8:52 am. Domingo 05 de Mayo de 2019
Opinión
8:52 am. Domingo 05 de Mayo de 2019

Para muchos de nosotros, en el cono suramericano, no fueron muy favorables las imágenes que llegaban desde Venezuela el martes recién pasado en el que se escenificó, una vez más en nuestra realidad, un espectáculo tan contrario a los valores y los atributos de la democracia. Cada vez que se valida la violencia (del lado que venga) como instrumento político es, en su sentido  más profundo, una negación de ella como mecanismo de solución pacífica de los conflictos).

En mi círculo cotidiano me pude encontrar con las más variadas explicaciones al desarrollo de los acontecimientos. Amigos, alumnos, familiares y colegas difícilmente pueden mantenerse ajenos a los vertiginosos sucesos. No son pocos los que creen que la violencia es la única forma de sacar a Maduro del poder y que se ha mantenido con el apoyo de las Fuerzas Armadas que, más que convencidas de la revolución bolivariana, se aferran a las prebendas que han logrado y que son tan ajenas a la realidad general que vive la población. Para otros, los acontecimientos les traen a la memoria sucesos de un pasado cercano de nuestro subcontinente en donde cualquier proyecto que huela alternativo al modelo capitalista empieza a ser desprestigiado desde adentro y desde fuera, por aquellos que aspiran a recuperar los privilegios de los que gozaron por mucho tiempo con un desprecio por las condiciones de vida de los sectores populares de dicho país.

El panorama no deja de complicarse, los millones de venezolanos que se han repartido por el mundo dejan entrever el desolador panorama del país, con graves insuficiencias alimentarias y de salud que ponen en peligro a miles de personas. Otros se preguntan qué responsabilidad tiene en este panorama el mismo bloqueo estadounidense y la limitación al acceso de recursos que pertenecen a Venezuela retenidos en suelo norteamericano.

Las inversiones de China y la URSS (nótese, no las posiciones ideológicas) en suelo venezolano complican aún más el panorama y permitirían explicar la mantención en Venezuela de un Nicolás Maduro temeroso en un primer momento (supuestamente compelido a no abandonar el país por Putín), y sus repercusiones en las relaciones entre importantes potencias económicas y militares que parece, desde la caída de la URSS, habían pasado por una etapa de verdadera distensión (salvo los problema ruso-estadounidense en Siria o la guerra comercial entre USA y China)

La realidad de América Latina tampoco ayuda a la descomplejización del problema, el giro a la derecha de importantes países de la región han favorecido actitudes decididas de los gobiernos de Brasil, Ecuador, Chile, Argentina y Colombia que demandan una intervención en suelo venezolano (el presidente Piñera habló con escasa claridad cuando pidió el uso de la “fuerza de la paz” para justificar los acontecimientos del martes 30 de abril y abriendo, para muchos, la puerta a un golpe de Estado), contrastan con posiciones más cautelosas como las de Uruguay y México (que llaman a consolidar el rol de los organismos internacionales y al respeto a la autodeterminación de los pueblos) y el debilitado apoyo de Bolivia a Nicolás Maduro que parece estar perdiendo la batalla en la región.

La misma situación interna de Venezuela en los últimos años no deja de complicar la situación, más de veinte elecciones de todos los niveles desde que Chávez llegó al poder y sólo dos derrotas para la revolución bolivariana gobernante (elecciones además que contaron con la fiscalización de instituciones de reconocida honorabilidad al respecto). Marchas, concentraciones y movilizaciones que se reparten de uno y otro lado y con importantes muestras de adhesión. Una oposición que llama abiertamente a un acto de sedición, que dispone de acceso a medios de comunicación y que ha podido convivir y levantar una autoridad alternativa (reconocida por muchos países a nivel mundial) con un gobierno al que lo acusa de concentrar todo el poder y reducir las libertades y garantías individuales. Un panorama muy difícil de comprender para aquellos que crecimos en una dictadura en que, actos sensiblemente menores a éstos, terminaban con sus líderes detenidos, torturados, muertos y desaparecidos, sin posibilidad alguna de visibilizar esas situaciones a través de los medios de comunicación completamente controlados por el gobierno opresor y apoyados por más de una potencia mundial que no veía o no quería ver estos abusos.

Los invito a todos ustedes a mantenerse informados en torno a los sucesos, a generar su propia visión del conflicto más allá de repetir interpretaciones interesadas, a validar siempre las opciones democráticas como las salidas que, aunque compensatorias, construyen, y a renegar siempre del uso de la violencia y cualquier forma encubierta que busque legitimarla, que nunca resuelve nada, por el contrario, siempre profundiza o genera nuevos problemas, a sino infórmese sobre la realidad que hoy viven países como Siria, Libia o Irak.

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