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10:02 am. Domingo 07 de Agosto de 2022
Opinión
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Friedrich Hayek sostenía que la justicia social era innecesaria porque el sistema capitalista, si se lo dejaba actuar libremente, facilitaba el reparto de la riqueza al abrir oportunidades y empleo sin necesidad de utilizar al Estado. Este es uno de los argumentos centrales del llamado liberalismo económico, que hoy descalificamos con el remoquete de neoliberalismo.

Esta tesis esencial de Hayek, entre otras, alimentó una nueva dogmática que se opuso a la de la intervención del Estado en la economía, aduciendo que tal intervención era una de las principales trabas impuestas a la buena marcha del desarrollo económico.

No está de más destacar que este planteamiento dio pie a la aparición de grupos radicales que abogan por la supresión del Estado, al sostener una especie de anarcocapitalismo (diferente al anarquismo socialista del siglo XIX) donde todo funcione alrededor de la empresa privada.

Este autor también sostuvo que la democracia solo podía existir en la economía de mercado, ligando los intereses de los capitalistas a ese sistema político. Él defendía el ordenamiento democrático solo si servía de medio para el avance de aquella economía, pero se inclinó por la dictadura más cerrera (la de Pinochet) y por el conservatismo político (Thatcher, Reagan) cuando estos aplicaron el neoliberalismo.

Lo cierto es que el desarrollo del capitalismo sin regulación no produce, automáticamente, la justicia social ni la supresión de las desigualdades extremas. La experiencia histórica enseña que la concentración excesiva de la riqueza aumenta y que la desigualdad insostenible no decae en las condiciones en las cuales el Estado solo tira a favor de los capitalistas.

Los libros de Thomas Piketty y de Amartya Sen, por ejemplo, apoyados en una fuerte base estadística (mas no en la simple suposición dogmática) sirven para demostrar que los desarrollos recientes de la economía capitalista no han eliminado la desigualdad y la iniquidad, a pesar del mejoramiento general del nivel y la calidad de vida en muchos territorios.

De donde se infiere que Hayek estaba equivocado al negar la validez de la justicia social como medio para elevar la condición vital de las mayorías, redistribuyendo mejor el ingreso y al ser una inspiración para construir un sólido Estado de Bienestar. Y estos dos propósitos solo pueden cumplirse de manera más cabal mediante la acción inteligente del Estado.

Amartya Sen conecta la democracia con la libertad y ambas están, en su visión, mucho más allá de la simple participación en las elecciones. Sen no creía, como Joseph Schumpeter, que la democracia fuera un simple mecanismo para evitar el uso de los fusiles y el derramamiento de sangre en los cambios de gobierno.

Por el contrario, concebía el proceso democrático y la libertad como instrumentos de cambio para mejorar la situación de las mayorías, en los niveles educativos, de salud, alimentación, recreativos, etcétera. No puede haber democracia plena y libertad bajo el imperio de la ignorancia, de la ignominia y de las necesidades más bochornosas, sostuvo siempre.

Sen opinaba, además, que la democracia era el régimen más idóneo para el ejercicio de la libertad y para la supresión de las injusticias, pero, a diferencia de Hayek, nunca creyó que se agotara con el capitalismo, pues es un sistema que incluye, pero trasciende, lo económico. Quien sí creyó la teoría de Hayek completica fue Francis Fukuyama.

La democracia y la libertad constituyen un sistema que influye en la mayoría de las facetas de la vida colectiva, en la construcción de una cultura incluyente, pluralista y humanitaria; en la libertad de pensamiento y de expresión, las cuales han sido claros fundamentos de las sociedades modernas desde la época de la Ilustración, aunque con muchos altibajos.

(Agreguemos entre paréntesis que el sistema democrático, con una historia más antigua que la del capitalismo industrial, no es solo el régimen político menos malo, sino también el más frágil y más fácil de destruir, sobre todo en momentos de crisis; ha sido instrumentalizado por los corruptos y los poderosos y desarmado por los fascistas, los totalitarios, los populistas, los demagogos y los gamberros de todos los estratos sociales).

Sen era partidario de la justicia social, de pensar y de actuar sobre las condiciones denigrantes de la gente mayoritaria en materia de ingreso, educación y de otros elementos esenciales de la calidad de vida, pero siempre apoyado en una perspectiva democrática, reformista y humanista.

Otros pensadores colocaron en el núcleo de su pensamiento la justicia social, pero desconociendo la importancia de la democracia y de la libertad. Estos concibieron, en el siglo XIX, a la democracia como una farsa y a la economía privada como el infierno donde se anidaba solo el demonio de la ambición.

El más conspicuo de los teóricos de la justicia social fue, indudablemente, Karl Marx. Sus enfoques contribuyeron a alimentar otra posición extrema y dogmática que ensalzaba al Estado, al partido y a la clase como instrumentos de cambio esenciales.

La revolución que pregonó debía hacerse por estos agentes, matando al mercado, a la economía privada y a la maltrecha democracia que se abría paso difícilmente en muchos lugares y en las peores condiciones posibles, originadas en la industrialización capitalista decimonónica. La justicia social de este gran pensador debía aplicarse desde arriba, por el Estado, pero al altísimo precio de instituir regímenes totalitarios que eliminaron la libertad.

Sen, Piketty y John Maynard Keynes se opusieron a esta solución extrema, no porque estuvieran de acuerdo con Hakek, sino porque consideraban que, fortaleciendo la democracia y la libertad, se podría crear un ambiente propicio para avanzar en lo social por la vía de la reforma.

El autoritarismo y el totalitarismo socialistas fueron desechados por estos autores, aunque estuvieran en contra de la desigualdad, las injusticias o la corrupción que se cosechan en el marco democrático dominado por el capitalismo, porque se dieron cuenta del fracaso de los modelos marxistas que prometían abundancia y libertad, pero produjeron, sobre todo, escasez, necesidades y represión.

Esto último no son simples palabras, pues se trata de un hecho que ya quedó sembrado en la experiencia histórica de los siglos XX y XXI. Ningún país de este planeta ha florecido mediante la aplicación de las estrategias totalitarias de Marx, y todos se han caracterizado por el predominio de la escasez y de la opresión.

Se cayó la Unión Soviética debido a sus propias contradicciones sistémicas, y los chinos y los vietnamitas desmontaron el obsoleto modelo económico socialista para reimplantar la economía capitalista y la propiedad privada porque se dieron cuenta de que, repitiendo a Marx, nunca saldrían del atolladero en que se encontraban. Estas son pruebas arrojadas por la historia, imposibles de desconocer mediante la ignorancia o la simple altivez dogmática.

El siglo XX nos ha dejado muchas enseñanzas. Las principales tienen que ver con el hecho de que es imposible construir sociedades libres y viables siguiendo el camino totalitario de Marx o el de las exageraciones de Hayek. La experiencia histórica demuestra, más allá de cualquier dogmatismo, que ambas alternativas conducen al desastre.

Solo queda trabajar por la justicia social utilizando el menos malo de los sistemas políticos, que es la democracia. Y empleando al Estado como principal instrumento para mejorar los sistemas legales con miras a meter en cintura a los corruptos y a los poderosos sin escrúpulos.

Otra cultura, otra economía y otra sociedad son posibles por la vía democrática, reformista y humanista, respetando la libertad, el pluralismo, las diferencias y la inclusión como principios irrenunciables. Cualquier otra visión economicista o totalitaria solo hará repetir errores y perder el tiempo.

Porque hoy es imposible vivir sin libertad, sin democracia, sin economía privada, sin mercados y sin economía social o cooperativismo. Atacar estos arreglos vitales siguiendo cualquier dogmática que no aprecia la experiencia histórica equivale a seguir preparando el camino al desastre.

La vía no puede ser la de repetir los errores y fallos comprobados de la historia, sino la de reorientar el rumbo aprovechando las enseñanzas, fatales o positivas, que se derivan de la evolución humana en el tiempo. El camino de la razón y el humanismo es este y ningún otro.

Amartya Sen

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