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Opinión
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En el Atlántico resulta que ahora pululan las casas encuestadoras, sin desdeñar de los procesos demoscópicos que realizan; es apenas evidente que hay fallos no solo en los instrumentos aplicados, sino en el objetivo con el cual se llevan a cabo los ejercicios. Las encuestas en la actualidad se han convertido en herramientas políticas, no solo en nuestro entorno local sino en el mundo. Pero dejan mucho que desear los resultados, que juegan con ligereza poniendo a un candidato x o y, ganador de una posición pública. Es realmente inaudito lo que sucede.

Desde el ejercicio académico, en la Ciencia Política se vive una permanente batalla entre los métodos cuantitativos y los cualitativos. Como investigadora me he propuesto siempre, no estar presa de este tipo de corazas epistémicas que después pueden terminar afectando la aproximación que se hace a uno u otro fenómeno. La realidad es que en ocasiones las metodologías “cuanti” son útiles para analizar el comportamiento social, pero no es menos cierto que muchas veces no son suficiente.

Por lo tanto, si desde la juiciosa y disciplinada academia se tiene que tener mucho cuidado al interpretar resultados, ahora imaginémonos en política. La guerra de conclusiones electorales espectaculares que estamos observando en el Departamento es rara en su especie. Pues lo más común en los medios de comunicación a la hora de contratar encuestas y cubrir elecciones, es que ocurra lo que se denomina como Efecto Rebaño, y eso quiere decir que las casas demoscópicas dan como ganadores o perdedores, a los mismos actores, aunque varíen las cifras, todas terminan por construir una media. Aquí, vemos que ocurre todo lo contrario. Los resultados no solo difieren, sino que se contradicen abrumadoramente.

El CNE debe intervenir. Nuestro Congreso necesita ponerse en la tarea de legislar alrededor de la regulación de esta actividad que mal manejada puede conllevar a la manipulación directa del electorado. Pues es evidente que generan un vicio de viabilidad, terminan diciendo al votante quién puede resultar elegido y quién no, lo cual en últimas lo condiciona en su rol democrático. Grave, muy grave.

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