Universidad Metropolitana
10:26 am. Domingo 29 de Marzo de 2020
Opinión
10:26 am. Domingo 29 de Marzo de 2020

En la tradición filosófica, y en la reflexión histórico-política y literaria, el concepto condición humana está directamente ligado a la situación vital, existencial, del ser humano; es decir, lo que caracteriza al concepto no es la biología (la naturaleza de lo humano), sino la historicidad, la existencia del ser en un ahora cultural, social o político.

A pesar de lo anterior, tal condición (como la define Hannah Arendt, en La condición humana) siempre estará atada a una naturaleza humana, orgánica, circunscrita e insuperable. Un punto de partida biológico que define un modo de ser, de estar en la tierra, de sentir o diferenciarse con respecto a otros seres que carecen de las facultades para simbolizar o pensar como lo hacemos nosotros.

El ser humano (en su doble faceta, natural y condicional) es finito y frágil. Alguien condenado a morir, como explicaba Nietzsche, y con plena conciencia de que morirá algún día, lo cual le crea una angustia especial, de la que carecen los demás animales. Es tan frágil, además, porque depende de fuerzas cosmológicas que nunca podrá controlar, las cuales predeterminan su vida y sus movimientos, sin poder evitarlo.

Habitualmente, nuestra pequeñez se ha relacionado con aquellas fuerzas que palpitan en el cosmos, y que nos conducen, de manera inevitable, hacia la nada. En los tiempos que corren, aparte del cambio climático, se teme el golpe mortal de un cometa, o de cualquier otro cuerpo proveniente del espacio exterior.

A pesar de las advertencias de los científicos, poca importancia le dábamos a un ataque feroz de nuestros enemigos internos más pequeños, los virus y las bacterias. En el pasado, libramos duras batallas (casi indefensos), contra infecciones catastróficas, como la Peste Negra, en el siglo XIV, y la Gripe Española, a principios del siglo XX.

Ahora, sorpresivamente, atacó un enemigo microscópico que puso a temblar los sistemas de salud y todas las terapias, sin respetar las fronteras. Un adversario pequeñísimo, un virus, que puso en primer plano, otra vez, la fragilidad de la especie.

A pesar de los antibióticos, de las vacunas, de los progresos indudables en la medicina y en la atención médica, seguimos siendo muy frágiles con respecto al microcosmos, el cual contiene aún rostros ocultos y peligrosos, con una gran capacidad para hacer daño a toda la civilización, como lo demuestra el ataque feroz del coronavirus.

A menudo olvidamos que somos naturaleza humana, es decir, animales, porque adquirimos una posición de predominio en el planeta, sobre la base de nuestra capacidad de reflexión, de las ambiciones y deseos que nos dominan, y que nos empujan a transformar, utilizar y a devastar el planeta.

La arrogancia y la inconsciencia nos hicieron olvidar esa fragilidad congénita de la que nunca podremos escapar, como habitantes indefensos del universo, y como animales desprotegidos, en un planeta que creíamos completamente nuestro. El coronavirus que ahora azota es, en cierto modo, un llamado de atención contra la torpeza y la tozudez colectivas, un toque de hombros que, quizás, tampoco sirva para gran cosa.

De todas formas, el covid-19 ha sabido extraer lo mejor y lo peor de la condición humana, más de lo que lo hubiera podido hacer cualquier guerra. En cabeza de los médicos, las enfermeras y los científicos honestos, se ha puesto de relieve la necesidad de la defensa de la humanidad (como comunidad soñada), sometida al asedio y a la muerte por un contendiente invisible, pero destructivo.

El peligroso virus ha exaltado nuestra sensación de que pertenecemos a algo que está más allá de las ideologías, los países, las religiones, los intereses creados o los partidos. Es decir, una clase de solidaridad en sentido amplio, una solidaridad de especie, para ser más preciso. Así mismo, también ha sacado a relucir la bajeza, lo peor de mucha gente, de quienes ponen por encima de la protección de la vida, la defensa de las ganancias o de los intereses más mezquinos.

El coronavirus puso en el escenario internacional nuestra cultura científica masiva, así como el apego casi irracional a las teorías conspirativas, a las ilusiones anticientíficas (que trabajan para la muerte), y al cinismo de unos gobernantes que se mantienen en la posición de ganar solo para ellos, aunque nos conduzcan al desastre.

La condición humana frágil, contradictoria, ambivalente, se expresa a plenitud en un proceso que la expone con múltiples limitaciones y flaquezas, pero también en el corazón y el cerebro de los mejores hombres y mujeres que han estado al servicio de la humanidad, pasando por encima de las murallas ideológicas, políticas o de clase, y de su propio miedo a la muerte.

El coronavirus ha revelado también, como colofón de fondo, el carácter irrisorio de las políticas económicas que niegan el desarrollo (por motivos ideológicos antihumanos) de instituciones sociales de beneficio común, como los sistemas de salud eficientes y bien dotados.

El virus, más que cualquier teoría, ha permitido destacar la estrechez de miras de los ideólogos, los políticos y los gobernantes que han creído (y siguen creyendo) que la solución automática de los problemas sociales depende solo del desarrollo de la economía de mercado.

La combinación de la ideología neoliberal con las facetas más grotescas de la condición humana de los poderosos, le edificó su grotesca estatua, también, a los mejores ejemplos de lo que significa no pertenecer a nuestra frágil humanidad, a aquella que siente como propio el sufrimiento de los demás.

Un Bolsonaro, un Trump o un Johnson representan a la parte de la humanidad que nos arrastra hacia la perdición definitiva. Esa gente cínica y violenta (que coloca por encima de los intereses comunes, sus parciales intereses económicos o ideológicos) ha mostrado, una vez más, el lado turbio de la condición humana.

Esta pandemia mortal, más allá del daño que provoque, ha sacado a relucir las fortalezas y debilidades de una especie que no es tan fuerte como aparenta ser, y que posee una condición singular que la lleva a ser noble, robusta, pero también mezquina e irrisoria. Todo esto ha salido a flote por la crisis del coronavirus, para bien o para mal.  

       

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