9:27 am. Domingo 19 de Mayo de 2019
Opinión
9:27 am. Domingo 19 de Mayo de 2019

En la jerga popular colombiana se entiende por rosca a un grupo cerrado que obtiene beneficios mediante el apoyo mutuo de sus integrantes. La rosca suele funcionar en el nivel político, sindical, económico o en cualquier otro plano.

Lo malo no es la rosca sino estar por fuera de ella, reza un dicho popular, dando a entender que estar en la piña es estar en la rosca, para conseguir lo que más conviene a la causa del rosquero.

Para algunos, la rosca suele tener una connotación peyorativa, casi inmoral, pues se la ve como una confabulación de perversos, no solo para conseguir beneficios para sí mismos, sino como un instrumento para dañar a otro.

Este es el sentido que le dan los enemigos de Comesaña a lo que ocurre con la actitud de los jugadores del Junior, quienes no le caminaron a Suárez pero sí parecen caminarle a Julio Avelino. Para esos adversarios viscerales del colombo-uruguayo, el cambio de comportamiento de los futbolistas, en los últimos juegos, tiene que ver con la rosca que funciona dentro del equipo.

Como la rosca de malévolos no le quiso marchar a Suárez, el cuadro desmejoró y se fue a una especie de crisis atenuada, bajo el imperio de la empatitis crónica. El odio (en altas concentraciones) de los enemigos de Comesaña no les deja ver que un bajonazo colectivo podría ser la consecuencia de múltiples causas, entre las cuales ni siquiera cuente la susodicha rosca.

Un cambio de timonel (como el ocurrido cuando se fue Julio Avelino) suele implicar situaciones complicadas para los jugadores y para el funcionamiento de un onceno. El entrenador maneja unas ideas, que intenta aplicar en sus dirigidos, lo cual crea, a veces, malestar en estos, al no sentirse reconocidos sino subvalorados, o por considerar que no son tan buenas.

Algunos de ellos van a la banca, en tanto que otros podrían cambiar de función, lo que afecta el funcionamiento colectivo. Un fútbol más elaborado y menos vertical o incisivo determina una selección especial de futbolistas en el terreno de juego y, quizás, menos efectividad a la hora de acercarse al arco contrario a definir.

Nunca es fácil la transición entre un entrenador y otro, y quienes padecen directamente el cambio, en primer término, son los jugadores. Dichosos los estrategas que logran sortear sin dificultades esa transición, y que pueden ganar campeonatos o hacer buenas campañas, a pesar de los problemas que entraña el cambio.

Aparte de los asuntos técnicos implícitos en la transición (que no se agotan con lo que se acaba de mencionar) existen otros menos visibles, conectados con la relación personal entre los dirigidos y el líder. El estratega es un líder y, por lo tanto, lo ideal es que reúna algunas de las virtudes de los mejores líderes.

El buen líder debe saber transmitir su condición sin ofender o agredir; ordenar no incluye regañar ni herir la autoestima del futbolista; un jefe eficaz debe encajar sin resistencias, y sin la posibilidad de que se cuestione su rol, en la mentalidad del jugador.

Debe esmerarse por construir una relación fresca e inteligente entre él y los dirigidos, valorando sus cualidades y desarrollando un canal de respeto y comprensión de doble vía: del deportista hacia el técnico y viceversa.

Este aspecto es fundamental, y de él depende, en gran medida, el clima del vestuario y el tono anímico del grupo. Muchos entrenadores, indiscutiblemente sabios en el conocimiento de su profesión, fracasan con los futbolistas porque carecen de la suficiente inteligencia emocional para cosechar una relación sana y bien oxigenada, que los vuelva queridos y reconocidos por su tropa.

Quizás algunas de las situaciones comentadas hasta aquí hayan tenido que ver con el fracaso relativo de Suárez, y con la aceptación del liderazgo de Comesaña. Nada tiene que ver esto, entonces, con las teorías conspirativas que siempre aparecen en épocas de crisis, o con los pensamientos malintencionados que sirven para inventar situaciones inverosímiles y truculentas.

La teoría conspirativa de la supuesta rosca de Comesaña quizás tenga dos orígenes principales, entre otros: el odio cerril, y casi inexplicable, que algunos fanáticos sienten por el colombo-uruguayo, y la imaginación tan volátil de estos, exacerbada por los malos resultados y por la falta de información.

La falta de información sobre lo que ocurre entre bambalinas provoca en ciertos junioristas un desbordamiento de su capacidad imaginativa, de su aptitud cuasi literaria, lo cual los conduce a asegurar lo que solo habita en su pensamiento, no lo que brota de la realidad.

Es normal que en épocas de crisis o de aletargamiento futbolístico (como el que vivió Junior con Suárez) florezcan toda clase de teorías conspirativas, mediante las cuales se reduce el problema del azombilamiento del equipo a la acción malévola de un grupito de jugadores “que le hicieron la rosca al técnico”.

La rosca de tal con tal no dejó que Suárez triunfara, y por eso debió salir. Esta solución literaria tiene la fuerza de lo simple y de lo creíble a simple vista, aunque sea mentira, y genera más de una pregunta, que sus gestores nunca se hacen. ¿Por qué se levantaron algunos en una sólida rosca para fregar al técnico?

¿Qué responsabilidad tiene el estratega en el surgimiento y la victoria de la rosca? ¿Por qué esa rosca pecaminosa le tenía bronca al entrenador? ¿Qué hizo este para generar la ira de la rosca, y qué dejó de hacer para neutralizarla, ganándose para su causa a sus integrantes?

El odio frenético de los enemigos furibundos de Comesaña, con su lógica apoyada en la simple capacidad de imaginarse cosas, ha visto en el cambio de comportamiento del Junior (que ya produjo una primera victoria, después de un siglo de empates) otra prueba más de la existencia de su fantasmagórica rosca.

Ya ganó el equipo, lo que demuestra que sí existe la rosca, porque con Suárez no querían ganar ya que, se supone, no les daba la gana triunfar. Es decir, el cambio de actitud del grupo se ve como algo malévolo, provocado por los intereses creados de la rosca, que solo le camina a Comesaña.

Si los fanáticos que odian a Comesaña, por la razón que sea, metieran en la nevera su inquina y se dedicaran a pensar sin tanta furibundez, podrían hacerse estas preguntas: ¿por qué la rosca funciona bien con Comesaña y con Suárez no? ¿Qué virtudes posee este entrenador, que le permiten meterse en el bolsillo a la rosca y poner a andar al grupo de mejor manera?

¿Por qué Comesaña encaja tan bien con el onceno? ¿Porque es rosquero o porque exhibe una inteligencia emocional conveniente, que le granjea la aceptación de sus dirigidos? ¿Por qué este equipo se nota más dinámico y más vistoso ahora? ¿Porque el técnico es el campeón mundial de la rosca, o porque sus ideas futbolísticas extraen lo mejor de cada quien, y ayudan a potenciar las capacidades individuales?

La explicación del comportamiento remasterizado del Junior bajo el mando de Comesaña pasa también por el conocimiento que este tiene de los jugadores, y por la confianza y el respeto de doble vía que este ha logrado construir con los muchachos.

Sin sugerir con esto que Suárez sea un mal técnico, el hecho es que las cosas no marchaban bien con él en el onceno, y que había una crisis de confianza en el equipo, cuya cima era la empatitis crónica. Reducir el fenómeno a la simple acción de una rosca no solo es demasiado especulativo, sino que deja por fuera otras múltiples variables que podrían ayudar a explicar mejor el asunto.

Sostener que el Junior está levantando de nivel porque así lo quiere la rosca de Comesaña expresa mucha imaginación literaria, pero, así mismo, muy poco conocimiento de los intríngulis ocultos que mueven los hilos del comportamiento individual y colectivo del grupo.

Pase lo que pase de aquí en adelante es pertinente ver el trabajo de Julio Comesaña sin la mascarilla del odio enfermizo que no deja distinguir lo que ha hecho. Es el actual campeón del fútbol colombiano. Casi corona en una copa internacional. Y montó un cuadro que le gustó a tirios y troyanos, si prescindimos de los servicios de los biliosos que lo detestan, por la razón que sea.

¿Todo lo que ha hecho este técnico en el Junior es obra de la rosca? No me crean tan literato…  

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