10:56 am. Martes 14 de Enero de 2020
Opinión
10:56 am. Martes 14 de Enero de 2020

Sin duda que no resulta fácil entender los estallidos sociales que han enfrentado América Latina y el mundo en el último tiempo. Muchas veces resulta más complejo aún el buscar explicaciones a procesos internos de los países (más en la Era de la Globalización) que guardan muchas similitudes, a pesar de desarrollarse en realidades muy diversas: Gran Bretaña, Alemania, España, Francia, Chile, Colombia, Argentina, China, República de Corea, Tailandia, Singapur son de los casos más conocidos.

En mi afán por buscar sentido a esta problemática me encontré con los planteamientos de Daniel Markovits que en su obra, “La Trampa de la Meritocracia”  aporta un punto de vista interesante a tener en cuenta al respecto.

A modo de contexto histórico me permito establecer una cierta cronología (más válida para el mundo occidental sin duda) que nos permita contextualizar la relevancia de la temática y del análisis de Markovits. Es en el mundo contemporáneo y con el estallido de la Doble Revolución (francesa e industrial)  donde se generaron las condiciones que permitieron el fin del orden monárquico/aristocrático y facilitaron el ascenso de nuevos grupos sociales al instalarse la llamada meritocracia. El proceso presenta anacronismos entre los países desarrollados con los subdesarrollados (los mismos que hoy, en la era de la globalización parecen haberse superado o reducido considerablemente en términos de brecha temporal). El concepto más profundo de esta nueva estructura descansaba en que las desigualdades de origen (propias del orden aristocrático) debían ser desplazadas por la relevancia del mérito para ascender en la escala social,  convirtiendo a la educación en el gran instrumento de ascenso social. La famosa meritocracia instalada se valoraba positivamente abriendo y ampliando las oportunidades en desmedro de la antigua elite aristocrática que no se destacaba por el interés de formar a sus hijos. De esta manera la meritocracia abrió mayores posibilidades de igualdad, constituyéndose en una alternativa moralmente superior al orden anterior que justificaba la desigualdad y los privilegios como una cuestión de cuna y no al esfuerzo, al talento e incluso a la ambición (muy en sintonía con el modelo capitalista) que impone el modelo de la meritocracia.

La meritocracia generó una nueva elite que se consolidó ganando la competencia a la antigua aristocracia, reconoció el rol fundamental de la educación, lo que le facilitó el acceso al lugar de privilegio (los patrones culturales de la antigua elite no la ponían en un buen lugar para competir ya que no tuvo la capacidad ni el interés en formar a sus hijos) y poco a poco, a través de este mismo instrumento (educación), la nueva elite generó condiciones de exclusión y privilegio, es decir, la meritocracia que nació con la convicción de generar igualdad termina por quitar oportunidades. Ahora puedes ser rico gracias a tu educación,  riqueza que descansa en el llamado capital humano,  en el trabajo y no en el control de la tierra. Esto mismo genera una permanente preocupación por la elite que busca (en una cambiante economía de mercado) trabajar la mayor parte del tiempo  y en las tareas que el mercado establece como las mejor pagadas. De no ser así, no contará con los recursos necesarios para “comprarles” a sus hijos la misma educación que le permitió llegar a la elite (se busca perpetuar y el modelo, desde el mercado se convierte a los jardines infantiles, las escuelas y universidades en repetidoras y mantenedoras de las desigualdades sociales).

Este proceso, admirablemente descrito por Markovits, tiene una etapa incipiente y avanzada. Según su análisis es en Estados Unidos donde esto se ha consolidado, mientras que en nuestra América Latina está en una etapa incipiente. Es por lo mismo que la interpretación del modelo nos abre una oportunidad, la de entender que la meritocracia es un instrumento que ayuda a combatir la desigualdad, pero no debemos cometer el error de pensar que siempre servirá para ello. La receta está en que al momento de que el orden meritocrático abra nuevas oportunidades y genere una elite mucho más dinámica se asegure de que los nuevos ricos no lleguen a concentrar la mayor parte de la riqueza, debe haber oportunidades para todos, pero debe procurarse que sea de una manera modesta y amplia, no permitir la generación de sueldos muy desproporcionados por parte de la meritocracia que generen una nueva polarización.

De no tenerse en cuenta lo anterior el autor plantea que el resultado será la “inequidad sin privación”, es decir, la desigualdad ha disminuido y crecido a la vez, ya que la brecha que distingue a los pobres de la clase media se ha ido reduciendo (brecha que en algunos países de América Latina no supera unas pocas centenas de dólares), pero la que separa a la clase media de los ricos ha ido aumentando. Es esa desigualdad, para el autor, la que no priva en necesidades básicas, es la que genera los efectos tan nocivos como los que estamos viviendo en muchas partes del mundo, expresados en la polarización, el populismo (y por ende en el descrédito de la democracia), la xenofobia, la mirada negativa del fenómeno migratorio, entre otros.

De llegarse a la etapa avanzada la discriminación se manifiesta de manera violenta, en especial para los grupos medios de la sociedad. La lógica del modelo se expresa con violencia ya que se sustenta en una exclusión que es “merecida” (“no tienen los méritos”). A la vez genera una concepción de que el modelo sólo responde a los intereses de los incluidos, favoreciendo un incentivo para la rebelión de los que “no tienen los méritos”. La situación, real o irreal,  genera resentimientos en los excluidos, no se sienten escuchados, se ven fuera del sistema, no reconocen las instituciones y son “gobernados” (controlados) por  leyes injustas, que completan un panorama que  permitiría explicar la legitimidad de los reclamos de buena o de mala manera. El problema, desde esta perspectiva, no es la privación de las necesidades básicas, aunque muchos tengan lo suficiente para comer o disfruten de una calidad de vida que sus padres ni soñaron, el hecho de que otra gente domine la sociedad o te domine es, en palabras del autor, una muy buena razón para protestar. Los ricos gobiernan para sus intereses, generan leyes injustas que buscan amparar sus privilegios y todo “a costa de la clase media”.

El control del poder por parte de los ricos borra la línea entre legalidad y corrupción. Los ricos controlan el poder político y generan las leyes que protegen sus prebendas y privilegios. El surgimiento de una legalidad que parezca favorecer a una clase sobre otra, desacredita el proyecto del imperio de la ley a pesar de que esté constitucionalmente amparada.

El problema es que el modelo que hemos instalado, de una sociedad con un alto grado de concentración de la riqueza, con grandes inequidades entre la clase alta y la media, huele a una situación de conflicto que nadie quiere vivir. Lo relevante es: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para que esto no pase?; ¿Cuáles son las responsabilidades de cada uno de los que formamos parte de estas sociedades que abusan y discriminan?;  y ¿Qué relevancia le daremos al Estado para que las prácticas abusivas del mercado y amparadas por la legalidad (impuesta por los más ricos)  no nos lleven por el precipicio del conflicto social?

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