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Opinión
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El debate y la crítica son fundamentales para mejorar la calidad de los discursos históricos. Pero estos deben desarrollarse siguiendo rigurosamente los protocolos que permiten forjar argumentos sólidos. Los asertos, las conclusiones y los argumentos demostrativos en la historia se apoyan siempre en pruebas verificables, es decir, en fuentes de archivo o de otro tipo que permitan traspasar el nivel de la mera opinión personal en la construcción de los conocimientos.

Para el caso de la historia de Barranquilla, desde el siglo XIX y  durante gran parte del siglo XX han existido aficionados a la historia que escribieron o compilaron documentos y versiones provenientes de la tradición oral. Tales historiadores no profesionales pueden ser considerados una especie de protohistoriadores, cuya buena fe no bastaba para superar las limitaciones propias de personas sin formación para producir historia.

A estos protohistoriadores pertenecen algunos de los relatos organizados en torno a los orígenes de Barranquilla. Domingo Malabet, por ejemplo, se refirió a este asunto y fue uno de los más importantes divulgadores del mito de la fundación de Barranquilla en el año 1629, efectuada por los indígenas galaperos. Malabet había recogido esta idea de la tradición oral.

Tal mito de los comienzos de Barranquilla permaneció en la memoria colectiva y siguió divulgándose en los textos de los historiadores aficionados, como ocurrió con José Ramón Vergara y Fernando Baena (Barranquilla, su pasado y su presente, Banco Dugand, 1922) o con Miguel Goenaga (Lecturas locales, Crónicas de la vieja Barranquilla, Imprenta Departamental, 1953), sin que se pudiera confrontar, junto a otras versiones, con fuentes adecuadas, preferentemente de la época colonial.

El primer esfuerzo sistemático y riguroso conocido hasta ahora por hacer luz con respecto a los orígenes de Barranquilla corresponde al fallecido geohistoriador sabanalarguero José Agustín Blanco Barros, en su libro El Norte de Tierradentro y los Orígenes de Barranquilla, Banco de la República,  1987.

En esa obra, Blanco Barros desmonta todos los mitos asociados con la fundación de Barranquilla, apoyándose en sólidas pruebas documentales del Archivo Histórico Nacional y del Archivo General de Indias. Minuciosamente, y sin especular, el autor confronta las diversas hipótesis de la tradición oral (o basadas en la simple opinión) sobre la problemática de los orígenes.

En sentido general, Blanco Barros sostiene que es imposible probar, con documentos de la época, que Barranquilla fue fundada. Estas no son palabras de  un simple aficionado a los asuntos históricos, sino de un investigador concienzudo, con una gran fortaleza en los temas geográficos, quien posee el manejo de la paleografía para escudriñar en las fuentes originales de los tiempos de la colonia.

De hecho, la Quinta Parte de su texto está compuesta de documentos primarios, como títulos de encomienda, cartas de época, versiones de los cronistas coloniales, actas del Cabildo de Cartagena, escrituras de venta, testimonios de pleitos, actas o informaciones de las visitas de los oidores, padrones de población, testamentos y otros materiales de mucha importancia para construir asertos y conclusiones históricas.

Blanco Barros se toma el trabajo de incluir en su libro todo esta documentación probatoria no solo para informar de dónde saca sus datos, sino para ayudar a los futuros investigadores, como lo expresa claramente, en la tarea de confrontación o comprobación de lo que plantea (Ver: El Norte de Tierradento y los Orígenes…, p. 276 y siguientes).

De tal manera que si alguien utilizara estas mismas fuentes, muy difícilmente podría probar lo contrario de la conclusión general que establece el geohistoriador, a saber: que con el material probatorio hasta ahora hallado, lo que cabe decir no es lo que plantean los protohistoriadores, es decir, que Barranquilla fue fundada en 1629, sino que es imposible sostener la fundación del poblado en esa fecha.

Veamos cómo sintetiza este aserto el autor:

“(…) la conclusión final, importante para la historia de los orígenes de Barranquilla, es que la hacienda de ‘San Nicolás’ fue establecida después de 1627, como mínimo y varios años antes de 1637, como máximo. (…) Lo que se acaba de exponer nos plantea en seguida un interrogante, a saber: cuando el general Juan José Nieto escribió que Barranquilla fue fundada en 1629, ¿acaso no querría decir que ‘San Nicolás’ fue establecida o fundada en 1629? Porque si se llegara a demostrar esto documentalmente, resultaría entonces que lo que con tanto entusiasmo se celebró en 1979 fueron los trescientos cincuenta años de la fundación de la hacienda de vacunos, caballos y cerdos” (Op. cit., p. 226).

Blanco Barros llega a esta conclusión fundamental luego de cruzar información de muchas fuentes de archivo, haciendo el esfuerzo científico de interpretación requerido para negar el mito de la fundación planteado por otro protohistoriador, el general y político Juan José Nieto (Geografía Histórica, estadística y local de la provincia de Cartagena, República de la Nueva Granada, descrita por cantones, Alcaldía Mayor de Cartagena, 2011. Esta obra se publicó inicialmente en el año 1839).

El minucioso trabajo en los archivos le permitió también echar por tierra los principales mitos que sobre la fundación de Barranquilla se han esparcido desde el mismo siglo XIX. Pero no confronta esos mitos a partir de meras suposiciones, sino apoyado en sólidos indicios que se derivan de las fuentes primarias de época consultadas.

Luego de su ejercicio riguroso, Blanco Barros llega a la siguiente conclusión:

“Barranquilla en su remoto origen no es el resultado de un acto formal, expreso y único de fundación, plasmable en una diligencia escrita y firmada por diez o veinte funcionarios y personas particulares. Ella es el producto laborioso de todo un proceso étnico, económico y social; es el resultado de una conjugación geográfico-histórica en la cual semejante papel jugaron el ambiente físico y la acción humana. El primero, traducido en una compleja pero discernible realidad natural: la de una cálida desembocadura fluvial, grande y diversificada en playones y acumulaciones de sedimentos de diferente edad, caños y ciénagas en perpetuo proceso de cambio (...) La acción humana en este caso fue la de gentes provenientes de los más insospechados horizontes: Cartagena o Mompox; Santa Marta o Ciénaga; la Península Ibérica y las islas Canarias; las haciendas de Tierradentro (…) las encomiendas que engendraban población mezclada (…) indígenas a jornal oriundos de Malambo o supérstites de la mortal boga en el río (…) Agricultores y ganaderos, artesanos o remeros; clérigos o funcionarios del rey…” (Op. cit., pp. 253-254.

Es decir, el autor no solo niega que Barranquilla haya sido fundada sino que sostiene que su aparición fue el resultado de la combinación de factores geográficos con circunstancias económicas, demográficas, sociales o de otro tipo, que delinearon un proceso complejo en que hubo participación de las gentes de la Hacienda de San Nicolás, de los alrededores del primer Sitio de Libres y de muchos otros lugares.

O sea, las conclusiones de este geohistoriador destierran el mito de la fundación de Barranquilla y ofrecen una explicación, muy bien fundamentada en fuentes primarias, acerca de cómo pudo haberse formado el poblamiento más reciente, no precolombino, el famoso Sitio de Libres.

Las fuentes empleadas por Blanco Barros no daban para sostener la idea de la fundación de Barranquilla; y, que se sepa, hasta ahora no existe en Colombia ni en ningún otro archivo del exterior alguna fuente que permita demostrar que sí fue fundada. De tal manera que el probable mito sobre este asunto no está en el geohistoriador, sino en quienes plantean la idea de la fundación sin aportar ninguna prueba.

Los historiadores que conocen la época colonial saben que el asunto de las fundaciones había sido reglamentado por la Corona española, pues esa fue una vía decisiva para la expansión y consolidación de su dominio; normalmente, se fundaban ciudades y villas en puntos estratégicos por la existencia de fuerza laboral, de minas de metales preciosos, en bahías propicias para la actividad portuaria, etcétera.

Las fundaciones fueron una estrategia fundamental de la Corona para penetrar en el territorio, para consolidar su poder, y por eso fueron reglamentadas y controladas por los funcionarios reales (Milton Zambrano Pérez, Barranquilla y el proceso de urbanización latinoamericana en la época colonial, Revista Huellas, Uninorte, # 85, 86 y 87, pp. 19-29).

De las abundantes fundaciones en Colombia durante el período colonial ha quedado evidencia documental que reposa en los archivos. Esta es una buena base para definir lugar, fecha, conquistadores, funcionarios involucrados y todo lo que estaba implícito en ese acto de posesión del territorio.

Cabe aclarar que muchas poblaciones se formaron en ese período histórico, en nuestro país y en toda Latinoamérica, sin que mediara un acto formal de fundación. Muchas de ellas tuvieron un embrión principal en una hacienda, en una misión, en un simple cruce de caminos o por aglomeración de personas anteriormente irrigadas en un territorio más vasto, entre otras posibilidades (Véase: Francisco de Solano (cord.), Estudios sobre la ciudad iberoamericana, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid, España, 1975.La riqueza de esta compilación se deriva del hecho de que en ella participan importantes historiadores de Europa y América, expertos en el tema de las fundaciones y de la colonización).

El surgimiento de aglomeraciones de población no fundadas deliberadamente se produjo debido a la vastedad del territorio, y a las limitaciones del Estado Colonial. De tal manera que sostener que Barranquilla no fue fundada, y que surgió por la descomposición o reordenamiento de ciertos embriones (o por las características del territorio y de la población), no es nada del otro mundo, si se entiende lo que ocurría en la época colonial.

Pero, en última instancia, el problema no está en plantear a priori si Barranquilla fue o no fue fundada. El asunto de fondo está en plantear cualquiera de las dos opciones, pero aportando las pruebas del caso, como se hace normalmente en la ciencia histórica. Sostener que la urbe fue o no fue fundada, pero sin apoyarse en buenas pruebas, solo significa  que se está especulando, en una materia que no es bien conocida.

Ya reseñamos que José Agustín Blanco Barros arguye que el surgimiento del Sitio de Libres a principios del siglo XVII no se produjo por fundación deliberada, sino por el entrecruce cuasi espontáneo de elementos geográficos, económicos y demográficos especiales de la época. Estos resultados de investigación en el archivo le permiten confrontar el argumento, poco fundamentado, de los protohistoriadores, como Juan José Nieto, Domingo Malabet o Vergara y Baena, entre otros, quienes sostuvieron la idea contraria, la de la fundación de la urbe.

Cuando uno creía que ya los tiempos de los mitos y las leyendas habían pasado, un Licenciado de la Universidad del Atlántico publica un libro en que pone otra vez sobre el tapete la vieja y rebatida idea de la fundación de Barranquilla en el año 1629. Ese libro se intitula Una visión crítica acerca del origen de Barranquilla, 1533-1715, Re-interpretación de la historia local, el cual fue escrito por José Stevenson Díaz, y que apareció en el año 2016.

La obra de este historiador aficionado, en el fondo, no aporta nada nuevo a la historiografía local, pues se limita a repetir, de modo muy poco convincente (por la falta de buenas pruebas), el viejo mito de los protohistoriadores, según el cual Barranquilla sí fue fundada a principios del siglo XVII.

El texto continúa la tradición de los historiadores aficionados de los siglos XIX y XX, que en vez de plantear asertos o conclusiones fundados en pruebas irrebatibles, sustentan sus argumentos en simples especulaciones de sentido común, y en opiniones que no se pueden probar acudiendo a fuentes, como es lo adecuado dentro de la ciencia histórica.

Eso era lo común bajo la mitología creada por los protohistoriadores acerca de los orígenes de Barranquilla, y eso es lo que repite este libro, que no se apoya en fuentes primarias de época de ninguna clase, sino en el punto de vista de su autor, quien sigue fielmente los pasos de los creadores de los mitos fundacionales que ya la ciencia histórica dejó atrás.

Es curioso que una obra que se propone reinterpretar la historia local de Barranquilla no emplee, en todas sus páginas, una sola fuente original de la época de la colonia para producir sus asertos críticos. Y es muy sintomático también que el autor intente fundar su “reinterpretación” repitiendo errores y fuentes secundarias que ya fueron superadas por la historiografía local producida desde la década de los ochenta del siglo XX.

Es decir, Stevenson Díaz, de manera inexplicable, desconoce la producción historiográfica que debió conocer, y no utiliza material primario, tan importante para estudiar la época colonial. En esto también se parece a los historiadores aficionados, no profesionales, en los que se apoya, los cuales carecían de los conocimientos mínimos y de las experticias requeridas para generar un discurso histórico sólido.

Criticar las conclusiones a que llegó José Agustín Blanco Barros sobre los orígenes de Barranquilla requiere de esfuerzo, rigor y dedicación; para hacer eso no basta con lanzar epítetos, patear la lonchera en los medios (o en los eventos académicos), o tildar de mito todo lo que escribió, sin aportar las pruebas pertinentes. El berrinche sin fundamento, y para impresionar incautos, lo hace cualquiera, nunca un historiador serio.

La crítica científica es algo delicado y necesario, pero debe realizarse siguiendo los parámetros que se han desarrollado a nivel nacional e internacional, para hacerla con seriedad. La crítica histórica no puede hacerse sin pruebas pertinentes, y acudiendo solo al sentido común, a la simple capacidad especulativa o al deseo.

Si yo no estoy de acuerdo con lo que hasta ahora se ha establecido en la ciencia histórica sobre los orígenes de Barranquilla, puedo elaborar una crítica fundamentada a lo que hasta ahora se ha hecho, pero basándome en las fuentes de época que me permitan rebatir las conclusiones de los otros historiadores.

Stevenson Díaz basa su “reinterpretación” de los orígenes de Barranquilla en la repetición de los errores de sus maestros (los historiadores aficionados de los siglos XIX y XX), sin aportar en su libro una sola fuente primaria de la época colonial, como si para construir nuevos conocimientos en historia bastara con su sola capacidad especulativa, o con su habilidad para plagiar a otros, motivadas por el deseo de llevar la contraria.

El conocimiento histórico no se forja por capricho, ni por la simple capacidad de pensar del historiador. Ese saber es el resultado del diálogo inteligente entre un creador intelectual (el historiador) y los indicios o datos que se localizan en las fuentes. Y siempre la producción histórica de este creador hace parte de las tradiciones intelectuales, tanto para proseguirlas como para confrontarlas.

Si uno quiere indagar sobre los orígenes de Barranquilla ¿qué debe hacer? Pues remitirse a las fuentes de archivo o de otro tipo, en que sea posible encontrar huellas o indicios que faciliten la tarea de esclarecer el asunto. Uno no puede sacar conclusiones sobre esa problemática sin estudiar fuentes de época, pues se puede deslizar hacia la simple especulación sin sentido.

Las ideas de los historiadores aficionados de los siglo XIX y XX eran extremadamente especulativas y anticientíficas porque ellos carecieron de una formación como historiadores profesionales y, por lo tanto, no sabían cómo procesar adecuadamente las fuentes; además, no contaban con la sistematización de los archivos y con los acervos documentales con que se cuenta hoy.

Esto sirve para explicar el motivo principal por el cual produjeron sus mitos y leyendas sobre la fundación de la urbe, y, también, el carácter especulativo de la mayoría de sus conclusiones. Especulativo en el sentido de que mucho de lo que escribieron o expresaron se debió más a su simple subjetividad que a los indicios de época que sustentaran sus asertos.

Es imposible hacerse una idea de cómo eran las cosas en la época del surgimiento de Barranquilla sin escudriñar en las huellas o indicios producidos por los escribanos, por las entidades públicas o privadas de aquellos tiempos, o por la gente que vivió allá, y que dejó testimonios involuntarios o voluntarios en diversos campos.

Solo alguien con una formación adecuada de historiador profesional puede hacer ese trabajo de dilucidación de manera idónea, contando siempre con las fuentes adecuadas. Los historiadores aficionados no podían hacerlo, y por eso produjeron los mitos y leyendas que Blanco Barros y otros investigadores han ido desmontando.

Stevenson Díaz convierte a los creadores de mitos y leyendas de los siglos XIX y XX en auténticos investigadores, a pesar de carecer de las más elementales herramientas del buen historiador, y a pesar de especular sobre la fundación o el origen de Barranquilla, porque no estaban en condiciones de hacer otra cosa.

Y transforma a los verdaderos estudiosos científicos del pasado de la ciudad en creadores de mitos y leyendas. Esto no es una reinterpretación de la historia local, sino una falsificación o distorsión de lo que ha ocurrido dentro de nuestras tradiciones intelectuales, y un irrespeto sin excusa para con los saberes históricos constituidos.

¿Por qué Stevenson Díaz interpreta de manera tan inadecuada la realidad, convirtiendo a los pecadores en santos y a los historiadores científicos en creadores de mitos y leyendas? ¿Tiene pruebas suficientes para sostener lo que plantea sobre los productores de historia y sobre la fundación de Barranquilla?

Este Licenciado voltea de esta manera tan inconveniente la realidad porque su mito de la fundación de Barranquilla no se basa en ninguna fuente original de la época de la colonia, sino en lo que han escrito sus maestros, los historiadores aficionados ya mencionados.

Es decir, su texto no representa ninguna reinterpretación de la historia local sino una repetición burda de los errores y mitos que escribieron Juan José Nieto, Domingo Malabet, José Ramón Vergara y Fernando Baena, entre otros. Si alguien se toma el trabajo de revisar con atención su obra, se dará cuenta que no es sino un plagio de lo que plantearon aquellos autores, un plagio basado solo en fuentes secundarias.

No hay un solo aporte original en el libro analizado, porque su principal sustento son las obras secundarias de otros autores. ¿Cómo se puede expresar en público que se está en contra de los mitos y leyendas de la historia local, repitiendo los mitos y leyendas de los historiadores aficionados tradicionales?

Stevenson Díaz hace eso sin inmutarse, diciendo que no lo hace y tildando a los historiadores serios de creadores de mitos, cuando él solo repite, o plagia, la mitología tradicional que ya ha sido superada por los historiadores científicos de la ciudad y la Región.

Veamos ahora algunas de las “originales” conclusiones del Licenciado Stevenson Díaz. Con respecto a su visión de lo que se debe entender por fundación, arguye lo siguiente:

“Planteamos la urgente necesidad de darle otra presición conceptual al connotante ‘fundación’, planteado únicamente como un acto protocolario o como un simple concepto jurídico, ¿qué es una afirmación jurídica sin un hecho físico?, un mero propósito, hay que verla más en la realidad como una práctica, aproximada necesariamente a la aparición física del poblado o ciudad, al elemento primigenio de vereda o ciudad, a la edificación y a la voluntad social con presencia en un espacio, como afirmación de una construcción colectiva activa, con sus propias especificidades, que por sus condiciones históricas la hacen distinta a las demás” (Una visión crítica, op. cit., p. 14).

Se ha respetado la redacción y ortografía del autor, a pesar de que estas presentan claras falencias. ¿Qué sostiene Stevenson Díaz en este abigarrado y confuso párrafo? Que él entiende el tema de la fundación de otra manera, no como se entendía en la época.

El “connotante ‘fundación’” no debe comprenderse solo como un acto formal, jurídico y protocolario sino como él lo entiende: es decir, teniendo en cuenta la “aparición física del poblado o ciudad” o a “la edificación y a su voluntad social con presencia en un espacio, como afirmación de una construcción colectiva activa”.

Si uno le pregunta al autor de dónde sacó esta “revolucionaria” concepción de la fundación, de seguro que responderá que de su propia cosecha. Stevenson Díaz no se tomó el trabajo de definir bien sus conceptos, acudiendo incluso a lo que se ha producido como teoría explicativa para la época colonial en Colombia o Latinoamérica.

A él solo le preocupa definir su propio concepto de fundación, volándose todas las escuadras intelectuales y pateando la propia realidad histórica, al desconocer que en el período colonial solo se fundaban villas y ciudades mediante protocolos regulados por la Corona. Nadie estaba autorizado para fundar sin que tuviera el visto bueno de las autoridades.

Stevenson Díaz también violenta la situación histórica de la colonia al entregarle el nombre de ciudad a una población que no lo era, como ocurrió con Barranquilla, que fue Sitio de Libres, Parroquia, y solo fue convertida en Villa en 1813; la condición de Ciudad solo la obtuvo en 1857, ya en plena era republicana, más como un título honorífico que por su realidad sociológica.

Aquí no se trata solo de unos simples conceptos, sino de unos conceptos que tienen un referente fáctico, establecido en los documentos de la época; cada término es una representación simbólica de algo que está por fuera de él, y lo representado en este se articula con el contexto histórico en el cual fue producido.

Tales conceptos adquieren su sentido en el marco de las condiciones concretas del período histórico que se estudia, nunca fuera de este. De tal manera que cuando decimos fundación de ciudades o villas en la época colonial, eso obedece a un entorno que el investigador no puede violar, so pena de cometer anacronismo o arcaísmo.

Las ciudades o villas se fundaban en el siglo XVII siguiendo unos protocolos establecidos legalmente, y bajo el control de los funcionarios reales. Sobre este asunto hay mucha información histórica en nuestro país y en Latinoamérica, que el autor no se tomó el trabajo de revisar para construir su “reinterpretación” del concepto fundación.

A menudo, los actos de fundación de ciudades o villas en la colonia quedaron registrados en documentos de época, los cuales le sirven al investigador para establecer los hechos históricos. Sobre Barranquilla no se conoce, en ninguna parte, alguna fuente que diga que fue fundada en 1629, como lo plantea el reinterpretador de la historia local.

¿Por qué Stevenson Díaz se inventa su propio concepto de fundación? Porque él cree en el mito de que Barranquilla fue fundada en 1629, y quiere darle validez a esa leyenda, creando un concepto de fundación de su propia cosecha.

Si el autor hubiera revisado con atención las fuentes primarias de época que incluyó José Agustín Blanco Barros en su libro, de seguro habría concluido que Barranquilla no había sido fundada y, de ese modo, se hubiera quitado de encima la responsabilidad de “reinterpretar” la historia local.

Pero lo que menos tenía en mente este autor era hacer ciencia; a él solo le preocupaba repetir los mitos y errores de sus maestros, y por eso llegó al extremo de crearse su propio y confuso concepto de fundación.

¿Es cierto que se puede tomar como criterio de fundación el simple hecho del poblamiento, como lo sugiere el señor reinterpretador? Eso es completamente falso, pues si fuera así toda la primacía urbana, todo el proceso de urbanización en Colombia y Latinoamérica durante la época colonial, habría sido la consecuencia de múltiples fundaciones, lo cual no pasa de ser un disparate, si tenemos en cuenta lo que los historiadores conocedores de la materia han publicado sobre ese asunto.

El concepto fundación de Stevenson Díaz es un disparate creado para justificar su idea de que Barranquilla fue fundada en 1629. Este historiador aficionado no aporta ninguna prueba de época para sustentar su aserto; solo plantea suposiciones especulativas apoyadas en los textos de sus maestros, los creadores de mitos de los siglos pasados.

Veamos de nuevo su “reinterpretación”:

“Barranquilla de San Nicolás sufrió una fundación por generación espontánea, en alegalidad, por su condición de distinta no cumple con las leyes fundamentales establecidas por España” (op.cit., p. 102).

Una “fundación por generación espontánea”: hermosa frase, pero sin ningún sentido histórico. Un invento personal de Stevenson Díaz sin ninguna conexión con los conocimientos históricos acumulados, ni con la evidencia histórica encontrada, hasta ahora, sobre la época colonial barranquillera.

Lo que se expuso hasta aquí no tiene como objetivo defender ningún mito ni a ningún personaje de la historiografía. Todo lo contrario: el propósito es defender, eso sí, los protocolos de construcción del discurso histórico, y los métodos, técnicas y teorías con que se convalida la historia científica.

Es respetable que se hagan nuevos aportes a la historia, sondeando temas nuevos o criticando los saberes establecidos. Ni en la historia ni en ninguna otra ciencia existen verdades reveladas, porque todo está siempre sujeto al escrutinio crítico.

Pero la crítica intersubjetiva debe hacerse acatando los procedimientos científicos de la historiografía, teniendo en cuenta la importancia de las fuentes y las limitaciones de la capacidad subjetiva o especulativa de cada quien.

Todo aserto o conclusión que se planteen en una obra de historia deben estar siempre bien soportadas en fuentes, sobre todo primarias. Si no se sigue este principio básico de la historiografía, se corre el riesgo de repetir viejos errores, o de expresar suposiciones sin sentido, que solo son meras especulaciones.

La historia es una ciencia y, como tal, exige rigor, paciencia y buenos argumentos. El simple deseo, el interés por confrontar los saberes establecidos, puede ser un acicate para desarrollar los conocimientos, pero siempre bajo las reglas de juego depuradas dentro de la disciplina a lo largo de los siglos.

La historia es ciencia, no simple especulación gratuita e irrespetuosa. La mejor forma de enfrentar los argumentos de los demás no consiste en hacer escándalos, sino en construir mejores argumentos. Lo que se debe elevar es la calidad de la argumentación, nunca el tono de la voz.

El mito se combate con ciencia, no con otros mitos; la forma de hacer ciencia en historia es con pruebas y con rigor investigativo, nunca con especulación sin sentido. La especulación solo trae consigo el desprestigio.

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