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El músico y compositor Alejo Durán.
8:17 am. Sábado 09 de Febrero de 2019
Alejo Durán: 100 años de buena música
8:17 am. Sábado 09 de Febrero de 2019
Este sábado 9 de febrero se cumplen cien años del natalicio del músico y compositor vallenato.

“No sé que tiene el acordeón de comunicativo
Que cuando lo oímos se nos arruga el corazón”

Gabriel García Márquez

Alejo es de esas figuras que jamás se olvidan aunque pasen 100 años. Que se aprenden a amarle profundamente. En él se conjugaron los elementos propios para hacer del hombre un ser maravilloso. El amor, la sencillez, el respeto, la gracia, la inteligencia y la honestidad son algunos de estos elementos. De hablar pausado y grave, su conversación era un baúl de sorpresas marcadas con el sello de la humildad.

Amigo de sus amigos, enamorado eterno de la vida y de las mujeres a las que siempre acarició con las notas de su acordeón y el ronquido de su voz. Buen hijo, buen hermano, buen amigo y buen padre. Un convencido del amor; de allí su famosa frase: “Al amor no se le llora, al amor se le canta”.

Gilberto Alejandro Durán Díaz nació hace 100 años, el 9 de febrero de 1919 en el Paso un pueblo del Cesar, donde la gente se muere de viejo. Los paseros son hombres limpios de corazón, trabajadores incansables, de piel morena, manos gruesas y callosas producto del trabajo.

El músico y compositor Alejo Durán.

La familia Durán Díaz por tradición está ligada a la música. Don Nafer Durán combinó siempre el oficio de vaquero con el de acordeonero y Juana Francisca Díaz el de lavandera con el de cantadora. Esta mujer esbelta y sencilla fue una de las más famosas cantadoras de tambora y su trabajo influyó notoriamente en el estilo de su hijo para interpretar con facilidad cantos en ritmo de paseo como ‘Candela viva’, ‘Mi compadre se calló’, ‘El pañuelito’, y ‘La perra’, entre otros. De niño Alejo recibió clases de urbanidad, lectura y cívica de su tío Federico, un fornido negro al que apodaban el Sabio, por ser de los pocos habitantes del pueblo que llegaron a terminar el bachillerato.

Las lecciones de Evangelista Quintana y Carreño nunca se borraron de la brillante mente del Negro Alejo.

Hasta cumplir mayoría de edad Alejo permaneció en la Hacienda “Las cabezas” de Packing House con Piñeres, Trespalacios y Fernández. Desde niño se unió a la cuadrilla de trabajadores de esa hacienda y de todas las que estaban cerca. Eran hombres fuertes que al final de la tarde, cuando terminaba la jornada, se unían para contarse sus penas y alegrías, para descansar el cansancio y refrescar el alma con canciones de viejos juglares que pareciera que conocieran los juegos del corazón de esos hombres anónimos que se convirtieron en el primer público de aquel negrito que con sonrisa alegre e inocente los alegraba también con cantos acompañado de la guacharaca.

Cuando cumple los 24 años comienza a soñar con la vida. El acordeón se había convertido en su más fiel compañera.  Ella le sirvió para acompañar a sus amigos en los cantos de parranda, caminatas que se daban por el pueblo ya entrada la madrugada y al son del ‘Amor amor’ se improvisaban versos. Alejo tocaba el acordeón mientras sus amigos empinaban el trago de ron. Alejo no tomaba licor.

En 1950 el maestro llega a Barranquilla atraído por los comentarios de la gente. Después de pasar mucho trabajo se emplea como mecánico en el taller de un señor Félix. En 1951 graba su primer sencillo en un acetato que vendía de pueblo en pueblo. Con el sello Atlantic realiza su primera grabación oficial: ‘Guapajé’. A  partir de ese momento su voz comienza a instalarse en las casas de todos los pueblos de la Costa a través de los radios de tecla que la compañía Phillips vendía.

Alicia adorada, Pedazo de acordeón, Sielva María, La cachucha bacana, 039, son algunos de los tantos éxitos que brotaron de la garganta de Alejo y de sus manos que acariciaban los teclados del acordeón. Un acordeón que entendió que con Alejo las cosas eran a otro precio, que con Alejo había que pisar y sonar fuerte, que con Alejo los bajos serían protagonistas y que había que sonar con la misma calidad un lamento o un merengue.

El músico y compositor Alejo Durán.

Este negro logró romper las barreras que en Barranquilla y el interior del país le habían puesto al vallenato hasta el punto de catalogar como ‘corroncho y montuno’, como él mismo lo contó una vez, a quien escuchara esta música.

Se paseó por Colombia y el exterior llevando el mensaje de nuestro folclor, “Porque es mi deber colocar bien en alto el nombre de mi patria, yo no importo, importa mi país, mi pueblo, mi folclor”. Así lo declaró a una periodista en una ocasión.

No se dan en Colombia por muchas cantidades músicos como Alejo, que reúnan tanta calidez humana y calidad musical. Nunca habló mal de sus colegas, a todos respetó y aunque no compartía el vallenato moderno siempre decía: “Si a mi no me gusta, eso no importa, lo importante es que al público le guste y eso es suficiente. Lo malo es que yo cambie”. Con Alejo se podía  charlar todo un día sin que repitiera una anécdota. Su gracia era única. Recuerdo esa anécdota cuando salió de su pueblo en 1968 a presentarse al festival vallenato. En una parada del bus se bajó y cuando esperaba en la carretera al lado de un kiosco de refrescos, una niña que lo vio con su acordeón se le acercó y le preguntó: ¿Y usted para dónde va?, y él le respondió: ¿Yo?, para el festival en Valledupar. Ante esa respuesta la niña le dijo: Usted tiene concha, presentarse a un festival donde van a tocar Luis Enrique Martínez y Alejo Durán.

Alejo Durán y Consuelo Araujo.
 

Cada canción del viejo Alejo era una vivencia suya o ajena, como la cachucha bacana que dedicara a su guacharaquero, quien con su cachucha se conquistaba a todas las mujeres y él que era el del acordeón y la voz, no las podía conquistar:

No se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres tatuaron en su corazón la imagen de este negro bonachón. Lo cierto es que a todas las trato como a unas reinas. A diferencia de la composición de hoy en la que se ultraja a la mujer, Alejo las acarició, las elevó y las colocó en un pedestal de donde nunca las bajó. Esto quedó plasmado en muchas de sus composiciones: “la mujer y la primavera / ay son dos cosas que se parecen / la mujer huele cuando está nueva / la primavera cuando florece”.

¿Qué cuántos hijos tuvo? Muchos. En una ocasión un periodista le hizo esa pregunta y el maestro le respondió:

Bueno muchos.

¿Y todos con la misma?

Si, todos con la misma, pero con distintas mujeres.

Un 30 de abril de 1968 Valledupar aclamó  hasta el delirio a este extraordinario músico que con su ‘pedazo de acordeón’ había conquistado el corazón del jurado y del pueblo. Se coronaba como primer Rey vallenato. En ese mismo año se celebran las Olimpiadas en México, Alejo asistió como parte de la delegación artística; en relación con lo artístico recibió una medalla de plata y a la postre fue la única que conquistó nuestro país.

Y Alejo fue creciendo como un árbol frondoso que daba a todos por montón  dulces frutos y la más deliciosa sombra. Fue, y sigue siendo, ejemplo para todas las generaciones, no solo de intérpretes del vallenato sino de todos los que con sus canciones vibramos de emoción. Su humildad y respeto son comparables a la de aquellos personajes bíblicos que nos enseñara el profesor de religión en la escuela.

El músico y compositor Alejo Durán.

En 1987 demostró con hechos esa humildad que era tan natural en él como su ‘Apa’. Se disputaba en Valledupar la corona de Rey de Reyes. Alejo en su presentación cometió un pequeño error en la ejecución de su instrumento (carajo los grandes también se equivocan), que ni el jurado ni el público habían percatado. Pero Alejo dejó de tocar, presentó disculpas al público: “Perdón señores, yo mismo me he descalificado” y siguió tocando como los dioses, como sólo él sabía hacerlo.  El público ante tan caballeroso y noble gesto respondió con un aplauso que hizo vibrar todo el Valle del Cacique Upar; algunas personas cuentan que el mismísimo Santo Eccehomo se soltó las manos para también aplaudir. El jurado lo eliminó como era de esperarse. El pueblo reunido en la plaza protestó la decisión. Un mes más tarde, y en un acto de desagravio, en Planeta Rica lo coronaron Rey de Reyes. Hay quienes afirman que aquello de equivocarse Alejo lo hizo a adrede, pues se corría en todo Valledupar, incluso entre los otros concursantes Alfredo Gutiérrez, Luis Enrique Martínez, que todo estaba arreglado para que fuera Colacho Mendoza el Rey de Reyes,  y Alejo lo que hizo fue ponerle las cosas fácil al jurado para que cumplieran con lo planeado. Alejo jamás corroboró aquello pero tampoco lo desmintió.

Fue el primer rey vallenato.

A pesar de haber sido un andariego, Alejo decidió un día clavar sus raíces en el suelo de Planeta Rica. Allí todas las tardes, después de laborar en su tierrita, regresaba montado en bestia o a veces en bicicleta. Se tomaba el café cerrero que su compañera le había preparado y se sentaba en la puerta de la casa en su taburete a contarle historias a sus nietos y los amiguitos de estos, que embelesados disfrutaban aquellas lúdicas tardes al lado del gran Alejo. El pueblo entero lo acogió y lo declaró hijo adoptivo. Lo sembraron en su tierra para que germinara la semilla del amor. En Planeta Rica reposan sus restos mortales y su pedazo de acordeón. El negro grande murió el 15 de noviembre de 1989 a la edad de 70 años.

Alejo, negro grande que se inmortalizó. Juglar que se quedó para siempre en nuestros corazones. Viejo capitán del amor. Con él la frase “No ha muerto, vive en nuestros corazones” se convierte en una verdad de a puño. Y es que no solo sus recuerdos viven en nuestros corazones, también sus canciones que siguen más vivas que nunca y cada vez suenan mejor.

Por: Víctor González Solano

 

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