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9:45 am. Domingo 08 de Marzo de 2020
Opinión
9:45 am. Domingo 08 de Marzo de 2020

Este libro, del economista francés Thomas Piketty, fue publicado en español en el año 2014, por el Fondo de Cultura Económica. Es, hasta ahora, la obra que le ha entregado mayor reconocimiento internacional a un pensador económico relativamente desconocido, hasta antes de la aparición de este documento de impacto global.

Varios aspectos resaltan en el cuerpo de este trabajo. Lo primero es el enfoque de historia económica, que lo cruza de principio a fin. Las conclusiones provienen de la revisión sistemática de material histórico, derivado de los países de punta del capitalismo.

Lo segundo importante es la utilización de datos fácticos, obtenidos de las estadísticas nacionales o de organizaciones dedicadas a esa tarea. A pesar de los vacíos que existen en los siglos tomados como punto de referencia, algo esencial en el libro es la cantidad de material primario, hecho que le entrega mucha solidez a los asertos.

Las fuentes se insertan en un anexo electrónico a disposición del público, acompañadas de muchos gráficos y otro material de explicación y soporte. Ese esfuerzo por utilizar muchas fuentes primarias eleva el libro muy por encima de la simple especulación y de la buena fe, las cuales, muchas veces, orientan los deseos de cambio.

Si uno compara las grandes obras de los economistas anteriores con El capital… de Piketty, tiene que concluir que ninguna se nivela con esta, en cuanto a la utilización de fuentes primarias, seriadas o individuales. El abundante manejo de indicios no es solo el resultado del esfuerzo individual de ese autor, sino del de los equipos que lo apoyaron, dentro y fuera de Francia.

Otro aspecto notable del libro tiene que ver con el hecho de que Piketty no se contenta con el análisis en bloque de las clases o grupos, en cuanto a ingreso y propiedad, sino que los fracciona en deciles o percentiles (entre otros recursos estadísticos), lo cual permite hacer un análisis y una descripción más realista de lo que ocurre en la economía y la sociedad.

En todos los países capitalistas avanzados es posible encontrar una élite variopinta con ingresos y propiedades exageradamente altos, así como sectores con riquezas menos estrambóticas, grupos medios con poca propiedad e ingresos regulares, y núcleos con ingresos bajos y muy poca propiedad, entre otras variantes.

Estas diferencias graduales son las que llena de contenido el libro, sobre la base de una metodología diferente a la tradicional, y con abundantísimo material fáctico. El método comúnmente utilizado hoy para medir la desigualdad se centra en el ingreso per cápita y en el índice Gini.

Recuérdese que el ingreso per cápita deduce el ingreso individual dividiendo el producto interno bruto de un país por el número de sus habitantes. Esta división le entrega al analista un dato que no recoge las variaciones existentes en la realidad, pues solo establece una medida general que excluye los niveles reales de desigualdad (ingresos muy altos, altos, medios, etcétera).

El mismo problema metodológico se presenta con el índice de Gini. Este es útil para medir la desigualdad en los países, pero tampoco permite detallar las gradaciones en la desigualdad. El índice o coeficiente de Gini supone una igualdad perfecta (todos tienen el mismo ingreso, lo cual equivale a 0) o una desigualdad perfecta (alguien concentra todo el ingreso y los demás ninguno, lo que equivale a 1 o 100).

Piketty plantea un modo de comprender la desigualdad que está más allá de los conceptos de ingreso per cápita y del índice o coeficiente de Gini. Por eso introduce el análisis estadístico de la desigualdad, basado en subdividir las clases o grupos en deciles o percentiles, de acuerdo con su riqueza y con su ingreso.

Estas son las líneas gruesas de una obra que intenta explicar los porqués de la desigualdad y sus probables soluciones. Su intención principal no es defender las exageraciones de la economía de mercado (expresadas en las terribles desigualdades e injusticias), sino proponer una crítica fundamentada contra la ideología neoliberal.

Se sabe que a partir de las décadas de 1980-1990 se impuso en todo el planeta la revisión del papel del Estado, en parte por la crisis de los modelos keynesianos, en parte por la caída del bloque soviético. A raíz de esas crisis, renacieron las viejas ideas liberales en economía, aquellas según las cuales el mercado, por sí solo, podía resolver todos los problemas, incluidos los sociales.

El paso del tiempo ha servido para demostrar que, después de la crisis del socialismo real y del Estado de Bienestar, se ha recrudecido la concentración de la riqueza en pocas manos de manera exagerada, y no han desaparecido los problemas sociales, sino que se han ahondado, debido al reparto inconveniente de la riqueza.

El neoliberalismo mostró su rostro de simple ideología, favorecedora de los intereses de las grandes corporaciones multinacionales, de los capitalistas más poderosos y de los altos ejecutivos y políticos, quienes utilizaron al Estado para acrecentar sus beneficios, a nombre de una supuesta libertad económica.

La bendecida libertad económica y la meritocracia que la adornaba no pasaron de ser una simple careta ideológica, pues en la cúspide del modelo neoliberal estaban los grupos poderosos que lo acomodaban todo para suprimir esa supuesta libertad, con miras a incrementar sus ganancias y su poder.

Los problemas sociales no desaparecieron, por el efecto de la aplicación del modelo, sino que se incrementaron: las privatizaciones en masa de empresas eficientes y de las devastadas por la corrupción, ayudaron a ampliar las brechas sociales, al desmontar muchos beneficios de los trabajadores con el propósito de mejorar la rentabilidad.

La falta de controles en las actividades que comprometen el medio ambiente y la salud de los habitantes, también contribuyó a deteriorar la calidad de vida de las mayorías, al poner por encima de los intereses generales de la sociedad, los intereses particulares de los grandes capitalistas inescrupulosos.

La desigualdad también ha crecido en todo el planeta de la mano de reformas neoliberales que buscan reducir el aporte tributario de los más ricos, acudiendo al sofisma de que esto mejorará la inversión y, por lo tanto, la inclusión social por la vía de más empleos. 

El malestar que se observa hoy en la juventud, en los inmigrantes y en otros sectores sociales son una consecuencia de esa crisis del modelo neoliberal, plagado de desigualdad y de injusticias, las cuales se justifican acudiendo al sanbenito del supuesto mérito y a las bondades de la completa desregulación.

Piketty crítica la manera como se han profundizado la desigualdad y las injusticias, y cómo la riqueza se concentró en los deciles y percentiles superiores de la sociedad, en tanto que en los estratos medios y bajos cunde el ahogamiento, o la pobreza y la miseria, a pesar del crecimiento económico.

Pero no critica dándose golpes de pecho, o emitiendo censuras derivadas del instinto o de la simple capacidad especulativa, sino documentando muy bien sus asertos, con pruebas que sirven para comprender por qué el mundo se desbarrancó hacia la ideología neoliberal, después de las tres décadas que sucedieron a la II Guerra Mundial.

A pesar de la crítica que hace al neoliberalismo, Piketty no propone soluciones extremas, como las que planteó Marx en el siglo XIX (con la violencia, la dictadura y el control estatal completo de la economía), sino reformas de fondo relacionadas, básicamente, con la distribución de la riqueza, el manejo de las herencias y del ingreso.

Esas reformas buscan combatir la desigualdad y las injusticias sin matar la economía de mercado y el dinamismo económico. Tales cambios de fondo tendrían que ser globales para ser efectivos, y deberían contar con las fuerzas progresistas de todo el planeta que desean un sistema que distribuya mejor los excedentes económicos, atacando a muerte la desigualdad y los problemas sociales.

Es decir, a diferencia del neoliberalismo, Piketty reconoce el papel del Estado como instrumento de cambio y como vehículo para mejorar las condiciones de vida de las mayorías, así como para regular la relación entre la actividad económica y el medio ambiente. En este punto concreto está más cerca de Marx y Keynes que de Hayek y de Friedman, quienes veían (estos últimos) en el mercado la panacea para todo.

Para distribuir mejor la riqueza, el autor propone un impuesto progresivo sobre las posesiones, el ingreso y las herencias. La imposición más alta recaería sobre las grandes herencias, que a veces pasan a las manos de descendientes parásitos que las dilapidan.

El esquema impositivo, en cuanto a los ingresos y los capitales, debería ser internacional, para evitar la fuga de los fondos monetarios hacia los paraísos fiscales. La forma más justa de establecerlo consiste en hacer que paguen más los deciles y perentiles más ricos de la estructura social, e ir bajando gradualmente hasta llegar a los estratos de menos ingreso y propiedad.

Algunos países que han logrado bajar la desigualdad y construir sociedades más equilibradas (como los del norte de Europa) ya están aplicando esta estrategia, aunque no de la forma tan radical como la sugiere Piketty. China ha avanzado bastante en la lucha contra la pobreza y la miseria extremas, aprovechando las ventajas de la economía de mercado, pero bajo un modelo de Estado autoritario con capitalismo y sin burguesía, que genera mucha desigualdad.

El libro comentado deriva su éxito, en parte, de la crisis tremenda en que se debate el enfoque neoliberal. La sociedad actual, dominada por los corruptos y con un Estado que sirve a los intereses de los grandes capitalistas, está poniendo en grave peligro a la civilización y a la naturaleza.

A pesar de este hecho, Piketty no cede ante la tentación totalitaria (procedente de Marx o del fascismo) de reventarlo todo para rehacer el conjunto. Y no cede a esa tentación porque sabe que la aplicación de las teorías totalitarias de izquierda o derecha en el siglo XX condujo a lamentables fracasos, a raíz de que se cercenó la libertad a nombre de la libertad (y el humanismo), y se destrozó la dinámica de las fuerzas productivas por la acción de un Estado Leviatán, que golpeó seriamente la generación de riqueza.

El autor se inclina por la reforma, basado en la experiencia histórica del capitalismo y del socialismo real. Sin embargo, esta ruta es tan dura y complicada como la que planteó Marx para derrumbar el capitalismo decimonónico, pues implica casi una revolución social para desplazar del poder, en cada país, a los corruptos e inescrupulosos.

Con todo, las propuestas de Piketty abren otra ruta para pensar la contemporaneidad, pero sin olvidar la experiencia histórica, que enseña qué funciona y qué ha fracasado. Su libro hace parte de esa literatura económica crítica que quiere cambiar el estado de cosas neoliberal, pero sin hacerle concesiones al totalitarismo de izquierda o derecha.    

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