Universidad Metropolitana
9:39 am. Domingo 26 de Julio de 2020
Opinión
9:39 am. Domingo 26 de Julio de 2020

La cultura democrática es la consecuencia de un proceso histórico relacionado con el desarrollo de las ideas sobre el funcionamiento o evolución del Estado, con la libertad y la participación de las personas (reguladas por las normas legales) en la vida social, y con las prácticas relacionadas con el respeto de los derechos y los deberes de los ciudadanos.

Para entender y resaltar la importancia de la cultura democrática, la sociedad ha debido transitar por largos y tortuosos callejones oscuros, como las autocracias religiosas (pasadas y actuales), el totalitarismo (fascismo, estalinismo), y toda clase de dictaduras personalistas o muy salvajes, como las africanas o las latinoamericanas de hace unas décadas.

La cultura democrática no se refiere tanto a la posibilidad de elegir o ser elegido a un cargo de poder (aunque incluya ese momento), sino a un proceso mucho más complejo que implica a las instituciones públicas y privadas, a la vida común y al funcionamiento social general.

En cierto modo, esa cultura suele manifestarse también como cultura política, ciudadana, y en todos los asuntos aparentemente separados de ella, como la organización económica, la distribución de la riqueza y del ingreso, o el funcionamiento individual o colectivo.

Los principales enemigos de la existencia de una sólida cultura democrática son las mentalidades totalitarias (o autoritarias), de carácter laico o religioso, y las variables internas del funcionamiento republicano (que distorsionan la economía y el manejo estatal), como la corrupción, el clientelismo, la politiquería o el neoliberalismo ramplón.

Es decir, contra el desarrollo de una sólida cultura democrática conspiran siempre los amantes de la dictadura (fascistas, estalinistas, religiosos extremos o de otra índole) y aquellos que suelen beneficiarse del mal funcionamiento estatal, o para quienes la democracia es un simple instrumento auxiliar de sus intereses económicos, o de sus apetitos más oscuros.

La gente de mentalidad democrática, en todos los escenarios de la vida colectiva, comprende que es mejor marchar con el apoyo de las normas del derecho que bajo el predominio de la ley del más fuerte, la cual es una especie de ley de la selva. Bajo el mandato de esta última caen siempre los más débiles, en todos los sentidos.

También entiende que matar la libertad es la mejor manera de castrar el desarrollo, utlizando el ropaje del dogmatismo ideológico, político o religioso, y asumiendo verdades de dudoso prestigio, supuestas verdades que suelen ser mentiras acomodadas en el cuerpo de una dogmática cuyo principal fin es eliminar la crítica y las tendencias libertarias de la creación, la imaginación y la ciencia.

La cultura democrática y las mentalidades democráticas se han desarrollado a lo largo de la historia, y representan uno de los mejores resultados de la evolución humana, al lado de la ciencia, el arte o el humanismo sincero. Su implantación aún es bastante parcial en todo el planeta, pues representa un gran riesgo para los intereses creados de los poderosos que la detestan.

El camino de la ley, del pluralismo y la libertad ha demostrado ser uno de los mejores para construir una sociedad más viable, más civilizada, y más a tono con el pensamiento que coloca en el centro de sus ideas-fuerza la construcción de un contexto social donde predominen el respeto y la tolerancia por el otro.

La intolerancia, el dogmatismo, el fanatismo y la violencia son lastres del pasado que, quizás, lograremos superar si a través de la educación formal, de los medios de comunicación y de otros instrumentos podemos insuflar el espíritu de la cultura democrática.

La explotación y la desigualdad económicas; la opresión política, la intolerancia y el irrespeto a quien es distinto, han tenido un fuerte aliado en la cultura totalitaria y en los fanatismos o dogmatismos de diversa estirpe. La historia ha sido invadida por esos procesos, a caballo de las buenas intenciones y de creencias aparentemente bondadosas.

La gran encrucijada contemporánea nos coloca en frente la necesidad de superar el capitalismo salvaje mediante la reforma, pero, así mismo, nos empuja a confrontar la discriminación, el racismo, el clasismo, el machismo, la intolerancia y el irrespeto hacia las minorías con las armas de la libertad, el derecho y el pluralismo.

Desafortunadamente, no hay otro camino, pues todos los demás nos devuelven hacia el pasado que queremos superar. La dogmática milenarista del socialismo y la dogmática milenarista del capitalismo salvaje, nos empujarán siempre hacia el círculo vicioso de la intolerancia y el irrespeto, y hacia sociedades inviables e inhumanas, más allá de los buenos deseos.

Hoy por hoy se impone la reforma en todos los campos, para acabar con la discriminación y el maltrato. Una reforma que revalorice la importancia de la ley, de la vida humana, del pluralismo y de la cultura democrática como ejes de la transformación social. Lo más revolucionario del momento es la reforma inteligente y democrática para cambiar la vida.   

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