10:00 am. Lunes 20 de Mayo de 2019
Opinión
10:00 am. Lunes 20 de Mayo de 2019

La búsqueda de paradigmas, es decir, de redes de sentido que nos permitan acercarnos a comprender una realidad, que siempre es compleja, es una preocupación  desde tiempos inmemoriales.. El valor del paradigma descansa  en la capacidad que tiene para acercarnos a comprender esa realidad, pero para otros estaría en el carácter anticipatorio de ciertos fenómenos y procesos a la luz de los fundamentos del paradigma. Es por ello que su relevancia no descansa en la complejidad del paradigma (que si bien es cierto se asemeja a la complejidad de la realidad no nos asegura una mejor interpretación de ella), por el contrario, paradigmas tremendamente parsimoniosos han logrado tal nivel de aceptación que se han instituido como conceptos de uso permanente en variadas disciplinas del conocimiento.

Los paradigmas los  podemos descubrir en las más variadas manifestaciones del conocimiento humano que abarcan disciplinas desde la filosofía y hasta la física. Las relaciones internacionales, desde el mundo contemporáneo, no han sido una excepción al respecto y han buscado imponer concepciones paradigmáticas que aporten al análisis, la discusión y, especialmente, a desentrañar las constantes relevantes de un momento para entender la lógica que, a veces más a veces menos, se oculta detrás de esos procesos.

Desde la caída de la Unión Soviética en 1991, el paradigma del orden bipolar (tremendamente parsimonioso) perdió su carácter explicativo. Las relaciones internacionales cambiaron, el escenario se vive de manera distinta y no faltaron los intelectuales que buscaron explicarla. El primero de ellos es Francis Fukuyama, que logró mucha notoriedad cuando un par de años antes había anticipado la caída de la URSS en su texto “El Fin de la Historia y el último hombre”. Si bien es cierto, los planteamientos de politólogo estadounidense no eran para nada revolucionarios (ya lo había planteado Hegel después de la batalla de Jena e incluso Kojéve a principios del siglo XX), causaron gran impacto debido a que preconizaba el triunfo del modelo capitalista que habría derrotado materialmente (al fascismo) e ideológicamente (a comunismo) a sus principales enemigos, aventurando el final de la disputa ideológica de la humanidad. El liberalismo habría superado todas sus contradicciones, alcanzando incluso la máxima aspiración marxista (la sociedad sin clases) a través de la imposición de la democracia liberal, el capitalismo económico y la sociedad del consumo. No habría un modelo alternativo y la consolidación del Estado Homogéneo Universal se lograría de todas maneras. El problema es que parece que Estados Unidos lo entendió que podría ser por la aceptación libre y voluntaria del resto del mundo o por la fuerza, no de las ideas, sino de las armas y del potencial económico. Sin duda, si algo nos acerca a los planteamientos de Fukuyama en el mundo en que vivimos es el aumento del intervencionismo de Estados Unidos, muchas veces de manera unilateral, sin respeto a los organismos internacionales que, después de la Segunda Guerra Mundial, ayudó directamente a construir. Lo que hoy sucede con Irán (intervencionismo económico y que amenaza con posibles acciones militares) ya lo hemos vivido en Irak, en Libia, en Cuba y en Venezuela.

Samuel Huntington, también estadounidense, en el mismo contexto del fin de la Guerra Fría, escribe “El Choque de Civilizaciones”, donde plantea que la dimensión fundamental, y al mismo tiempo más peligrosa, de la política global es el conflicto entre grupos de civilizaciones diferentes. Los choques de Civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, es por ello que un orden internacional basado en las civilizaciones es la garantía más segura para ahuyentar los conflictos. Es la cultura y las identidades culturales las que están configurando la pautas de cohesión, desintegración y conflicto posguerra Fría. Las nefastas consecuencias del intervencionismo estadounidense en Irak con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos como una respuesta a una identidad cultural foránea y amenazadora; la herencia de la intervención de USA en Libia que revivió una serie de conflictos internos; el apoyo de siempre de Estados Unidos a Israel (aumentado en el último tiempo con la política menos descarada del presidente Trump) lleva siempre al mundo árabe a levantar la bandera ética de las reivindicaciones palestinas; y el actual conflicto entre Estados Unidos e Irán, permiten darle mayor sentido a los planteamientos de Hunthington.

Esta semana, y producto de la mayor tensión en las relaciones entre Irán y Estados Unidos, me llamaron poderosamente las declaraciones Hosein Salamí, comandante en Jefe de los Guardianes de la Revolución, cuando plantea que, “La filosofía de los estadounidenses es saquear naciones y allanar el camino para la esclavitud moderna y el dominio unilateral, y esa filosofía política genera guerra, no poder”… y más adelante agrega… “Nosotros no buscamos la guerra, pero tampoco la tememos. Esta es la diferencia con ellos, que tienen miedo a la guerra y no tienen voluntad para ella…esto solo ha generado el creciente número de jóvenes musulmanes que anhelan una batalla contra Estados Unidos”. ¿Fukuya o Huntington? Saque usted sus conclusiones.

 

                   

 

 

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