7:00 am. Viernes 31 de Mayo de 2019
Opinión
7:00 am. Viernes 31 de Mayo de 2019

En algunas redes sociales y en distintos medios de comunicación he observado frases y comentarios como estos: “Ni Pablo Escobar con su Cartel de Medellín, ni los hermanos Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali lograron hacer lo que Juan Manuel Santos logró con su tal “Acuerdo de paz”, entregar al país y convertirlo en un Narco Estado”. Según mi criterio muy particular y sabiendo que no soy erudito en la materia, creo, que habría que ir más allá; decir que Colombia está entregada a la violencia, a la injusticia y a la corrupción no de ahora, sino desde hace bastante rato.

Entregada a la violencia, por sometimiento del Estado a la guerrilla desde hace seis décadas. Al paramilitarismo desde los años ochenta cuando se le “creció el enano del narcotráfico” y a la corrupción desde hace más o menos el mismo tiempo. Es decir, cada una de las situaciones van casi concadenada una de la otra.

No podemos olvidar que el florecimiento de la guerrilla convertida en FARC y ELN fue consecuencia de las masacres y despojos de tierras a los campesinos por parte de  los terratenientes políticos amparados por las fuerzas militares del Ejército. Ante la falta de autoridad gubernamental y de justicia, surgieron los llamados grupos de “desquite”, Las Convivir, El MAS (Muerte a secuestradores) y otros grupos de distintas denominaciones que bajo el argumento de contrarrestar a los guerrilleros y a los propios narcos, pero reconocidos luego como paramilitares, se constituyeron bajo el oficialismo de gobiernos complacientes.

La muerte de Pablo Escobar y el sometimiento del Cartel de los Rodríguez Orejuela, no fue tranquilizante para el Gobierno colombiano supuestamente empeñado en acabar con el narcotráfico y frenar así la ola de violencia a través de los atentados con carros bombas etc. Tantas muertes produjeron estas acciones del narcotráfico como las producían la guerrilla, y el paramilitarismo en contubernio con  las fuerzas armadas de Colombia.

Hay quienes siguen endilgándole a Juan Manuel Santos la culpa de todo lo que está sucediendo actualmente en el país. Tal vez porque el ex presidente logró lo que no supieron ni quisieron otros mandatarios que le antecedieron tales como Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe Vélez en sus dos periodos presidenciales. Celosos quizás por el Premio Nobel de Paz y el reconocimiento internacional que se le dio a Santos, han pretendido echar por la borda todo el camino andado en un proceso adelantado con las Farc que bien o mal, marcó derroteros para lograr algún día -que se creía no muy lejano- la paz que tanto han anhelado y esperado 50 millones de colombianos.

Los opositores del proceso de paz se quedan cortos tratando de hilvanar mentiras tras mentiras, con la creencia de un influjo mayoritario en el pueblo, haciéndole creer que el país está sometido al narcotráfico y la violencia cuando en realidad Colombia vive sometida a la desigualdad, la injusticia y la corrupción. No se sabe quién tiene el poder. Un Presidente del que dicen gobierna en cuerpo ajeno, una Fiscalía embadurnada de corrupción  tanto como quienes están imbuidos en el Odebrecht, una Corte Suprema de Justicia y Una Corte Constitucional a las que no se respetan.

El Caso de Santrich, convertido en el gran detonante del momento, no es más que un factor distractor para hacer olvidar casos tan aberrantes de corrupción en el que nadie de las altas esferas del gobierno y la propia justicia  escapan.

Iván Duque, flamante Presidente de nuestro país, ha dejado de momento su gran muestra distractora como lo fue intentar derrocar la dictadura de Nicolás Maduro, para entrar de lleno al caso ‘Jesús Santrich’, pretendiendo dictar sentencia por encima de los organismos constitucionales creadas para ello.

¿Será que ahora también se llegará a desconocer los fallos de entidades como Corte Constitucional, Corte Suprema de Justicia, la JEP y el mismo Consejo de Estado? De ser así, los colombianos deberíamos ir creyendo en otros cincuenta o sesenta años más de guerra intestinal unos con otros.

 

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