4:13 pm. Lunes 08 de Abril de 2019
Opinión
4:13 pm. Lunes 08 de Abril de 2019

El mundo que se construye a partir de los cambios tecnológicos implementados desde la revolución industrial (la construcción de la contemporaneidad), proyectan en la actualidad una llamada tendencia anti histórica que, para muchos, puede observarse cotidianamente en nuestras vidas, en los medios de comunicación de masas (la tendencia a la instantaneidad en la televisión, la radio e internet), en la literatura, en el arte, en fin. Lo anterior estaría explicado por una creciente atomización de nuestra vida, por la vertiginosidad del cambio y de las novedades de cada día, en la tremenda contracción del tiempo (nos hace falta un día de 48 horas), en fin, todo aquello que nos atrapa en las necesidades del día y que nos dificulta admirar la perspectiva de la cosas.

Nos encontramos con una humanidad en una etapa de avanzada tecnificación y parece que nos hemos retrotraído a la etapa mítica, en que patinamos en la superficie del presente y en que la perspectiva histórica sólo sobrevive en algunas consciencias individuales que luchan contra la conciencia colectiva e impersonal de las instituciones.

Creo que esta opinión (muy asumida por círculos intelectuales y también en la tendencia funcional, muy masificada por lo demás, que le niega trascendencia y sentido a todo aquello que no se materializa en una utilidad concreta, para muchos específicamente económica) merece más de una discusión y en especial para mí, que conjugo esa extraña dualidad de amar y valorar el conocimiento histórico y que, literalmente, vivo de la historia.

Muchas veces escuchamos que nuestros jóvenes no tienen una conciencia temporal, que muchos creen que la Guerra de Vietnam es parte de la Prehistoria (como lo plantea un notable historiador del siglo XX), que saben que hubo una Primera Guerra Mundial sólo por que han escuchado de una segunda conflagración bélica de dichas características, que no saben de la trascendencia histórica de los nombres de las calles (se mueven con mayor comodidad con las calles impersonales identificadas por el punto cardinal y por una secuencia de números, Uno norte, por ejemplo) y que subvaloran la reflexión histórica, que no resuelve nada y que, peor para muchos, no produce nada.

Como lo plantea el profesor Francisco Puy, en su interesante texto “El Mito del Contrato Social”, “Los hombres somos seres históricos. Nacemos en un momento dado, vivimos al compás del tiempo y desaparecemos individualmente de la tierra en otro instante de la historia.” Podríamos agregar que nos movemos en la Historia permanentemente y que tendemos a privilegiar las explicaciones históricas: lo hacemos en nuestra cotidianeidad para dar sentido a un relato; lo hacen los más destacados líderes mundiales que elevan a un nivel histórico importantes acuerdos, propuestas o resoluciones; lo hacen los deportistas y muy especialmente los futbolistas que para destacar la valoración de un logro significativo lo  catalogan de histórico. La Historia se eleva a nivel de una autoridad que dota de valoración real.

En lo anterior está el meollo del significado de la Historia, tal como lo plantea el profesor Antonio Campillo en su libro “cuatro tesis para una Teoría de la Historia”, “Si queremos pensar críticamente nuestra propia experiencia histórica, hemos de cuestionar las viejas dicotomías: entre historia y filosofía, entre juicios de hecho y juicios de valor, entre el estudio del pasado y la crítica del presente. Hemos de reconocernos a nosotros mismos implicados en las contiendas sociales y en las incertidumbres del tiempo, sin renunciar por ello a entender el mundo que nos rodea y a orientar nuestra acción en él.” Somos seres históricos y en ello está nuestro principal compromiso y responsabilidad.

 

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