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10:21 am. Lunes 29 de Marzo de 2021
Opinión
10:21 am. Lunes 29 de Marzo de 2021

En ocasiones anteriores hemos discutido, siempre desde la comodidad del área en que me desempeño, sobre la relevancia del conocimiento y el análisis histórico. Conocimiento, por lo demás, muy  minusvalorado desde la primera modernidad por la búsqueda de la objetividad y del análisis racional que inspiró la distinción del conocimiento científico entre las llamadas ciencias exactas y la ciencias sociales que, según los estándares de la época, no podían arribar a verdades absolutas e irrefutables.

Hoy sabemos, desde el mismo desarrollo del pensamiento científico que el paradigma ha cambiado entre la verdad que se busca y la verdad que se construye  e incluso  la noción sobre los resultados de la investigación científica expresan una cierto relativismo al expresar que a través de su aplicación se puede llegar a aproximaciones sucesivas a la verdad, más aún, cuando el análisis metodológico propone que se puede avanzar en dicho conocimiento, poniendo a prueba verdades establecidas.

Ya desde el Romanticismo, que en palabras de Isaías Berlín es la tercera gran revolución de la humanidad, el mundo se ha revelado contra la “dictadura de la razón” y se han abierto espacios a los sentimientos, las emociones y las ideas de ése mundo del conocimiento que, sin renunciar a una responsabilidad metodológica, buscan aportar desde un campo que es muy difícil establecer leyes de causa y efecto. Es así, como desde la segunda mitad del siglo XIX, las ciencias sociales y entre ellas muy especialmente la Historia, tuvieron una nueva oportunidad sin tener que renunciar a su esencia en pos de un cientificismo exacerbado y que había, a juicio personal, desnaturalizado su rol en provecho de la humanidad.

Desde Heródoto, para muchos el padre de la Historia, se ha discutido sobre la relevancia del conocimiento que aporta esta disciplina. Para el sabio griego su rol descansaba en realzar las grandes hazañas de los hombres. Años después, y en el contexto de la Guerra del Peloponeso, la Historia, para Tucídides,  debía ayudar a que los hombres no cometieran los mismos errores; para San Agustín tiene un fin apologético y es la fuente de conocimiento para defender al cristianismo amenazado;  Joaquín de Fiore  nos dice que el conocimiento histórico nos permitía comprender el progreso de la humanidad; Christine de Pizán se refiere a la historia como la ciencia de la vida y;  para Eric Hobsbawm tiene el poder de hacer recordar lo que otros olvidan.

En esta rápida enumeración me salté conscientemente un tremendo referente, Erich Kahler, gran historiador alemán que fue parte del movimiento de defensa de la historia en la primera mitad del siglo XX y que llega a plantear que la relevancia del conocimiento histórico resulta fundamental en pos de la supervivencia de la especie.

Para el ciudadano común y corriente, más preocupado de los problemas económicos y políticos contingentes, difícilmente podrá comprender la importancia del conocimiento histórico, más allá de repetir muchas de las afirmaciones que se expresaron en el párrafo anterior casi como clichés. Esta problemática tiene mucha relación con la forma en que se enseña la Historia y que, en la preocupación por la rigurosidad de los hechos y la negación de la interpretación, terminó construyendo una imagen memorística y repetitiva que la distanció de las cosas importantes del mundo.

Si nos ubicamos en el mundo actual y tratamos de revelar algún aspecto concreto en que el conocimiento que aporta el análisis histórico nos resulta útil no en nuestra individualidad sino en el sentido solidario y de pertenencia que la Historia, como ciencia social, debe siempre pretender, me parece interesante analizar con ustedes el concepto del anacronismo histórico.

El famoso historiador Marc Bloch, en su libro publicado de manera póstuma, entregó como un gran aporte a la posteridad una crítica fundamental al concepto de tiempo como objeto del análisis histórico. En la actualidad el tema ha conocido un renovado interés entre los estudiosos de la Historia, donde el tema del anacronismo ha disfrutado de un rol protagónico. Si partimos de la premisa, muy aceptada por lo demás, de que la reflexión sobre el análisis histórico tiene una relevancia primordial para comprender los hechos que constituyen el objeto de la Historia, es decir, los hombres en el tiempo. 

Desde esta perspectiva dicha comprensión solo será posible cuando el historiador es capaz de discernir la historicidad de los fenómenos humanos en una, para muchos, maraña de acontecer. Es decir, el rol del que se propone producir conocimiento histórico debería estar fuertemente influenciado en la posibilidad de descubrir que hay de común en una realidad plural y cada día más fragmentada, que es la que define a los individuos y a las sociedades, para construir en el devenir, clasificaciones, ideas, conceptos, planteamientos y hasta propuestas que pongan de manifiesto lo que Bloch llama, “líneas de fuerza de eficacia capital”.

Sin duda que el concepto del anacronismo no es fruto del lenguaje histórico (para muchos una de las falencias de nuestra disciplina), pero la riqueza está también en como lo tomamos y lo adaptamos de su concepción original y le damos sentido no sólo para el lucimiento de nuestra disciplina, sino que, muy especialmente, para proyectar la importancia y la riqueza de su conocimiento.

Concretizando el análisis teórico anterior, podríamos decir que después de tanto conocimiento histórico producido a partir de la obra de los científicos e intelectuales de distinto cuño y de las tendencias de las sociedades humanas, el reconocer  el  aporte dicho conocimiento debería permitirnos avanzar con mayor rapidez en muchos de los fenómenos históricos que, de acuerdo a la realidad de los tiempos,  resultan por decir lo menos un “anacronismo”.

Si, parafraseando a Heródoto, queremos destacar las grandes hazañas de los hombres, como no reparar que el aporte del grupo de científicos que definió el código genético, nos obliga a entender que los estudios y análisis raciales de muy distinta tendencia, son un anacronismo, ya que dicho acontecimiento histórico demostró que el porcentaje de identidad genética supera el 99,9% entre los seres humanos.

Me pueden decir que el ejemplo anterior es una utilización maliciosa de una verdad científica para dar fundamento a la importancia de la Historia, pero me niego rotundamente, ya que es responsabilidad de la Historia  realizar el link entre concepto y realidad. Si mantenemos la base racional que he buscado desarrollar, podríamos utilizar una variedad de conceptos que, con mayor o menor actualidad, resultan en el análisis de nuestro tiempo anacronismo que, de reconocerlos como tal, habríamos superado muchos de nuestros actuales problemas o al menos reducir considerablemente las resistencias.

Por ejemplo, es una anacronismo que aún existan personas que levantan un seudo discurso para negar la problemática medioambiental, el proceso histórico nos está llevando a comprender que el desarrollo económico es incompatible con dicha problemática, lo que nos obliga a preguntarnos ¿hasta cuándo deberemos esperar para asumir como una realidad actual y concreta la esencia de este problema? A esto se refería Kahler cuando en la década de 1960 asumía que “el significado del significado” de la Historia era la sobrevivencia de la especie.

Es un anacronismo para el momento en que vivimos y, muy especialmente, para el mundo que queremos construir, que sigan existiendo discursos machistas y misóginos que se aferran a tradicionalismos que demuestran ser cada vez más inconsecuentes. Cuánto habríamos, si recuerdan la columna anterior, mejorado como humanidad si nos hubiéramos sensibilizado de manera más rotúnda con la rica mirada femenina y no luchado reaccionariamente para no reconocer lo que es, no sólo natural, sino que muy necesario.

Es un anacronismo la tendencia a desconocer la importancia de los derechos sociales, que el individualismo que puede alimentar satisfacciones personales muy poco solidarias, nos lleva a graves condiciones de convivencia que no hacen más que hacer patente dicha mezquindad. Es necesario que reparemos en el valor de la convivencia solidaria y que aporta enormemente a la posibilidad creadora y constructiva en modo comunidad.

Cuántos son los que, quién sabe en pos de la defensa de qué intereses, han querido levantar un discurso de negación a la problemática de la pandemia mundial y que generan suspicacias bien poco fundadas que al mismo tiempo ralentizan, con un relevante pérdida de vidas humanas, las medidas necesarias. Es un anacronismo histórico actual negar el coronavirus, si la realidad que nos impele nos demuestra cada día su dramatismo.

Podríamos continuar con anacronismos actuales e históricos que han generado fuerzas reaccionarias ante evidencias concretas y que, a la luz del análisis desde la disciplina, nos han deparado mucho daño. Debemos agudizar el pensamiento histórico, enseñar nuestra disciplina desde su rol más actual y concreto y facilitar que las fuerzas mezquinas que se oponen a procesos históricos, más necesarios que inevitables, sigan cobrando víctimas y negativas consecuencias.

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