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10:34 am. Lunes 19 de Septiembre de 2022
Opinión
10:34 am. Lunes 19 de Septiembre de 2022

Hablar de crisis de autoridad, en los tiempos que vivimos, parece ser una de las expresiones más comentadas y que genera cierta aceptación general. Todos aquellos que en algún momento fueron sinónimo de autoridad, hoy se encuentran en un trance complejo, desde los micro y hasta los macro espacios, desde las familias y hasta las autoridades gubernamentales.

Muchos expresan que la crisis de autoridad sería la expresión actual de los movimientos de rebeldía juvenil que se iniciaron por la segunda mitad del siglo XX y que, en la mayoría de los casos, era una respuesta ante el modelo sociocultural que se buscaba imponer. Se rebelaban ante aspectos tan diferentes como la sociedad del consumo, la indiferencia  por la temática ambiental, el machismo exacerbado y, con el tiempo y bajo la lógica del carácter emancipatorios de los derechos humanos, a la posibilidad de las minorías de ser visibilizadas.

Las primeras expresiones al respecto, tal como la definió la Real Academia de la Lengua Española, las minorías se relacionaban con aquella parte de la población de un Estado que difiere de la mayoría de la misma población por raza, lengua o religión.

Hoy la Organización de Naciones Unidas se plantea la discusión de si constituyen minorías las personas que tienen capacidades distintas, los que pertenecen a ciertos grupos políticos o quienes tienen una orientación sexual particular. Lo que determina este proceso, narrado por lo demás de manera muy somera, es que se tiende a la atomización del poder, aparecen nuevos referentes que disputan a las elites tradicionales la posibilidad de expresarse y luchan por las reivindicaciones que les parecen justas. Fue desde estas mismas elites los primeros que se plantearon en contra de visibilizar e institucionalizar estas expresiones y las tildaron de diferentes maneras: terrorismo ecológico o ideología de género, son algunos de los conceptos que podemos relacionar con ello.

Para aquellos que reniegan de este proceso logran percibir que existe una especie de desbalance, en donde una sociedad tremendamente garantistas ha privilegiado los derechos en desmedro de las responsabilidades. Esto ha puesto en conflicto las formas tradicionales de imponerse, la llamada “autoridad por la autoridad” y que generaba un respeto per se por el padre de familia, por la autoridad policial o por los representantes de las más relevantes instituciones de gobierno.

Para otros este proceso significa un avance, la autoridad hoy no se impone. Por lo demás, las personas tienden a rebelarse a la “autoridad por la autoridad”, es decir la autoridad se gana, con actitudes y hechos concretos que llevan a que las personas generen un respeto particular por alguien y, a través de ése alguien, por la institucionalidad a la que representan.

Sin duda que esto impone el desarrollo de una sociedad mucho más compleja y donde la posibilidad de conflicto, tan propia de una sana convivencia, esté mucho más presente. El problema deriva cuando demonizamos el conflicto. Lo que debemos demonizar son las formas violentas, autoritarias y destructivas que algunos levantan como mecanismos para resolver el conflicto, cuando a la larga lo único que logran es perpetuarlo.

Muchos de los conflictos del mundo actual tienen que ver con la forma en que entendemos el conflicto (un problema versus una posibilidad) y de los mecanismos que estamos dispuestos a generar para resolverlos. No son pocos los casos en que los actos de rebeldía buscan solucionarse con más “autoridad por la autoridad”, cuando los rebeldes funcionan en una lógica de convivencia distinta y consideran que la “autoridad” se gana, se impone por el convencimiento, por la fuerza de las ideas, los actos y los hechos.

Para aquellos que tenemos el defecto de pensar históricamente debemos buscar en el pasado la respuesta a esta disyuntiva y encontraremos que la forma de entender y de ejercer la autoridad ha entrado en conflicto con su esencia original. El concepto tiene una raíz latina y nace en la antigua Roma, “auctoritas” y que por definición se oponía a la “potestas”. Ésta última hace referencia a quién ostentaba y ejercía un poder fáctico, es decir, de hecho. Por el contrario la primera hacía referencia a quién poseía saber y conocimiento y era socialmente reconocido por ello, las “autoridades”, con “potestas” o sin ella, eran reconocidos como expertos y escuchados a la hora de tomar decisiones.

¿Cómo enfrentamos este problema de una sociedad que tiende a atomizar el poder?, ¿En una convivencia  actual que reproduce el modelo anclado en Roma pero que no tiene clara conciencia en las diferencias explícitas entre un tipo de poder y otro? ¿Cómo resolvemos las diferencias de estilo y enfoque para enfrentar los problemas propios de la convivencia en sociedades que aspiran a ser democráticas? ¿De qué manera la lógica de una democracia compleja en donde el éxito o el fracaso del modelo supera largamente las responsabilidades por el orden y la autoridad y se incorporan otras demandas y reivindicaciones que vienen de dimensiones tan variadas  como la económica, social, intercultural y hasta cosmopolita, como nos plantea Adela Cortina?

La cuestión no es para nada fácil, pero la clave está, en palabras der la sicóloga española Silvia Alava, en la posibilidad de educar y convencer en tolerancia, diversidad y respeto. La posibilidad de superar la forma reducida, simplificada, mezquina y hasta elitista de entender la autoridad en el mundo complejo que vivimos hoy nos interpela a avanzar hacia una educación inclusiva. Silvia Alava reconoce que las personas educadas en tolerancia  son menos manipulables, se sensibilizan con las necesidades de los demás, no menosprecian los diferentes y son más reacios a los prejuicios y a los discursos de odio.

Este proceso lleva implícita la posibilidad de abrir más nuestras mentes, ser menos reticentes a las nuevas ideas, experiencias y pensamientos y superar que más de una realidad es posible en los límites de un pacto social libre y respetuoso. Al mismo tiempo favorece un mejor bienestar emocional, nos interpela a reflexionar, a reconocer nuestros errores y a incorporar el pedir perdón sin creer que se pone en peligro tal o cual autoridad, muy por el contrario se gana en respeto y consideración social.

Si educamos de esta forma en nuestras familias, en las instituciones educativas y en nuestra sociedad es muy posible que las nuevas generaciones entiendan que reflexionar para tener en cuenta y respetar las emociones y las opiniones de los demás, genera de manera más natural un comportamiento asertivo y que aprendan a resolver, de manera consensuada, los conflictos grandes y pequeños que enfrentamos día a día.

En este proceso es importante que quienes detentan “potestas” en el mundo de hoy deben avanzar en “auctoritas”, es decir deben superar la concepción reducida del poder, tienen la responsabilidad de prepararse para ejercerlo, de comprometer responsabilidades y virtudes, que los aproximen a las mejores decisiones y que superen posturas mezquinas que buscan mantener más privilegios que responsabilidades y que tanto daños pueden hacer a las instituciones y, muy especialmente, a las personas que les dan vida y esencia.

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