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Opinión
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La idea del paraíso es propia de las religiones, aunque también ha tenido repercusión más allá de ese ámbito. En general (en sentido religioso o laico) se entiende como una situación dominada por la tranquilidad y la paz, al no existir el conflicto, la desigualdad, y al reinar la abundancia y la libertad.

Las grandes utopías han sido marcadas por ese concepto de paraíso, que se piensa como una solución final a los problemas humanos, y el cual contiene una alta dosis de esperanza, de deseo y de necesidad de redención, para salir del atolladero del viacrucis social.

Lo que diferencia a las utopías que venden el paraíso consiste en que las religiosas lo atan a la divinidad, a la creencia religiosa y a un añorado más allá, en tanto que las laicas lo mezclan con la sociedad del ahora y del futuro, y lo combinan con salidas radicales que, supuestamente, crearán las condiciones para superar el presente conflictivo y para acceder al futuro de la promesa.

Ambas nociones del paraíso están saturadas de esperanza y buena fe, y procuran eliminar las dificultades adhiriéndose a una visión altruista que combate el egoísmo y pregona la igualación; para alcanzar la meta de la igualdad y el triunfo de las “ideas verdaderas” se suele justificar todo: la violencia, la represión, la mentira, y hasta la muerte de quienes no profesan el credo de los elegidos para hacer el cambio.

La esperanza, el deseo y el dogma se convierten en los fundamentos de una concepción sectaria que, alimentando una férrea convicción, transforma a los agentes del paraíso en seres que odian la vida, que lo critican y cuestionan todo, porque nada de lo existente armoniza con su visión idealista, con el perfecto modelo de sociedad que ellos tienen en mente.

Las deducciones simplistas y el escaso o nulo contacto con la ciencia y con la historia, lleva a esos soñadores a un callejón sin salida, al creer que la verdad solo anida en sus creencias, y al negarse, consciente o inconscientemente, a confrontar sus teorías con la realidad.

El peso de las teorías poco contrastadas con la realidad provoca que el soñador se divorcie de esta, y que continúe alimentando su dogmatismo y su férrea convicción, volviéndose una especie de preso de un círculo vicioso; estas conductas no científicas están en la base del comportamiento autoritario (y totalitario) de la gran mayoría de quienes sueñan con el paraíso.

A nombre de ese nirvana, de la tierra prometida, la humanidad ha presenciado los peores crímenes, de la mano de los fanáticos musulmanes, de los fanáticos cristianos, de los dogmáticos del fascismo y del estalinismo. Todos estos engendros de la represión, la dictadura y las verdades reveladas han pretendido lo mismo: matar lo que consideran malo del mundo para imponer su concepto estrecho de sociedad.

La historia y la ciencia parecen no contar para estos seres predestinados a soñar con un futuro paradisíaco, que ya está completamente definido, hasta en los detalles, en sus propias cabezas; la historia y la ciencia solo sirven si pueden instrumentalizarse para ponerlas al servicio de su dogmática, de su sistema de creencias.

Cuando son independientes y cuando confrontan sus ilusiones, la historia y la ciencia corren el mismo destino de quienes se les oponen: el ostracismo, la persecución, la represión más burda, o la muerte. El otro es todo aquel que no piensa como ellos, o que se enfrenta a sus designios.

Esta búsqueda del paraíso, que chorrea sangre por todos sus poros, tiene una larga trayectoria histórica y aún se proyecta entre nosotros. Los pasos de los inquisidores cristianos y de los fanáticos musulmanes fue dirigida por ese deseo de someter al otro para imponer lo mío.

El fascismo y el estalinismo también fueron orientados por esa convicción basada en el mito de que mi pensamiento es el pensamiento correcto y el tuyo es el error; el mío es el adecuado porque yo porto la sociedad del mañana, el paraíso soñado, en tanto que el de los demás es el pecado, o es lo torcido.

Esa dogmática religiosa o laica suele asentarse sobre el supuesto de que los cambios para acceder al más allá de la abundancia, la libertad y el amor absoluto, deben realizarse de manera radical, extrema, si es del caso por la vía violenta, y sin detenerse a pensar mucho en su costo sangriento.

Esa lógica perversa ha dirigido la política de los campos de concentración nazis y la de los gulags soviéticos. La represión salvaje y la muerte aplicada a los otros se justifica a nombre del credo de los represores, y de la nueva sociedad que ellos dicen encarnar. El paraíso soñado ha servido hasta para darle sentido a los peores crímenes.

Las desigualdades, la falta de oportunidades y las injusticias contemporáneas son un caldo de cultivo en el que se cosechan los adoradores del paraíso soñado. Para estos, el camino de la reforma y de los cambios seguros para mejorar son un falso camino, pues lo que pide el momento es seguir tocando el cielo con las manos para poder acceder al más allá, a la profecía apetecida.

Tocar el cielo con las manos es sinónimo de dictadura, de imposición de una dogmática que ya ha sido destrozada por la vida. Pero qué importancia tiene eso, si lo que finalmente importa es solo lo que yo pienso, no lo que brota de la vida.

Que la libertad fenezca, que la economía caiga al suelo, que la mentira y el cinismo se adueñen del poder: nada es relevante si mi paraíso soñado está ahí, iluminando el futuro.

Ni los horrorosos crímenes del pasado cuentan, como tampoco los errores demostrados, porque yo no cambio, porque a mí solo me importa mi dogma, mi paraíso soñado, con el cual resolveré todos los problemas humanos.

Esos adoradores del paraíso, faltos de pragmatismo y de ciencia (pero repletos de utopía y metafísica), representan uno de los graves problemas de la humanidad, al lado de los capitalistas inescrupulosos, y de los corruptos de todos los pelambres. La cultura y la sociedad deben luchar contra ellos, del mismo modo como se debe luchar contra las injusticias, la falta de oportunidades y la discriminación.

Es decir, hay que combatir a los adoradores del paraíso, pero sin usar sus armas, sino mediante la educación, la divulgación científica y, sobre todo, a través de la aplicación de reformas sociales pertinentes.

Ese esfuerzo debe concentrarse en nuestros jóvenes (que son los más expuestos, dada su poca experiencia y sus necesidades), pero debería extenderse a toda la sociedad, para evitar la repetición malsana de la historia.

Una repetición malsana de la historia que, para sacarnos del supuesto reino de la necesidad, nos introduce en el reino de la represión, de la dictadura justificada con ideas altruistas, y del reparto generalizado de la pobreza y la miseria.

¿Qué gracia tiene salir de Guatemala para caer en Guatepeor? Así es, porque el paraíso prometido por los adoradores no tiene el rostro del paraíso, sino el del infierno. Escasez, dictadura, modorra social, burocratismo, represión y falta de libertad ¿no son, acaso, otros rostros del infierno? ¿Por qué añorar un paraíso tan absurdo?

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