11:18 pm. Jueves 04 de Julio de 2019
Opinión
11:18 pm. Jueves 04 de Julio de 2019

Aunque no debería causar tanta extrañeza dado que son doce los competidores y todos acuden con el mismo propósito como es ganar el campeonato, no deja de causar algo de sorpresa los resultados que se han dado en el trascurso del mismo y el final del certamen más antiguo del mundo como lo es la Copa América.

En desarrollo de las dos primeras fases equipos como Perú que fue apabullado por Brasil 5-0 en un juego desastroso, los incas no parecía tener la más mínima posibilidad de llegar a la siguiente etapa y menos a la gran final. Chile que se dio el lujo de vencer a Uruguay y apuntaba en procura de su tercer título seguido y la encopetada Argentina que a duras penas logró clasificar a la segunda ronda quedaron sin la ilusión de disputar los máximos honores. Ni siquiera los charrúas que creían poder sumar el gallardete número 16 pudieron avanzar más allá de sus aspiraciones. Los peruanos le dieron buena cuenta desde los doce pasos ante el fallido disparo de Alexis Sánchez.

Qué decir de la encopetada Argentina que aun con el mejor del mundo Lionel Messi a duras penas logró sobrevivir mostrando un fútbol débil y sin entusiasmo para seguir en pie. Pero al menos, los gauchos se doblegaron ante sus tradicionales e históricos rivales del Brasil

Y, en el caso de nuestra selección colombiana, con la mejor presentación en la fase inicial, causó alegría y frustración. Tras un excelente comienzo ganando sus tres partidos, marcando 4 goles y sin recibir ninguno, recibió el calificativo de favorito para campeonar. No solo por los triunfos seguidos sino además por el fútbol vistoso, armónico y alegre que mostró ante el público. 

Sin embargo fue rápidamente sacado de contienda por Chile que había buscado ante Uruguay la primera posición de su grupo precisamente para no enfrentar a los dirigidos por Carlos Queiroz.  Al no lograrlo debió enfrentar a los colombianos en partido en el que los cafeteros lucían ligeramente “favoritos”. Aunque el encuentro terminó empatado sin anotaciones, el fallido tiro penal de Tesillo marcó la diferencia a favor de los australes.

Uruguay, por su condición de máximo ganador del torneo (15 títulos), acudió a la siguiente instancia pero fue vencido en el cobro de los penaltis por los peruanos tras el fallido de la estrella Luis Suárez. Algunos resultados fueron inesperados y el frustrante paso al quedar en el camino causó un manto de incertidumbre entre el público del mundo.

Sin duda que el resultado más ajustado a la realidad futbolística suramericana es el del Brasil. No solo por su condición de anfitrión, sino por el fútbol tradicional que le hace merecedor de favoritismos en cualquier competencia mundial. Aunque sufrió un poco al comienzo tras el empate frente a la incipiente Venezuela, los brasileros fueron asumiendo su rol de  verdaderos protagonistas superando rivales en el trayecto y lograr ubicarse en la recta definitiva parta el título.

Y como es de nuestra selección a la que debemos referirnos en especial, hay que decir muchas cosas que por la costumbre y repetición seguida nos deja una vez más en el entredicho y la burla internacional.

Algunos especialistas en materia de fútbol sostienen que nuestra selección luce y se muestra igual a como vivimos: alegres y entusiastas a ratos y tristes y desolados por momentos. Es el fútbol de nuestro equipo fiel reflejo de cómo vivimos en el país. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo en la voluntad de luchar unidos por una causa que perseguimos desde hace muchísimos años como es la paz. Mientras gran parte del pueblo invoca y convoca por un proceso que nos lucía exitoso, unos pocos, los “enemigos” del mismo, aunque promulgan  y afirman ser defensores de la paz, no hacen sino poner talanqueras y piedras en el camino para frustrar el anhelo de todos los colombianos.

En Colombia, los informadores y críticos del deporte se polarizan hacia las bondades del nuevo técnico y otros que prefieren ir lanza en ristre contradiciendo a los primeros. Todo por no estar de acuerdo en la formación de un equipo inicialista, por los cambios en desarrollo del partido o porque no se designó a un jugador en vez de otro para el cobro de un tiro penalti. Sufrimos de triunfalismo exagerado y de pesimismo maximizado. Cuando apenas comenzamos a “gatear” creemos que ya somos los grandes vencedores en velocidad pura. Echamos el repique de campanas cuando aún no tenemos quien oficie la misa.

Los tres triunfos de Colombia en la fase inicial de la Copa nos llevaron a creernos los grandes favoritos y tal como sucedió en aquel Mundial del 94 tras la goleada a Argentina en Buenos Aires, nos creímos campeones. No pusimos bien los pies en el piso, como tampoco en otras muchas ocasiones, y como tampoco en esta última Copa América.

Vivimos de triunfalismos desbordantes y derrotismos insoportables. No hemos aprendido a soportar las victorias ni las derrotas. “Nuestros triunfos se dan más en lo individual que en lo colectivo”, dice un reconocido columnista. Estamos de acuerdo. Por eso es más acertado creer en un título mundial en boxeo o ciclismo o un hit de un beisbolista en una Serie Mundial que en un campeonato internacional de fútbol. Somos vencedores individuales pero no sabemos ganar en equipo. Hasta en eso somos egoístas.

En ese sentido carecemos de ese sentido de pertenencia, del vigor y la verraquera que en cambio distingue a otros como los argentinos y uruguayos. Nos ilusionamos tanto que a la luz de algunos resultados positivos creemos que somos ganadores sin haber jugado. No aprendemos que ya nadie gana de camiseta o de nombre. La competencia hay que afrontarla hasta el final de la misma. Mientras no entendamos  esta premisa no llegaremos a grandes conquistas. “Somos ganadores de batallas, pero no de guerras”, frase que se apuntan a otros especialistas.

La motivación que debe dejaros esta última competencia copera es entender que con Carlos Queiroz ha comenzado un nuevo proceso generacional  para nuestra selección, en contradicción de otras como la de Uruguay, Argentina y Chile que lucen desgastadas y sin figuras nuevas que en cambio, en Colombia se han insinuado ya y ofrecen prometedores lucimientos, especialmente para las próximas eliminatorias mundialistas.

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