Unimetro
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10:10 am. Martes 19 de Octubre de 2021
Opinión
10:10 am. Martes 19 de Octubre de 2021

Hace algún tiempo, en una clase, una estudiante me comentaba que los problemas del país no se solucionaban con conocimiento, que, si de conocimiento se tratase, los problemas ya estarían resueltos. Era una afirmación interesante, sobre todo porque yo defendía, justamente, la tesis opuesta: los problemas de Colombia solo son solucionables a través del conocimiento.

Llevaba en su opinión incluidos, tácitamente, varios supuestos. Implicaba, por ejemplo, que los conocimientos necesarios para solventar problemas como la pobreza, el desempleo, la violencia, la desigualdad o la corrupción, se encuentran repartidos de forma generalizada. Vamos, que todo el mundo conoce las repuestas.

Esto, a su vez, llevaba a otra idea tácita, que el problema era la implementación de las medidas apropiadas para empezar a conducir el país por un camino de justicia, prosperidad y crecimiento inclusivo. Diría que era, más bien, la respuesta típica del joven colombiano que se encuentra hastiado del sistema político de nuestro país y atribuye nuestros problemas a las intenciones malvadas de quienes poseen poder.

Dejamos ese punto de lado y seguimos hablando de otras cosas relacionadas con política y economía, que era de lo que, grosso modo, iba la clase, a fin de cuentas. Llegamos al punto en el que traté de explicarles, entonces, que un país justo requiere una participación apropiada de diversos sectores sociales en el poder político, cosa que en Colombia no existía. Les dije que, sin embargo, el único camino real y creíble para logar tal participación era a través del empoderamiento económico, solo cuando muchos individuos en la sociedad acumulen suficiente capital podrán hacerles contrapeso político a las élites que ya lo tienen.

Desde luego, la receta de las élites políticas y económicas para prevenir que esto suceda ha sido la misma desde tiempos inmemoriales. Se usa la estructura del Estado para restringir la capacidad de generar riqueza de los individuos, al menos lo suficiente para que no puedan amenazar creíblemente el poder de los individuos que tienen poder, pero no tanto como para ahorcarlos, puesto que el Estado necesita que sigan produciendo para extraerles riquezas a través de impuestos. Usar las leyes y el sistema político para esto le da una apariencia de legitimidad a lo que, a todas luces, es un esquema extractivo.

Les dije entonces que la forma de poder conseguir que más personas acumularan poder económico y participaran del poder político era disminuir la carga que el Estado les imponía. Reducir impuestos a los empresarios micro, pequeños y medianos; facilitar el proceso de creación de empresas; lograr que le cobraran menos impuestos a la clase media, alcanzar a los que no pagan y llevar a las personas con menos recursos a la formalidad. Muy pronto la misma estudiante que me había dicho que el conocimiento no era el camino, participó para explicarme que estas medidas eran proteccionistas.

Desde luego, el concepto de lo que es o no es proteccionismo no está sujeto a discusión. Proteccionismo a la industria nacional es colocar aranceles a las importaciones para dificultar la competencia internacional y/u otorgar subsidios económicos para paliar las ineficiencias competitivas o ayudar en periodos difíciles. Ambas cosas distorsionan el mercado y, por eso, a largo plazo, tienden a ser negativas siempre. Los impuestos también son distorsionadores de mercado, por ende, quitarlos no distorsiona, por el contrario, desnuda a la actividad económica, la deja en su estado natural. Lo que les había expuesto, aunque debatible, no era proteccionismo.

A pesar de todo, la estudiante permaneció con firmeza en su error. Hay veces en las que el problema no es la dificultad de los conceptos o la habilidad para explicarlos, sino la disonancia cognitiva. La nueva realidad que los conocimientos nos desvelan –si los aceptamos- no nos gusta, nos resistimos. La ironía, en todo caso, resultará evidente. Las personas a veces están muy seguras de tener conocimientos que, en realidad, no tienen. Esto pasa, a mi parecer, todavía más cuando se trata de temas de política y economía. Comprender qué y qué no es proteccionismo es vital para poder elegir el camino correcto para el desarrollo del país, y, sin embargo, parece que este conocimiento no está tan generalizado como mi estudiante suponía –o sigue suponiendo- que lo está.

Es verdad que el conocimiento está disponible para quién decida buscarlo (aunque francamente es poco probable que todos puedan decodificarlo), también es cierto que una de las batallas más difíciles de cualquier sociedad es lograr llevar estos conocimientos a la realidad, convertirlos en algo funcional. No obstante, no es cierto que los conocimientos necesarios para llevar a una nación por el camino de la prosperidad estén generalizados entre la mayor parte de su población. Ni siquiera las élites políticas y económicas tienen estos conocimientos, lo que tienen son los medios para contratar a personas que sí los poseen (y no siempre lo hacen).

La democracia funciona cuando las preferencias de las personas son racionales, es decir, van ligadas a lo que les interesa obtener. Cuando una persona de clase media, estrato 4, 5 o 6, quiere votar por el político que promete implementar más subsidios a la educación, la alimentación, los servicios públicos, etc., su voto es irracional. Lo más probable es que jamás en la vida vea ni un solo peso de estos subsidios y, por el contrario, termine más bien pagando por ellos. Muchos casos similares hay de preferencias irracionales, oponerse a la implementación de un impuesto a la tierra, por ejemplo; rehusarse a que a las empresas pequeñas se les reduzca la carga fiscal.

Para que las preferencias de las personas puedan ser racionales se necesita que conozcan cosas que no conocen. En Colombia el sistema de participación electoral nos sigue proveyendo, una y otra vez, de candidatos centrados en proporcionar bienes particularistas, crear trabajos en el sector público, impulsar el sector privado a través de la inyección indirecta de capital patrocinada por proyectos públicos que no siempre tienen un propósito claro más allá de generar trabajo por un tiempo limitado. Eso es lo que los colombianos piden y eso es lo que reciben.

El punto al recordar esta anécdota no es señalar un error de conceptos específicos –lo que es o no es proteccionismo-, sino el patrón más general, la dinámica subyacente. El primer paso para, siquiera, poder aspirar a ser un país más próspero y justo, no es tratar de transmitir unos conocimientos básicos de política y economía que la mayor parte de la población colombiana, a día de hoy, no posee. Se trata de algo mucho más básico, lo que tenemos que hacer es aceptar que no sabemos ni la mitad de lo que creemos saber. Y, con sinceridad, no sé qué sea más difícil.

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