8:55 am. Domingo 05 de Mayo de 2019
Opinión
8:55 am. Domingo 05 de Mayo de 2019

Analizar las nuevas tendencias que han emergido hace poco en el quehacer de los historiadores, significa referirse a las prácticas historiográficas de uso más general que se han impuesto tanto por los intereses de los propios investigadores como por el carácter o la visibilidad de los objetos de estudio.

En muchos aspectos, no se trata de corrientes de pensamiento histórico con un paradigma, unos métodos y unas técnicas especiales, sino de tendencias más definidas por unas prácticas y unos intereses peculiares investigativos, que suelen rozar diversos modos de tramar la historia, conectados con las tradiciones ya establecidas, pero con énfasis más pronunciados en la escala microhistórica, o en objetos de estudio menos convencionales que los conocidos hasta hace algunas décadas.

En esta conferencia me concentraré en tres bloques problemáticos que, según creo, se relacionan con asuntos por resolver en el Caribe colombiano, dada su abundancia y su pertinencia como objetos de estudio, especialmente para los jóvenes historiadores que egresarán del Programa de Historia. Estos tres bloques son: a) La historia cultural como tendencia; b) La microhistoria como necesidad práctica en el Caribe colombiano; y c) La historia económica y empresarial.

La historia cultural como tendencia

Es mucho mejor entender la historia cultural como una tendencia, o como una forma de hacer historia de amplio espectro, debido a su objeto de estudio tan amplio y diverso. Esta forma de hacer historia abarca, por lo menos, vastos aspectos de la cultura simbólica, de los objetos culturales y de las prácticas culturales.

Quizás la manera más conveniente de acercarnos a su objeto de estudio sea a partir de la definición que han aportado los antropólogos de lo que se entiende por cultura. Según estos,

“…la cultura se ha definido, en la línea de Malinoski, ‘como artefactos, artículos, procesos técnicos, ideas, hábitos y valores heredados’ o, en la línea de Geertz, como ‘las dimensiones simbólicas de la acción social’ (…) el significado del término se ha ampliado para comprender una gama mucho más amplia de actividades que antes –no solo el arte, sino la cultura material; no solo lo escrito, sino lo oral; no solo el drama, sino el ritual; no solo la filosofía, sino las mentalidades de la gente común”. (Peter Burke, Formas de historia cultural).

A partir de esta amplia definición de lo que se entiende por cultura, bajo el paraguas de la historia cultural cabrían una multiplicidad de objetos de estudio, relacionados con la cultura simbólica y con la cultura material, de acuerdo con lo avanzado por los antropólogos.

Es decir, asuntos relacionados con las tradiciones, con las leyendas, los mitos, los hábitos masivos (que involucran creencias, principios o valores), entre otros, que caen en lo que suele entenderse como cultura simbólica; así mismo, ciertas prácticas culturales (como la lectura y sus formas), y los objetos culturales o de cultura (como el libro), que han sido minimizados por algunos historiadores tradicionalistas como objetos de estudio sin mayor trascendencia.

Sin embargo, los cambios recientes dentro de la historiografía colocan en el centro de las preocupaciones de muchos historiadores problemas que anteriormente ni siquiera se tenían en cuenta. Más allá de las modas, esto está directamente relacionado con las grandes rupturas historiográficas ocurridas en el siglo XX.

A partir de los aportes del grupo de historiadores de Annales, la historia se ocupó de temas y problemas que eran, o muy tangenciales, o que no se tenían en cuenta por la gran mayoría de los estudiosos decimonónicos, concentrados en la historia política o militar, o en analizar la acción de los grandes dirigentes.

La historia amplió su espectro analítico, ocupándose no solo de los acontecimientos destacados, sino de los hechos masivos, de la economía, de la demografía, de las mentalidades colectivas, es decir, de los procesos y fenómenos conectados con las estructuras materiales y simbólicas de la sociedad.

En el marco de la nueva historia social (un paraguas de amplísima cobertura y de casi indefinible objeto de estudio, según Santos Juliá –Historia social/Sociología histórica- o Julián Casanova –La historia social y los historiadores- se fueron desarrollando los trabajos que hoy caen en lo que se denomina historia cultural.

Roger Chartier, por ejemplo, se ha ocupado de estudiar asuntos relacionados con la lectura (Historia de la lectura en el mundo occidental), con objetos de cultura tan importantes como la imprenta y el libro (La mano del autor y el espíritu del impresor), o con ciertas prácticas culturales que han definido el mundo contemporáneo (Las revoluciones de la cultura escrita).

La historia cultural cobró otra perspectiva con los estudios de los historiadores ingleses quienes, desde el ángulo de la historia desde abajo, se dieron a la tarea de escudriñar en las cosmovisiones de los trabajadores (E.P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra), dando lugar a una historia social y cultural que tuvo un desarrollo notable en el ámbito de la historia oral (Paul Thompson, Historia oral y contemporaneidad), y que ayudó a definir el concepto de cultura obrera.

Otro estudio que buscó la relación entre cultura popular y cultura de élite, y que se concentró en un objeto microhistórico (aunque pensado en relación con las formas de pensamiento de larga duración y con las estructuras simbólicas globales), fue el ensayo del historiador italiano Carlo Ginzburg (El queso y los gusanos).

Las nuevas tendencias de la historia cultural contemporánea han estado influidas por las transformaciones de la historiografía promovidas por Annales y por los estudiosos ingleses, pero también por el impulso de investigadores que se han salido de los moldes tradicionales, y se han dedicado a resolver problemas que antes eran impensables (Un ejemplo: la investigación realizada sobre algunos objetos culturales de impacto masivo. Ver: Peter Burke, Historia social del conocimiento: de la enciclopedia a Wikipedia).

Bajo la sombrilla de lo que hoy se llama historia cultural se han producido interesantes aportes que están lejos de ser simples estertores de la moda. Objetos de estudio y problemas invisibles para los historiadores tradicionales y de talante conservador han salido a la palestra, ampliando el universo y las posibilidades de los investigadores y, además, enriqueciendo a la historiografía.

Algunas de las líneas que se pueden seguir en el campo de la historia cultural son la historia de la lengua y la literatura; la historia del arte, de los artistas y de los objetos culturales estéticos; la historia de las disciplinas científicas; el estudio de la cultura popular o de la cultura erudita; la historia del carnaval, entre otros asuntos (Peter Burke, ¿Qué es la historia cultural?).

En el caso del Caribe colombiano, el ámbito de investigación es bastante amplio, y toca aspectos de la cultura simbólica (como el carnaval, las tradiciones orales, etcétera) y el terreno de la cultura material y de las prácticas culturales. La riqueza de nuestra Región en cuanto a probables objetos de estudio es una razón de mucho peso para tener en cuenta los aportes internacionales de la historia cultural, como una especie de guía para orientar la acción investigativa.

La microhistoria como necesidad práctica en el Caribe colombiano

Ha habido un debate internacional acerca del sentido y el contenido de la microhistoria. Algunos descalificaron esta forma de hacer historia al asociarla con la historia acontecimental (Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales); otros, porque la consideraban una excrecencia del postmodernismo.

Los estudios microhistóricos han permitido demostrar que esa forma de hacer historia no necesariamente se asocia a la corta duración del acontecimiento, ni tampoco es una consecuencia simple de las críticas a los metarrelatos, que se produjeron en el marco del denominado postmodernismo.

No se puede ver a la microhistoria solo como un efecto de la postmodernidad, debido al hecho de que desde mucho antes de que se expandiera esta visión, ya se producían en Latinoamérica y otras partes del planeta trabajos microhistóricos, sobre todo articulados al deseo de los historiadores por conocer sus terruños o sus comarcas, y nunca como consecuencia de la insurrección postmoderna.

Cabe señalar que gran parte de los microhistoriadores ni siquiera conocían los fundamentos del discurso postmoderno como para apoyarse en él para organizar sus investigaciones. Por lo menos en el caso de América Latina, nunca existió, en sus inicios, una conexión entre postmodernidad y microhistoria.

A la microhistoria se la vio, por parte de algunos historiadores muy convencionales, como una peligrosa fragmentación de la historia que acabaría con la macrohistoria. Lo que estaba en juego, según ellos, era la invalidación de las grandes síntesis de la historia nacional o mundial por el efecto destructivo de la microhistoria.

Los defensores de la historia macro veían a la micro como un gran peligro, pues esta última llevaría a negar la validez de aquellos metarrelatos. Esto, en parte, era cierto, pues el análisis histórico de pequeña escala ayudó a desmontar los discursos especulativos que no se sustentaban en una buena base de conocimiento pormenorizado de lo local y regional.

Pero también fue un argumento falaz, ya que la microhistoria no solo no acabó con las grandes síntesis nacionales, sino que ayudó a mejorar su calidad, pues permitió ahondar en objetos de estudio desconocidos, o insuficientemente explorados, que enriquecieron esas síntesis, a partir de una indagación más detallada de lo local, de lo regional o de lo pequeño.

El efecto de los estudios microhistóricos permitió desmontar la falsa oposición entre historia macro e historia micro, en razón a que la producción de síntesis en pequeña escala ayudó a otorgarle más solidez a la macrohistoria, y esta última sirvió de marco de referencia para analizar mejor la singularidad microhistórica en un contexto más general.

También se desvaneció el mito de que la microhistoria era una forma reciente de la vieja historia acontecimental de talante positivista, como creía Braudel. Algunos de los ejercicios microhistóricos fueron desarrollados teniendo en cuenta la historia estructural, la historia total y la larga duración histórica.

Se podía trabajar un objeto de estudio de escala reducida en el marco de la larga duración, es decir, en el lapso de siglos, y no solo en el de la corta duración. Así mismo, fue factible comprender procesos estructurales asociados con la economía, la política o lo simbólico, concretando, en la microescala, el proyecto de la historia total.

O sea, la pequeña escala no solo facilita ver procesos o fenómenos que desaparecen en la macroescala, sino que tales eventos pueden trabajarse en la larga duración, penetrando en las estructuras, y buscando sus interrelaciones bajo el concepto de la historia total.

Lo que resultaba muy difícil, o imposible, bajo el enfoque macro (por la amplitud y complejidad del objeto de estudio), se hacía factible en la perspectiva micro, ya que esta posibilitaba abarcar momentos de detalle del proceso social, a raíz de la reducción del campo, y analizarlos a profundidad, lo cual no se podía hacer en las síntesis macro, por su propia naturaleza.

En consecuencia, la reducción de la escala analítica no representó un regreso a la vieja historia acontecimental positivista, sino una ampliación del espectro de descubrimiento de nuevas realidades, las cuales no habían penetrado al bagaje de la historiografía por la influencia de la historia macro.

Un ejemplo claro de que la microhistoria se inscribió en las nuevas tendencias de la historia internacional lo representa el libro Montaillou, aldea occitana, del historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie. El autor hace gala en esta obra de un gran manejo interdisciplinario, al combinar los aportes de la arqueología, de la antropología, de la demografía histórica y de la geografía, entre otras disciplinas.

La escala local y regional le permitió ahondar en asuntos económicos, sociales y de la vida cotidiana que, en la perspectiva macro, hubieran salido del foco, quedando ocultos o invisibles ante el ojo del investigador. Es la reducción de la escala la que pone de frente, casi como las bacterias ante el microscopio, lo que de otra manera desaparecería del escenario.

Otro ejemplo de historia local, en que se combina la idea de la historia total y la de la larga duración histórica, lo representa el libro Pueblo en vilo, del maestro mexicano Luis González y González. En este estudio, el historiador desmonta el mito que considera a la microhistoria como sinónimo de acontecimiento.

No solo porque narra sus eventos desde la época de la fundación de un pueblo colonial mexicano, sino porque trae su relato hasta mediados del siglo XX, concatenando en este las diversas estructuras, los conflictos más relevantes y la densidad de la vida cotidiana. La historia estructural y de larga duración interactúan en un marco de historia total que destroza la asimilación exagerada de la microhistoria con el simple acontecimiento.

La microhistoria implica, en todos los casos, la reducción de la escala analítica del investigador. Pero esta es mucho más que la simple historia local, como quizás no lo creyó Luis González. Un claro ejemplo de este hecho está representado por el libro El queso y los gusanos, del ya mencionado Carlo Ginzgurg.

En esta obra emblemática, Ginzburg se ocupa de estudiar el juicio inquisitorial y las ideas de un molinero italiano, inscribiéndolas en una época de transición cultural en que se produce un intercambio notable entre una cultura de élite y una cultura popular, lo cual define la forma de pensar, y los problemas ante la iglesia, de Domenico Scandella, mejor conocido como Menocchio.

Es seguro que en una perspectiva de amplio espectro, Menocchio y su condición singular habrían desaparecido del radar del investigador y, por lo tanto, nunca se hubiera producido este libro representativo de la forma de hacer historia que se denomina microhistoria.

Podría asegurarse que el asunto de la escala vertebra toda la óptica de la microhistoria, más allá de que esta asuma el matiz del estudio de caso, de la historia de vida, o de la historia local. De donde se infiere que la microhistoria es mucho más que la simple historia local, y mucho más que cualquiera otra de sus expresiones concretas.

Así define Giovanni Levi esta problemática:

“El principio unificador de toda investigación microhistórica es la creencia de que la observación microscópica revelará factores anteriormente no observados”. (Giovanni Levi, Sobre microhistoria, en: Formas de hacer historia).

Sin embargo, al plantear esta esencia de la metodología microhistórica no se está negando su importancia en el campo de la llamada historia local y regional. Los estudios de este tipo también caen en el universo de la microhistoria, aunque agregando variables simbólicas que quizás desaparezcan en los otros trabajos microhistóricos que están por fuera de la historia local.

A estos aspectos especiales de la microhistoria, en su forma de historia local, se refiere Luis González de la siguiente manera:

“…una de las justificaciones de la microhistoria reside en que abarca la vida integralmente, pues recobra a nivel local la familia, los grupos, el lenguaje, la literatura, el arte, la ciencia, la religión, el bienestar y el malestar, el derecho, el poder, el folklore; esto es, todos los aspectos de la vida humana, y aun algunos de la vida natural.” (Luis González y González, Otra invitación a la microhistoria).

Este historiador, ya fallecido, insiste en la idea de que la microhistoria, en su forma de historia local, permite la expresión del sentido de pertenencia al terruño, a la patria chica (a la matria, en su propio lenguaje), dotando al discurso histórico de una gran dosis de pasión, derivada del hecho de que el investigador escribe impulsado por el romanticismo que le insufla su pequeña comunidad imaginada.

Tanto si entendemos a la microhistoria solo como un asunto de escala, como si la asociamos a la historia local y regional, siempre será importante para los historiadores del Caribe colombiano tener en cuenta esta tendencia, este paraguas teórico-metodológico,  que podría facilitar un mejor conocimiento de las localidades y de la Región, contribuyendo, por esta ruta de enriquecimiento de los saberes históricos, a una mejor comprensión de la nación.

La historia económica y empresarial

La historia empresarial es una rama especial de la historia económica. La mencionamos como un ítem aparte, porque ha tenido un desarrollo notable durante el siglo XX, concentrado, en un principio, en los países anglosajones, aunque ahora se ha extendido por casi todo el planeta (Carlos Dávila Ladrón de Guevara, Compilador, Empresa e historia en América Latina. Un balance historiográfico).

La historia empresarial tiene dos vertientes: es historia de la empresa, como institución o como epicentro de los procesos económicos, y es historia de los empresarios, en el plano individual o colectivo (Milton Zambrano Pérez, La historia empresarial: problemas teóricos y metodológicos. En: Historia Empresarial de Barranquilla, Volumen 1).

La historia empresarial es uno de los tipos de historia que más dificultades presenta, pues ante ella se corren dos grandes riesgos: uno, el de cantarle loas al capitalismo, asumiendo una actitud de panegirista; dos, el de negarse a ver tales procesos económicos, por concebirlos como si fueran la encarnación del diablo.

Desprenderse de estas dos actitudes, cuando se analiza a la empresa y al empresario, no es fácil, pero hay que intentarlo, pues la historia requiere de la comprensión de esos fenómenos, para penetrar mejor en el funcionamiento del sistema y para captar a profundidad los vericuetos y contradicciones del desarrollo de la economía capitalista.

En realidad, la economía de mercado no es un ente abstracto, inasible, sino que es el resultado de la acción humana, y esta tiene que ver con el papel del empresario y de la empresa, como agentes de cambio y como defensores de intereses especiales.

Conocerlos a profundidad puede representar la diferencia entre conocer bien o mal un país, una región, o una localidad, debido a la importancia que la actividad empresarial ha tenido en la transformación social, o en la dirección económica y política en tales universos de análisis.

La historia empresarial se justifica, no para cantarle loas a nadie ni para demonizar a ningún agente o entidad, sino para entender mejor la realidad, debido el papel que el empresariado y la empresa cumplen en la economía contemporánea.

Como lo destacó Josep Schumpeter (Teoría del desenvolvimiento económico), el empresario y la empresa son fundamentales para entender la dinámica del emprendimiento, de la innovación, del crecimiento económico, de la competencia, del cambio y del manejo de los recursos económicos en una economía de mercado específica.

Los procesos económicos capitalistas no discurren en el aire, sino de la mano del Estado y de la iniciativa de los empresarios privados, y las condiciones especiales de una economía cualquiera se pueden descifrar mejor teniendo en cuenta las peculiaridades de la acción del empresariado.

El empresariado y la empresa, como agentes de poder y de cambio, representan una ruta idónea para entender a profundidad el funcionamiento de una economía, en los planos local, regional o nacional. Saber de dónde vinieron estos, cómo actuaron, cuáles fueron sus contradicciones y problemas, mejora la calidad del discurso histórico y facilita la tarea de conocer más a fondo lo que ocurrió en el escenario convertido en objeto de estudio.

Y este es otro campo propicio para el esfuerzo microhistórico, que ayuda a vislumbrar las redes de poder construidas a partir de los lazos familiares, los acuerdos y contradicciones entre empresarios y empresas provenientes de la competencia, los tipos de empresa y las clases de empresario, entre otros asuntos que es imposible ver en la escala macrohistórica.

Las clases de empresa y los tipos de empresario funcionan en el marco de una economía que posee sus estructuras y que atraviesa momentos especiales definidos como coyunturas. El estudio histórico de esos rasgos globales de los procesos económicos es la tarea de la historia económica.

La historia económica es una subdisciplina de la historiografía que resultó de la integración de la historia y la teoría económica. Su objeto de estudio son las actividades económicas de la sociedad en el tiempo, es decir, la producción, el intercambio, las demandas, los mercados, las exportaciones, etcétera.

La historia económica es fundamental porque la sociedad humana siempre ha contado con un componente económico, cuyo rol social es definitivo. Es muy difícil que cualquier sociedad subsista sin producir bienes de consumo y medios de producción, que resultan esenciales para reproducir la vida de las personas y el funcionamiento de la totalidad social.

El objeto de estudio de la historia económica es precisamente ese: descifrar cómo se produce y distribuye en una localidad, región o país, o cómo funciona la economía en un plano más global. Teniendo este epicentro como el núcleo principal de análisis, se pueden entender más profundamente las contradicciones y características de una economía, y descifrar la textura de la sociedad más a fondo.

Las características estructurales y coyunturales de una economía; sus vaivenes, contradicciones y retrocesos hacen parte de los objetos de estudio de la historia económica (Witold Kula, Problemas y métodos de la historia económica). Para descifrar estos, el historiador debe acudir a fuentes específicas donde encontrar los vestigios de lo que ocurrió (Carlo Cipolla, Entre la historia y la economía).

No está de más decir que la historia económica y la historia empresarial son otra puerta que se abre para el trabajo de los historiadores de la Región Caribe. El ejercicio microhistórico puede adoptar este paraguas para hacer avanzar los conocimientos históricos, tanto por la vía del descubrimiento de nuevas fuentes, como por la ruta de la solución de otros problemas, o de la crítica fundamentada de los saberes ya establecidos.

La historia cultural, la microhistoria, la historia económica y la historia empresarial se abren como tendencias fructíferas para ayudar a orientar el esfuerzo investigativo de los historiadores de la Costa Caribe. Muchas gracias.

Conferencia ofrecida en el marco de la Cátedra Inaugural del Programa de Historia de la Uniatlántico

Comentarios