Universidad Metropolitana
9:15 am. Domingo 19 de Enero de 2020
Opinión
9:15 am. Domingo 19 de Enero de 2020

La Universidad del Atlántico es uno de los más importantes patrimonios educativos del departamento y la Región Caribe. Un patrimonio que le sirve a las mayorías regionales, es decir, a los integrantes del pueblo, a los estratos con menos ingreso de la escala social.

A la Uniatlántico ingresan los hijos de los trabajadores, especialmente, con el propósito de adquirir una profesión que les ayude a mejorar su estatus, su calidad de vida. Por eso se acierta al decir que esta institución beneficia, sobre todo, a los sectores populares, que carecen de los recursos para ingresar a una universidad privada.

Por estas razones, cerrar a la Uniatlántico equivale a golpear los intereses de las mayorías regionales en un asunto muy sensible, como es su derecho a la educación superior. Podrán esgrimirse todas las justificaciones posibles, pero suprimir por la fuerza los procesos académicos habituales de la institución golpea directamente tales intereses.

Eso es lo que ocurre con el paro liderado por un sector minoritario de la universidad que, en apariencia, favorece a las mayorías, pero, en la práctica, cercena su principal motivación al ingresar a estudiar, que es académica. Lo cierto es que una universidad sin academia pierde su principal razón de ser.

El paro mata la docencia, la investigación, las tareas administrativas y socaba las demás funciones institucionales. También suprime la democracia interna (por sustracción de materia), y la deliberación que debe acompañarla.

El paro representa el triunfo de una élite pequeña y violenta que dice representar los intereses mayoritarios pero que, en la realidad, desconoce esos intereses, al anteponer su propia agenda ideológica y política a los deseos de la mayor parte de los estamentos.

No son solo las mayorías estudiantiles las lesionadas por un cese que lo estrangula todo, sino los contratados, los demás trabajadores universitarios, los profesores y todos los procesos académicos, que sufren los efectos catastróficos de una parálisis forzada, por demás irracional.

Ya algunos de los propósitos del movimiento se obtuvieron con creces, especialmente la salida del rector Carlos Prasca. Todo lo que se ha planteado ahora, como motivos para mantener el paro, tiene más el rostro de un pretexto que de una argumentación seria.

La deliberación para reformar los estatutos se puede hacer con la universidad abierta y con la gente ahí, participando activamente. Ya se ha podido ver que todas las fuerzas vivas de la institución desean la reforma profunda de unos estatutos obsoletos y con grandes problemas.

Hay disposición en las directivas actuales y en los estamentos para acometer esa tarea y para elaborar unos nuevos estatutos en el menor tiempo posible. Si no se adelanta ese trabajo en la actual coyuntura es porque no se quiere abordar, y porque se tiene una agenda oculta, no académica, camuflada bajo la idea de la defensa de la educación popular, pero que solo sirve para dilatar, con el propósito exclusivo de desestabilizar por desestabilizar.

Si la idea es defender y mejorar la calidad de la educación superior, la posición no consiste solo en acelerar los cambios pertinentes en todos los ámbitos, sino en quitarle las cadenas a la universidad, buscando el apoyo real de las mayorías.

Hay que abrir la Universidad del Atlántico para la gente. Esta institución no puede seguir secuestrada por una élite violenta que no sabe a quién representa, o que falsea la realidad para apropiarse de representaciones que no son las suyas, porque esos núcleos minoritarios, que matan a la institución, no son portavoces de la mayoría de los estudiantes, ni de los trabajadores. Tampoco de los profesores.

Esa minoría abusiva, que ha secuestrado la institución para llevar adelante una agenda oculta, antiacadémica, no puede estar peleando por los intereses académicos de nadie. Si ese fuera el caso, ya habrían abierto la universidad para rehacer la academia.

Una universidad encadenada no le sirve a ningún sector que desee y defienda la academia; solo favorece los intereses de los violentos con agendas oscuras, que no son académicos y que detestan la academia.

Para cumplir a cabalidad su función social, la institución debe abrir sus puertas al debate, a las reformas y a las transformaciones infraestructurales que sean pertinentes, especialmente en Bellas Artes. Hay que reabrir la Uniatlántico para el pueblo.   

Uniatlántico

 

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