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Opinión
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La historia como ciencia (o forma de conocimiento) es diferente a lo que normalmente se entiende por historia. La historia también es comprendida como aquello que ya ocurrió, lo que hace parte de la memoria o de la experiencia histórica de la humanidad.

Lo que ya ocurrió es el objeto de estudio de la historia científica, que es una forma de conocer razonada, sistemática. La historia entendida como lo que ya ocurrió puede no haber sido estudiada, o ha podido ser analizada a través de los testimonios voluntarios e involuntarios que lega la sociedad.

Aquí interesa la historia producida por los historiadores, la historia-conocimiento, o la historia-ciencia. Esa forma de saber que se ocupa de las tragedias, los conflictos, la dominación o la muerte, pero también de los ritmos, las cadencias y los hitos en el progreso de la civilización humana.

El saber histórico, elaborado y acumulado por los historiadores, no se concentra solo en las rasgaduras y heridas de la sociedad, sino en aquellos resultados (o prácticas) que también modelan o hacen avanzar la convivencia humana.

Entre estos se cuentan la ciencia, el arte, el derecho y los grandes progresos técnicos, que impactan positivamente la vida colectiva. En El proceso de la civilización, el sociólogo e historiador Norbert Elias destaca el papel del juego, de la evolución de las costumbres y de los hábitos de higiene (entre otros asuntos) en el avance de la humanidad.

La historia-ciencia (y sus productos) es un arma poderosa para recordar aquello que nos hace daño, pero, igualmente, lo que más nos conviene. Recordar lo triste, amargo y cruel tal vez con la pretensión de no repetirlo, aunque por experiencia se sabe que será repetido.

La historia-conocimiento es un recurso fundamental de la humanidad para criticar lo que se considera perjudicial, después de haber sido analizado por los historiadores. Esta faceta de la disciplina resulta muy desagradable para quienes están implicados en crímenes o en eventos con rostro insostenible.

Los amantes del totalitarismo, por ejemplo, desarrollan la tendencia a soslayar u ocultar sus crímenes, y hacen lo que sea para que los historiadores críticos de esa opción política no realicen el trabajo de esclarecimiento que les compete. Tanto el fascismo como el estalinismo han sido colocados en el lugar que les corresponde, como aberraciones irrepetibles, gracias a la historia.

Hoy resulta muy difícil ocultar lo que ocurrió en los campos de concentración nazis o en los gulags de Stalin, y es cada vez más improbable repetir las atrocidades que a nombre de la ideología cometieron ambos regímenes. La tarea rigurosa de los historiadores está en la base del esclarecimiento de la amoralidad política de esas dos opciones que avergüenzan a la humanidad.

En el caso del conflicto armado colombiano, nunca bastará con la posición distorsionadora y ocultista de los agentes involucrados en los crímenes, pues tarde o temprano el compromiso de los historiadores con la verosimilitud pondrá todo en el lugar que le corresponde, dejando a un lado la perversión ideológica o los intereses creados de los bandos que dificultan esa tarea.

La perspectiva temporal, el paso de las décadas, irá decantando los eventos y hará más expedita la labor de la historia, sin la participación dramática de la polarización y de la ideología, que ahora oscurecen el análisis de lo ocurrido o le impregnan a todo un manto de duda.

Paul Valéry sostuvo alguna vez que la historia era extremadamente peligrosa porque carecía de límites para encontrar la verdad, para exponerla, irrespetando privilegios o posiciones de poder. Así ha sido y así seguirá siendo la historia: un arma contra la mentira, la ignominia y lo lamentable que ha cruzado la existencia humana.

La historia como forma de saber es el mejor instrumento con que cuenta la humanidad para poner sobre relieve lo peor y lo mejor que nos ha ocurrido; esta importante función la convierte en madre y maestra del presente y el futuro y, quizás, en la ciencia que mejor enseña a no repetir lo aborrecible. 

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