9:33 am. Domingo 12 de Mayo de 2019
Opinión
9:33 am. Domingo 12 de Mayo de 2019

Un empresario de Barranquilla prometió hacerle una estatua a Julio Comesaña si ganaba el campeonato de fútbol local en el semestre que cursa. La oferta se hizo, con mucha seriedad, en los medios nacionales y locales, aunque el técnico del Junior la disfrazó de humor.

Julio ha visto el posible monumento como una muestra de afecto de Christian Daes, y como otra forma de pagarle todas las boletas que le ha regalado para ir a ver al Junior. Es decir, Comesaña opina que la futura estatua no es más que un intercambio comercial empaquetado en una caja de cariño.

Si se llegara a cumplir el ofrecimiento (aparentemente inexplicable), el estratega rojiblanco ingresaría a la nómina de próceres de la independencia, artistas y deportistas que ya cuentan con relucientes tallas en metal o concreto armado en muchas plazas, estadios y parques de toda la nación.

¿Es cierto que el regalo del señor Daes tiene su origen en las razones comerciales o afectivas que expresó el entrenador, o hay algo más, oculto, colgándole a la propuesta? Una idea tan descabellada e increíble (para Julio Avelino), ¿se puede reducir al simple juego de los intercambios económicos y afectivos?

Quizás la explicación del asunto esté más allá de la aparente mamadera de gallo de Daes, y de la respuesta nerviosa e incómoda del técnico a quien quiere convertir en héroe de la estatuaria nacional. Existe, eso sí, una conexión entre la futura estatua y el bajonazo en que cayó Junior por la empatitis crónica, sin descartar del todo las otras soluciones del enigma.

Nadie, en ninguna parte del planeta, le haría una talla en mármol a otro por pagarle unas cuantas boletas, o porque le tiene aprecio. Si uno revisa la historia de la humanidad se da cuenta de inmediato que los monumentos se construyen para exaltar a personas destacadas en la guerra, en la liberación de un país, por motivos ideológicos, políticos, artísticos o de cualquier otra índole.

¿Por qué, entonces, el señor Daes se lanzó al agua a ofrecer un premio que, quizás, cuente con un solo creyente? Pues, hasta ahora, la única persona convencida de que hay que tallar en mármol a Comesaña (si Junior sale campeón) es Christian Daes.

La gente, en las redes sociales y en otros medios de comunicación, baraja varias hipótesis para darle sentido a la pantagruélica oferta. Todo el mundo da por sentado que si el empresario prometió el monumento lo construye, por encima de la cabeza de quien sea, hasta la del propio Comesaña.

Una de las posibles soluciones del acertijo tiene que ver con la mediocridad en que entró Junior a raíz de la empatitis crónica ocurrida bajo el mandato de Suárez. Por la razón que sea, el onceno perdió la mística ovalada (expresión clásica de Édgard Perea) y redujo su nivel, si se lo compara con la gesta brillante del semestre pasado, que le hizo ganar elogios y el torneo local.

Sin que esto implique decir que Luis Fernando Suárez sea un mal técnico, el hecho indiscutible es que, en su período, el equipo perdió eficiencia en ataque y defensa, se vino a menos en su expresión futbolística colectiva, y cayó en un bache de empates continuos, en que parecía hundirse si lo derrotaban, pero se mantuvo vivo por la empatitis, aunque sin convencer a nadie.

Es comprensible que, cuando las cosas no marchan, se genere un círculo vicioso de dimes y diretés, donde proliferan las acusaciones y las teorías conspirativas: la culpa es de los jugadores, que ya le hicieron la rosca al técnico; el responsable es Suárez, que no supo ganarse al grupo, y así.

Lo cierto fue que el onceno se desmoronó, las individualidades bajaron en su nivel, y hasta el estratega pareció perder la confianza en sí mismo. En un escenario de este tipo era muy improbable que Luis Fernando levantara ese cuadro desmotivado, y lo que se requería, sobre todo, era alguien que supiera motivar para potenciar las individualidades, que no pueden perder, de la noche a la mañana, sus condiciones futbolísticas.

Este es el contexto que permite explicar, tal vez, la propuesta tan especial del empresario: si Comesaña logra hacer rugir al león dormido; si consigue, en tan corto tiempo, eliminarle las telarañas de la modorra y la ineficiencia al equipo; si hace que Lázaro se levante del juego lagañoso y se convierta en campeón…

¡Zas! Le construye la estatua. Es decir, el gesto simbólico de Daes significa, ni más ni menos, que solo un héroe mitológico parecido a Sísifo, una especie de salvador del Junior, es el único capaz de lograr lo que a todas luces parece imposible: que los muchachos despejen el humo de sus cabezas y, superando las coordenadas de la crisis, se conviertan, otra vez, en el mejor equipo del país.

Siguiendo la lógica estatuística del señor Daes, se comprende que, si alguien logra regresar a la vida a un equipo azombilado como el Junior, se merece una estatua en cualquier lugar de Barranquilla… y algo más. A partir de las dificultades del Junior actual, el premio que ofrece Christian Daes luce más que merecido.

Es necesario descartar del análisis la idea de que el señor Daes no cree que Comesaña sea capaz de rodar la montaña, y que por eso se atrevió a convertirlo en héroe de estatua antes de tiempo, a sabiendas de que jamás lograría el objetivo y, por lo tanto, que nunca tendría que cumplir lo prometido; por el contrario, él sí piensa que el colombo-uruguayo es el único capacitado para sacar del hueco al Junior, y para convertirlo de nuevo en campeón, a pesar de la debacle en que lo encontró.

En consecuencia, la propuesta del empresario no tiene el rostro de un truco publicitario, sino la forma de un estímulo hacia un técnico que le inspira confianza, y que, tal vez, cargue con la fortuna de levantar a Lázaro.

Ojalá que Julio Comesaña sepa ganarse su buena estatua de mármol o de bronce, pues Christian Daes de que se la hace, se la hace. Sin ninguna duda.

Comentarios