Inscripciones abiertas!
9:33 am. Domingo 03 de Noviembre de 2019
Opinión
9:33 am. Domingo 03 de Noviembre de 2019

El triunfo de Claudia López en Bogotá fue el hecho político más significativo de las pasadas elecciones regionales. No solo porque ganó a pulso el segundo cargo de elección popular más importante del país, sino porque ella y quienes le apoyaron representan otra forma de hacer política.

La victoria de Claudia trasciende el perímetro de Bogotá, y podría incidir en toda la geografía nacional, ojalá de buena manera. Porque ella y los suyos tratan de ser distintos a los demás sectores, si se mira a la derecha o a la izquierda del espectro político. Distintos y con un perfil característico.

Claudia está comprometida, desde hace mucho tiempo, en la lucha contra la corrupción, el flagelo más tenaz que azota a la sociedad colombiana. Pero una cosa es guerrear contra esa gangrena desde afuera y en la oposición y otra, muy distinta, hacerlo desde las entrañas del poder.

La corrupción convirtió esta democracia en una farsa, pues la escogencia a los cargos de decisión se ha regido por la compra-venta de votos, por el poder del dinero y de las mafias electorales, que utilizan las elecciones como un medio para apropiarse del Estado, con el fin esquilmar su presupuesto.

Criticar la corrupción desde afuera del gobierno es mucho más fácil que estando en el poder. La lucha contra ese cáncer no solo tiene que ver con los dientes de la justicia y con la probidad de los jueces, sino también con el talante, con el fuero interno de los gobernantes.

Muchos de los políticos que se declararon puros y santos, y que criticaban con fuerza a los corruptos, pelaron el cobre cuando se convirtieron en poder, como ocurrió con los Moreno Rojas en Bogotá, y con varios dirigentes en otros lugares del país.

Luchar contra la corrupción no es solo un asunto de buena fe o de simples palabras, sino un compromiso que tensiona los principios y los valores del político, los cuales suelen convertirse en la garantía de que no cederá ante la tentación del dinero, y ante las presiones del entorno corrupto que lo asedia siendo poder.

Claudia ha demostrado poseer una sólida formación y unos principios de hierro para enfrentar este espinoso asunto, que es crucial en el presente y el futuro de la nación. Gobernar con gente proba y de perfil sin tacha será un ingrediente adicional para tener éxito, y para emerger de la experiencia con las manos limpias.

Gobernar no es lo mismo que combatir al gobierno. El gobernante está más expuesto a la crítica que el político opositor. Aparentemente posee más fuerza, pero esa ilusión desaparece si su gestión cae por debajo de las expectativas creadas.

El mandatario debe demostrar, con ejecutorias, que sí sabe dirigir. Claudia cuenta con un excelente programa, conoce los problemas de la ciudad, y deberá rodearse de los mejores para hacer un buen gobierno. Pero esto es, precisamente, lo que debe cumplir para dejar a un lado la posibilidad del fracaso.

Un buen gobierno que tendrá como norte otro asunto trascendental de la política colombiana: el tema de la polarización. Como se sabe, esta nación quedó partida en dos polos radicalizados como consecuencia de la guerra. Ese problema amenaza con destruir, no solo la política, sino a toda la nación.

Luchar contra la polarización implica mantener el compromiso con los acuerdos de paz de La Habana, y profundizar su implementación en todos los niveles. Ya se vio que los intentos del uribismo y del gobierno por destruir ese compromiso han contribuido a recrudecer el odio y el malestar en amplios núcleos del país.

Bogotá podría ser un ejemplo nacional en cuanto al respeto de los acuerdos, y en la lucha por bajarle la agresividad a la política, como un recurso para evitar un regreso funesto al pasado. Y la misma Claudia serviría de modelo acerca de cómo desarrollar una estrategia tranquila pero firme a favor de la paz, en la práctica.

Ya su estilo, a veces destemplado y agresivo, empezó a cambiar, no solo por su nuevo rol, sino porque quizás se dio cuenta de que es contradictorio hablar de amor, paz y reconciliación bajo el paraguas de un comportamiento de kamikaze que quiere acabar con todos.

La paz no es solo un problema de bombas y fusiles, sino también de palabras y actitudes. Hablar o escribir de paz esgrimiendo un lenguaje y un comportamiento de guerra es una incoherencia y una contradicción en los términos. Si uno está por la paz, debe sepultar el estilo y el discurso de la guerra.

Todo el país se mantiene a la expectativa de lo que ocurra con el gobierno de Claudia. Del éxito de su gestión dependerá la viabilidad de un proyecto que propone otra forma de hacer política, y la alternativa de ayudar a reconciliar a la nación. Buen viento y buena mar para Claudia y su equipo.

Comentarios