Universidad Metropolitana
9:50 am. Domingo 23 de Febrero de 2020
Opinión
9:50 am. Domingo 23 de Febrero de 2020

Algunas de las trifulcas que ocurrieron en los bailes del Carnaval de Barranquilla han quedado fijadas en la memoria como eventos cuasi heroicos. Es el caso de las peloteras de los años setenta y ochenta en las famosas verbenas de los barrios populares, y en las casetas con poca vigilancia policial.

Esos combates fueron individuales o colectivos, y casi nunca generaron muertos, aunque sí heridos leves y, en ciertos casos, de consideración. Esto se debía a que las armas de las batallas eran botellas, peñones, ladrillos, piedras, trancas y otros objetos usados para golpear o herir al adversario. En los enfrentamientos más extremos, podían aparecer los machetes o los cuchillos para cortar carne de vaca.

Esto último fue lo que ocurrió con un carnicero del barrio Cevillar que entró en disputa con un borracho más borracho que él en una verbena llamada Baila como puedas. Parece que Ciro interpretó mal la pancarta del baile y sacó a bailar a la mujer de Arturo, quien se mantuvo sentada, no por miedo a su marido, sino porque el carnicero era excesivamente pequeño para una mujerona que casi llegaba a los uno ochenta metros de altura.

Estebana dedujo que bailar con un hombre tan pequeño era una agresión, no contra ella, sino contra el pequeñuelo que insistía en sacarla a la pista. Pero Ciro entendió el desaire como una ofensa, y por eso le dijo unas palabrotas a la inmensa Estebana, con tan mala suerte que en ese preciso momento llegaba a su silla el marido.

Los dos hombres (que no sobrepasaban los uno cincuenta metros de altura) se liaron a puñetazos, el primero para resarcir el honor herido por el desplante de la mujer, y el otro para resarcir el honor herido por la agresión a Estebana. Sin embargo, la menos preocupada con el honor de los dos era el principal objeto de una pelea que puso en tensión su temperamento y sus doscientos diez kilos de peso.

Poco tiempo después de iniciada la refriega, se vio claro que Arturo llevaba las de ganar, por la manera sincronizada como conectaba los golpes en el cuerpo y la cara de Ciro. Al honor herido por el desaire de la mujer, el carnicero agregaba ahora la vergüenza de una muñequera de padre y señor mío.

En vista de lo anterior, no tuvo otra opción que salir corriendo como si huyera de su contrincante. Pero su intención nunca fue escapar, pues al rato se presentó armado con el cuchillo más chancletudo de todos los que utilizaba para cortar las partes de la res en su expendio de carne.

El impulso de la rabia que lo consumía no le alcanzó para tocar con su afilada arma al indefenso Arturo, pues este, ni corto ni perezoso, se acomodó rápidamente detrás de los doscientos diez kilos de su monumental mujer. Fue muy cómico observar a los dos hombrecillos dar vueltas y vueltas alrededor de los casi dos metros de estatura de Estebana: el uno, para usar su cuchillo como arma de venganza, y el otro, eludiendo el castigo. Cómico ahora, claro, después que el tiempo transformó una posible tragedia en una simple comedia.

Pero lo más risible era escuchar los gritos de la mujer para proteger a Arturo e intimidar a Ciro. “Como lo jodas te jodo”, le gritaba al uno, tratando de agarrarlo por el brazo o el cabello; “corre, mijo corre, que el vergajo te va a matar”, le imploraba a su marido, mientras movía el cuerpo para evitar que Ciro usara el instrumento del carnicericidio.

Estebana gritó y gritó, pero ninguno de los dos hombrecillos se daba cuenta de lo que decía, pues corrían como locos, el uno, huyendo y el otro, haciéndolo huir. La única manera de parar la posible tragedia (y de proteger a Arturo con eficacia) fue el resultado de una táctica que Estebana ponía en juego cada vez que peleaba con su esposo.

A cambio de observar la ridícula persecución como convidada de piedra, la mujer decidió meterse más de lleno en la trifulca, para someter a Ciro y salvar a Arturo. Con un manotazo de mamut, agarró al carnicero por uno de sus brazos, y después lo aferró por la cola de caballo que le gustaba lucir.

Con el brazo del cuchillo inmovilizado, y sostenido por la cabellera como si fuera un muñeco de trapo, no le quedó más remedio que mentarle la madre a Estebana y al mecánico de motos llamado Arturo, mientras exigía que lo bajaran, como si él estuviera en condiciones de exigir algo.

Con el muñeco de trapo elevado por encima de sus hombros, la gigantona le ordenó a su marido “vete para la casa, Arturo”, como si estuviera mandando a un hijo, mientras al carnicero le decía, en modo de grito, “suelta el cuchillo, imbécil, o te lo meto por donde quepa”. Arturo obedeció la orden de su mujer tal si la hubiera dicho un Hitler o un Stalin, pero Ciro se negó a soltar el cuchillo, a pesar de la grave amenaza que le hacían.

Poco tiempo después llegó el momento en el cual la situación no podía resolverse sino como fue resuelta por quien podía resolverla de la única manera en que se resolvió. Estebana siguió diciendo, en modo de grito, “suelta el cuchillo, imbécil!”, y Ciro se resistía, mentándole la madre y pateando su estómago con sus pequeños pies desnudos.

Entonces, la gigante liberó la cola de caballo y asió con las dos manos el brazo armado de Ciro, sin dejar de gritarle “imbécil, suelta el cuchillo”. Como “imbécil, suelta el cuchillo” no surtía ningún efecto, Estebana decidió desprender el arma del otro brazo golpeando con el puño cerrado el puño cerrado que contenía el cuchillo, hasta que lo hizo caer, diciéndole en voz alta al carnicero “viste, pendejo, que lo soltaste”, y este le espetaba, en clave de respuesta, fuertes vulgaridades y media docena de mentadas de madre en seguidilla, bajando la voz como si fuera un secreto.

Una vez desarmado, lo demás fue obra de carpintería: casi con delicadeza, Estebana puso en el suelo al carnicero que, sin su largo cuchillo, no pasaba de ser un simple carnicero. Sin soltarle el brazo, le dijo que se calmara, que dejara de agredir y que se fuera para su casa, ante lo cual Ciro no se calmó, sino que le mentó otra vez la madre, y le pateó las gruesas piernas con los pies descalzos.

Estebana, en represalia, también le mentó varias veces la madre a él, y le dijo “imbécil, cálmate, o si no yo te calmo”, pero Ciro seguía mentando madre como un rabito de lobo, mientras le repetía “te voy a joder, gorda inmunda”, sin que pudiera cumplir su palabra, porque la gorda inmunda lo tenía inmovilizado por el brazo, y lo alzaba cuando quería como un muñeco de trapo, para demostrarle que ella era la que mandaba, y que, si no se callaba y se iba para la casa, lo alzaría por enésima vez.

Consciente de su poder y de la impotencia del carnicero, la mujer del mecánico aplicaría la última táctica de guerra de la noche, si el pobre Ciro no se tranquilizaba y se iba para su casa. Esa sería la joya de la corona de todas las tácticas de guerra, que ella había aprendido y practicado mucho en los desiguales combates con su pequeño marido.

Antes de llegar a los extremos de aplicar la joya de la corona, Estebana le exigió otra vez a Ciro que se calmara y le repitió “imbécil, cálmate, porque si no te jodo”, ante lo cual Ciro, en vez de calmarse, seguía mentándole la madre y gritándole “gorda inmunda, déjame ya”, sin poder librarse de la tenaza que le oprimía el brazo.

Todo esto sucedió en presencia de un cerco de verbeneros sabedores de antemano hacia donde se escurrirían los hechos, pues habían visto a Estebana aplicarle la joya de la corona a su propio marido en las refriegas hogareñas que ella siempre ganaba, como consecuencia de sus doscientos diez kilos de peso y de sus casi dos metros de estatura.

Las únicas diferencias de este combate con los que semanalmente le veían al derrotar a su marido, se relacionaban con el momento y con el contrincante: Ciro, el carnicero que la sacó a bailar sin éxito, era la víctima de sus garras y estaba a punto de probar la joya de la corona, un domingo de Carnaval en una verbena llamada Baila como puedas, del barrio Cevillar.

Ciro no había sido capaz de cumplir el lema del baile, por la negativa de Estebana, y por eso estaba a punto de padecer la joya de la corona, mientras le decía a su verdugo “vieja malparida, suéltame, nojoda”, sin lograr que lo soltaran, y recibiendo a cambio una sonora cachetada que provocó los aplausos y los gestos de aprobación de la muchedumbre de verbeneros que gozaban el espectáculo.

Otro par de bofetadas sonoras recibieron sendas aprobaciones y sendos aplausos de los verbeneros que sabían de antemano cuál sería el desenlace de esa pelea entre tigre gordo, suelto, y burro flaco, amarrado. A la décima cachetada sonora, y bajo los gestos de aprobación y el mar de aplausos de los verbeneros, Ciro se desplomó a los pies de Estebana, como si fuera un indefenso muñeco de trapo, ya sin espíritu.

Pero, casi inerme en el suelo, siguió mentando madre como un rabito de lobo, y despotricaba contra la mujer mascullando, con un ridículo hilillo de voz, “gorda inmunda, mole de carne”, y toda esa clase de palabrotas que hieren a un combatiente, y que siempre ocasionaban los gestos de desaprobación de la multitud de verbeneros.

Al observar que su enemigo continuaba agrediéndola, Estebana no tuvo más remedio que concluir la faena de la noche, aplicándole la solución que, a gritos, le pedían los verbeneros de Cevillar, en los siguientes términos: “la joya de la corona, la joya de la corona” y así, como unas veinte veces más.

En consecuencia, y para cumplir con la voz del pueblo (que es como la voz de Dios), se lanzó sobre el cuerpo inútil del carnicero, reduciéndolo bajo sus doscientos diez kilos de peso, y haciéndolo lanzar su último “gorda malparida” de la verbena.

El pesado cuerpo de la mujer del mecánico quizás hizo recapacitar al carnicero como siempre hacía recapacitar a su marido, porque ya no mentó más madre como por arte de magia, y de sus labios empezaron a salir frases como “Estebana cuidado, me estás jodiendo Estebana”, y otras combinaciones que ya no sonaban agresivas, sino suplicantes.

Casi al borde del triunfo, Estebana retiró parte de sus doscientos diez kilos, pero mantuvo aquel descomunal trasero sobre el pecho y el vientre del humillado contrincante. Aun así, la angustia cobró su presa debajo del voluminoso cuerpo de la ganadora en esta historia del Carnaval.

“Estebana, cuidado, que no puedo respirar”, decía Ciro, a punto de desmayarse. La joya de la corona, esa que siempre redondeaba sus logros contra el pequeñuelo Arturo en los combates conyugales, le otorgaba de nuevo más prestigio entre los mortales, al aplicársela al indefenso carnicero.

Sin embargo, la heroína no se veía contenta por esta contundente victoria, que le pareció pírrica, debido a la angustia sufrida. Ni las súplicas, ni los ojos espepitados de Ciro, representaban una recompensa adecuada para su esfuerzo y para la calidad de su triunfo. Estebana quería más, y de inmediato exigió más.

“Pídeme perdón, Ciro”. “Yo no le pido perdón a nadie, señora”. Estebana movió, casi imperceptiblemente, su protuberante trasero, y provocó un “¡ay, mi madre!”, que fue la legitimación de su poder. Pero quería más, y exigió lo que Ciro se negaba a entregarle como último gemido de la humillación, y como trofeo final de la batalla.

Movió otra vez lo que tenía que mover encima de la humanidad oprimida de Ciro (como si bailara el hula hula), y le dijo en el oído “pide perdón o te jodo, pide perdón o te jodo”, pero recibió la respuesta de una mueca de dolor, y un resoplido similar al de un toro vivo, en el ruedo, a punto de desmayarse.

“Pide perdón o te sigo jodiendo, pide perdón y todo se acaba…” “Perdón, Estebana”, dijo Ciro, entregándose dócilmente a la derrota. “Y ya no joderás más ni a mi marido ni a mí, o te vuelvo a joder con la joya de la corona”. “Pido perdón y no joderé más ni a ti ni a tu marido”, agregó Ciro, en medio de los aplausos y de los gritos de aprobación de la multitud de verbeneros, y antes de exhalar su último suspiro…   

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