribución, sacando del juego el mercado capitalista.

Tales ideas fueron aplicadas desde la Revolución Rusa, la cual se convirtió en el modelo a seguir para muchos países. Todas las sociedades socialistas transitaron por el uso del partido único, de la ideología única y de la dictadura para imponer las transformaciones, lo cual desembocó en un régimen totalitario con muchísimos defectos.

Con graves problemas en el orden económico y político, especialmente. A pesar de sus logros en el aspecto militar y en algunos campos de la ciencia, la Unión Soviética nunca pudo superar sus cuellos de botella productivos, que la hacían muy ineficiente en cuanto a la producción de bienes de consumo, y a la generación de servicios para mejorar la calidad de vida de las mayorías.

A esta dificultad de fondo se le unió una distribución centralizada y aparentemente racional, que nunca satisfizo a la población, pues la sometía a la esclavitud de las colas, de los racionamientos, del desabastecimiento, lo cual incrementaba la desesperación de la gente común. 

Este incordio económico y social fue una de las principales causas que llevaron a la crisis de la Unión Soviética y a su posterior derrumbe, fenómeno que se extendió a casi todos los países de la llamada cortina de hierro. La paquidermia o ineficiencia productiva y distributiva (sobre todo en cuanto a los bienes de consumo) es una faceta común de todos los países socialistas, organizados según los modelos de Marx.  

Lo que queda del Muro de Berlín.

La otra característica esencial es la manera como se restructura el sistema político. Aunque haya matices entre un país y otro, todas las naciones socialistas terminan convertidos en Estados totalitarios que controlan la economía, la política, la educación, la cultura, absolutamente todo.  

Una sociedad rígidamente controlada por un partido único, por la burocracia estatal y por sus aparatos represivos tiene que convertirse en un régimen policial que solo acepta a quienes estén de acuerdo con esa dictadura, y que reprime o castiga a los opositores o a los simples críticos. 

La máxima expresión del carácter represivo de un Estado socialista, montado con las ideas de Marx, estuvo en la dictadura estalinista y en el régimen excepcional de los camboyanos. Ambos sistemas tienen detrás de sí una larga historia de asesinatos, campos de concentración y persecución de críticos, acciones ejecutadas para defender los intereses del partido, del líder dominante, y de la burocracia.

Si se revisa con atención la historia de los países socialistas, en todos se ha dado un Estado policivo con control total, el cual mata o reprime sin escrúpulos para imponer sus designios, aunque existan matices entre unos y otros. 

A veces esa represión se justifica por el ataque o saboteo de los enemigos internos o externos, pero esta no solo ocurre en circunstancias especiales, sino que hace parte de los genes de la dictadura socialista, de su modo de ser controlador y totalitario.

En síntesis, la concreción de la utopía modelada por las teorías de Marx no ha traído consigo el paraíso, ni traerá nunca ningún paraíso. Lo que se vio en el Siglo XX fue la muerte de las ideas del cambio pensadas por este intelectual en el siglo XIX. Ante lo cual se impone buscar otras rutas para luchar contra el capitalismo salvaje, contra la desigualdad y la iniquidad.

El balance obtenido, luego de aplicar esos modelos a casi medio mundo, es bastante negativo. Más allá de las buenas intenciones y de las frases altisonantes a favor de la humanidad, lo que quedó de ese experimento fue un enjambre de países burocratizados, ineficientes, de regímenes dictatoriales que negaron las libertades más básicas a nombre de una revolución que, más que una solución, se convirtió en una pesada carga y en una tragedia para los pueblos. 

Aunque resulte doloroso para quienes creen todavía en esas ideas reconocer este hecho, tal clase de marxismo, relacionado con el cambio social, no soportó la prueba de la historia, de la práctica, como diría el mismo Marx. 

Y el problema no estuvo solo en los discípulos del maestro, por no saber interpretar sus teorizaciones, sino que la base del desastre proviene de la forma cómo el teórico alemán quiso superar la organización económica y social capitalista. 

Montar una economía completamente estatizada, un partido único para dirigir, una ideología única y un Estado policial y muy represivo, siempre traerá los mismos efectos. Una sociedad así, tan rígida, mata la economía, la libertad, el pluralismo y el humanismo, como se comprobó en el siglo XX. Por lo tanto, esta parte del marxismo debe ser rechazada, porque la história ya indicó que no es viable.

La otra parte del marxismo es menos problemática, aunque sea discutible. Me refiero al aporte de Marx (y del marxismo) a la ciencia social. Si se prescinde de utilizar las teorías del maestro como si fueran dogmas religiosos es muy probable que se puedan hacer aportes sustanciales en el conocimiento de la sociedad, empleando los modelos de Marx. 

Eso es lo que ha ocurrido en los campos de la sociología y de la historia en el siglo XX. La sociología del conflicto, y otras variantes de la sociología, han sabido aprovechar las tradiciones intelectuales forjadas a partir del legado de Karl Marx.

Lo mismo cabe decir de la ciencia histórica, en la cual (sobre todo en Europa) se han producido importantes avances, que enriquecieron el bagaje historiográfico mundial. En las ciencias sociales, en general, la influencia de las teorías de Marx sigue siendo de importancia para comprender los entramados profundos de la sociedad humana.

Otra cuestión que queda, como legado de Marx, es su apuesta por los marginados, por los oprimidos y los débiles. Esa perspectiva hunde sus raíces en el análisis de la desigualdad, y sigue teniendo mucha importancia para combatir las injusticias sociales, y para tratar de alcanzar una sociedad menos desequilibrada.

En síntesis, de lo que aportó Marx ya se fue, por el peso de la experiencia histórica, el conjunto de salidas para cambiar el poder político y la economía; pero, teniendo en cuenta lo ocurrido en el siglo XX, su legado intelectual analítico ya quedó sembrado en el cuerpo de las ciencias sociales. 

Saber apreciar esto con equilibrio racional y con espíritu crítico es el mejor antídoto contra el dogmatismo que no reconoce el fracaso de las teorías del cambio de Marx, y contra aquellos que niegan su trascendencia teórica en el análisis social y en la lucha contra la desigualdad. 

Lo que se fue y lo que permanece del marxismo fue definido por la experiencia del siglo XX, para bien o para mal. 

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