Universidad Metropolitana
3:06 pm. Martes 24 de Marzo de 2020
Opinión
3:06 pm. Martes 24 de Marzo de 2020

Hace ya algunos años falleció Eric Hobsbawn, considerado uno de los historiadores más connotados  en la construcción del relato del mundo contemporáneo y en especial del siglo XX. Su monumental obra referida a dicha centuria es una consulta recurrente para todos aquellos que buscamos en el análisis histórico fundamentos que nos permitan orientar nuestras vidas. Uno de los aportes más significativos es su periodificación del siglo XX que la organiza a través de una especie de tríptico, la última de ellas, que se iniciaría con la crisis  petrolera a partir de la creación de la OPEP y que se prolongaría hasta 1991 con la caída de la URSS, la define como La era de las incertidumbres.

Sin duda que el historiador británico quería marcar, muy didácticamente por lo demás, una diferencia potente en relación a la forma en que había terminado el siglo XIX (para él, este siglo, un “siglo largo” en términos históricos, se prolongaría hasta 1914, es decir, a inicios de la centuria cronológica del siglo XX y justo antes del estallido de la Gran Guerra) con un mundo optimista,  marcado por los tremendos avances en la ciencias en general, por un aumento considerable en los niveles de producción, por el desarrollo de un capitalismo industrial y financiero que se había internacionalizado a través de las cuestionadas experiencias imperialistas, con un mundo, en especial para Europa, marcado por una largo período de ausencia de conflictos bélicos, y convencido de la idea de progreso que aseguraba un futuro prometedor. Así es, la gran diferencia en cómo termina un siglo y otro, tienen que ver con la forma que nos relacionamos con el futuro, no sólo desaparecieron las esperanzas y los sueños, marcado por un idealismo ilustrado que aventuraba un futuro prometedor, sino que fundamentalmente por el surgimiento de las incertidumbres que nos hacen relacionarnos con temor (lamentablemente no muy consciente y menos asumido) hacia el futuro.

Ya lo había planteado Eric Kahler en su fantástico texto de la década de 1960 (¿Qué es la Historia?), el objetivo primordial de la Historia debe sustentarse en la idea de salvaguardar la sobrevivencia de nuestra especie, y  es  precisamente ello lo que puede haber influido en Hobsbawm, ya que las incertezas en las que nos movemos tienen directa relación con nuestras peores pesadillas: sobrepoblación, crisis del sistema energético, graves problemas ambientales, cambio climático global, pérdida de suelo cultivable, desaparición alarmante de la biodiversidad, escasez de agua, conflictos bélicos, grandes migraciones sin control, profundización en las diferencias de la riqueza, terrorismo, migraciones descontroladas, y por último una vida expresada en un “presentismo”  permanente que quiere, deliberadamente, olvidarse de un futuro que acecha.

Ni toda la sensibilidad del gran escritor inglés pudo incluir dentro de estas incertidumbres la pandemia sanitaria que estamos viviendo hoy y que nos lleva sin duda a cuestionarnos de manera más brutal la vida tal como la concebimos y la vivimos hoy. El hecho de que el vivir la cercanía a la muerte puede ser el impacto necesario para que la humanidad con un alto nivel de coincidencia, decida que debemos revisar las bases estructurales de la vida que hemos construido. Pareciera que esta crisis sanitaria global podría, que difícil decirlo, ser mucho más persuasiva que todas las otras incertezas anteriores y que ha llevado a que, autoridades y especialistas tan reacios a enfrentar las consecuencias de un crecimiento económico de base tecnológica que ha llegado a los límites mismos de la vida, hoy tengan una actitud más humilde, menos provocativa y más responsable. Lo mismo que para muchos de nosotros que, como ciudadanos (¿o será mejor decir consumidores?) comunes que seguimos depredando, gastando y deteriorando de una manera irracional a pesar del “discurso” ambientalista que en determinados momentos expresamos. Parece que el resurgimiento de “La Peste” puede ser el aliciente para que nos demos cuenta de la fragilidad de nuestra vida, de nuestra economía, de nuestras relaciones sociales, de nuestras estructuras familiares, de nuestros verdaderos y sensibles afectos, de nuestros sueños y esperanzas.

Hablar de nuestros miedos no resulta para nada fácil, ya que si algo me he dado cuenta en la  breve revisión de literatura especializada al respecto es de un silencio prolongado sobre el papel del miedo en la Historia.  Esto mismo puede ser el responsable de nuestras reacciones naturales, hemos invisibilizado el miedo y producto de ello  hemos podido camuflar, por mucho tiempo las reacciones naturales que acompañan a la toma de conciencia de un peligro tras las apariencias de actitudes que rayan con la indiferencia, la minusvaloración, la ignorancia y hasta nuestra estupidez. Como lo plantea Jean Delumeau (“El Miedo en Occidente”), la palabra miedo está cargada de tanta vergüenza (he ahí el interés por el heroísmo en la Historia) que la ocultamos, sepultamos en lo más profundo de nosotros.

¿Es posible, en las actuales condiciones de pandemia mundial, ocultar el miedo que sí hemos sido capaces de esconder ante las otras y también temibles incertidumbres que nos acechan? ¿Es que la muerte sentida en nuestro lugar más próximo nos lleva a superar la indiferencia, a dar valor y sentido a la vida, a informarnos y hacernos más responsables y reprochar nuestra estupidez y la de otros que quieren seguir eludiendo una situación que nos ha tomado completamente por sorpresa? ¿Es por esa misma actitud de ocultar nuestros miedos más profundos que nos encontramos más desvalidos al momento de enfrentarlo? Las respuestas a estas preguntas se hacen sin duda aún más complejas si en la conciencia colectiva de la humanidad, es decir, en nuestra Historia, la peste ha estado presente recurrentemente  e incluso no hace mucho tiempo (recordemos la pandemia de Gripe Española de 1918  que, según estimaciones, provocó la muerte de cerca de 50 millones de personas). Pero la posible conclusión resulta ser no muy alentadora, a pesar de todo ello y de las posibles respuestas inmediatas a la crisis, el temor a relacionarnos con la muerte de manera más cotidiana (algo que el hombre contemporáneo también ha perdido, hoy nos impactamos con los más de 3.000 muertos de Italia cuando en épocas pasadas datos referidos a mortalidad por peste afectaban a un porcentaje relativamente importante de la población) nos lleva a pensar que las preocupaciones son sólo momentáneas y que no provocan cambios a largo plazo en nuestras estructuras sociales y menos en nuestras conductas.

La Historia nos muestra una cierta familiaridad con la situación que hoy vivimos al momento de ver la reacción ante un flagelo como éste. Cuando aparecía el peligro de contagio, por ejemplo en la Italia de 1348, al principio se intentaba no verlo. Las crónicas relativas a las pestes hacen resaltar la frecuente negligencia de las autoridades (pensemos en los casos de Italia y España). Cuando la amenaza de contagio se hacía más sensible en el horizonte de la región o ciudad, las autoridades  decidían examinar los casos sospechosos  por médicos que frecuentemente  decretaban un diagnóstico tranquilizador, adelantándose a las preocupaciones de la autoridad municipal (cualquier relación con nuestra realidad actual no es pura coincidencia). Este escenario se puede verificar en Milán de 1630 y en Marsella de 1720.

La actitud de la gente común y corriente iba muy de la mano con la de las autoridades superiores: indiferencia, negacionismo e incluso falta de empatía generaba que hábitos y costumbres que no ayudaban al control de la crisis, sino que por el contrario, facilitaban su propagación se asumieran de manera muy tardía. Pensemos en la situación actual en que más de alguno cree que esta es una situación exagerada, que la cuarentena la asume como un nuevo período de vacaciones, que no reducen conductas que favorecen el contagio (los mall, los supermercados, las calles, con niños pequeños y jóvenes que se creen indestructibles, se convierten en portadores de un virus que con mayor seguridad pondrá fin a la vida de sus abuelos, de familiares con enfermedades crónicas y que hará trizas los insuficientes sistemas de salud existentes).

No debemos creer, como lo plantea la medicina de antaño, que el miedo predisponía a sufrir el contagio, muy por el contrario, el miedo debe hacernos respetuosos de nuestra vida y de la de los demás, tomar conciencia  que nuestras acciones no pueden ser de tal nivel de indiferencia que pongan en claro riesgo a otros, que debemos ser conscientes de que podemos facilitar los contagios y generar condiciones inmanejables para los medios que hoy disponen nuestras autoridades. No debemos dejar de lado el miedo, pero tampoco abatirnos, debemos apoyarnos, ser solidarios (no acaparemos ni aprovechemos, sin la menor ética, la lógica del mercado de la oferta y la demanda) y responsables con nuestras acciones para que esto nos sirva de una vez como aprendizaje de las necesarias estructuras sociales que nos permitirán vivir, solidarios y justos, enfrentando nuestros miedos y generando condiciones que nos permitan  volver a mirar el futuro con un mayor dejo de optimismo.

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