2:59 pm. Viernes 05 de Julio de 2019
Opinión
2:59 pm. Viernes 05 de Julio de 2019

Difícil sería negar que el carácter único de la especie humana se deriva de su conciencia vital del tiempo (que desde una perspectiva temporal no explica otra cosa que no sea el ser capaz de medir la velocidad del cambio). A pesar de que vivimos en un presente que resulta ser (más en la actualidad) un instante fugaz, es el momento en que se está actualizando el pasado y proyectando el futuro. Le da coherencia a esa idea de que nuestra experiencia se hace significativa en esa capacidad que permite darle coherencia a la realidad que construimos.

Para aquellos que buscan en la historia enseñanzas de vida se habrán encontrado más de una vez con la frase del Eclesiastés I, 10 (famoso libro del canon bíblico): “nihil novum sum sole”, que nos lleva no a desvalorizar los aportes que las nuevas generaciones puedan realizar, pero que nos permite tener en cuenta la relevancia tremenda del pasado al obligarnos a reconocer la continuidad en los aportes y construcción de la humanidad. Esta idea puede confirmarse en la afirmación de Bernardo de Chartres, “Somos como enanos subidos en los hombros de gigantes”.

La vertiente filosófica del Historismo en el siglo XIX confirma una visión que comparto muy especialmente, que  los seres humanos somos esencialmente históricos, no porque la Historia sea una construcción humana, sino porque hemos desarrollado una tendencia a entender todo desde una mirada histórica. Es en el estudio del pasado donde se entiende (no quiero decir justifica, ya que hay experiencias históricas injustificables y por lo demás, como dice Hobsbawm, “entenderlo todo no significa justificarlo todo”) el presente. En las más variadas esferas específicas del saber la relevancia de la mirada histórica resulta ser, si no fundamental, al menos permanentemente presente. Lo anterior se entiende en que el interés por conocer y sentirse atraído por el pasado (en definitiva por la Historia) se justifica en la relevancia que tiene para nosotros  el saber quién o cómo somos y que ello nos da seguridad en nuestro mundo, nos permite justificar nuestras acciones (la historia como fuente de validez y autoridad), muy  en especial en nuestro modo de vida, en el que todo se mueve a una vertiginosa velocidad, todo es efímero y poco duradero (falta de estabilidad) y, por lo mismo, nos aproxima a un futuro incierto que permanentemente buscamos (la mayor parte de las veces sin éxito) tratar de controlar. El cable a tierra está hoy, a lo mejor más que nunca en la existencia de la especie humana, en la Historia.

El conocer el pasado nos demuestra, en su sentido más concreto, que somos muy parecidos a nuestros antepasados. En miles de años atrás encontramos la base de los grandes logros que nos enorgullecen y, al mismo tiempo, el origen de los dramas que nos enfrentan y nos dividen. Para algunas corrientes ideológicas o filosóficas esto demostraría incluso nuestra ineficiencia para resolver las más grandes cuestiones pendientes, pero la Historia nos aterriza en la complejidad de esas mismas cuestiones y de sus variados intentos por superarlas (fracasos, pero para muchos fracasos necesarios).

Con el paso del tiempo podemos descubrir aspectos muy concretos, como por ejemplo el desarrollo de herramientas, tecnologías e instituciones  que han cambiado, aumentado, mejorado nuestra vida material, pero al mismo tiempo descubrimos  que nuestros sentimientos, nuestras ideas y nuestros afanes son muy parecidos a los de los hombres de hace miles de años. Por ello nos conmovemos con la lectura de un clásico, nos sobrecoge y nos hace reflexionar una tragedia griega, nos sensibilizamos con un amoroso poema, nos sobrecogemos con un templo o una catedral gótica, nos humanizamos con el simbolismo profundo de una obra de arte.

La Historia nos conecta con los más variados sueños, aspiraciones y metas. De ellos extraemos experiencias que nos sirven a diario y que, tal como lo afirmó Cicerón en el siglo I a C, eleva a esta disciplina a una especie de maestra de vida. Seríamos muy necios en despreciar las experiencias  vividas por nosotros mismos hace algunos años antes y más aún por seres muy semejantes a nosotros de hace siglos o milenios que pensaban y sentían como nosotros.

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