9:51 am. Domingo 13 de Enero de 2019
Opinión
9:51 am. Domingo 13 de Enero de 2019

La Universidad del Atlántico ha sido objeto, otra vez, de actos violentos protagonizados por una minoría de encapuchados. Esta es la punta de un iceberg que se compone de diversos comportamientos agresivos que han hecho nido en la institución desde hace décadas.

En realidad, la subcultura violenta que aún palpita entre nosotros se expresa en dos direcciones fundamentales: una, de carácter simbólico, que emplea como vehículos la calumnia, la mentira, la difamación y el pasquín ofensivo contra quienes se considera opositores; y la otra, más cruda y bárbara, que viaja en la papa, la capucha, el tropel y la destrucción física de los bienes universitarios.

A raíz de los últimos acontecimientos, se han destapado, una vez más, las mil cabezas de la violencia. Ahora se agrega un ingrediente adicional, relacionado con la denuncia realizada por los paristas en el sentido de que personas de los alrededores ingresaron a la institución a agredirlos e intimidarlos.

Esa denuncia es muy grave, sobre todo porque los de la toma arguyen que los mototaxistas y los supuestos delincuentes de afuera entraron a la universidad con el visto bueno de los vigilantes y, lo que es más grave aún, que el atentado fue promovido por el rector y por funcionarios de la actual administración.

Si esa denuncia no es una mentira más (de tantas que se cuecen en la universidad), amerita una investigación que tenga como norte esclarecer qué ocurrió realmente, para despejar chismes y calumnias y para poner las cosas en su lugar, sin favorecer a nadie en concreto, sino solo a la verdad de lo ocurrido.

La violencia sacó otra vez su feo y putrefacto pico, debido a las nuevas contradicciones al interior del movimiento estudiantil. Resulta que un sector radicalizado de los estudiantes (que quiere continuar el paro) desconoció los acuerdos nacionales del movimiento precisamente para continuar el paro.

Ese núcleo pro-paro ha criminalizado a los dirigentes que alcanzaron el acuerdo con el gobierno, tildándolos de traidores, entreguistas o vendidos. Estas son descalificaciones muy injustas, dirigidas a líderes que se dieron la pela por la Universidad Pública, sometiéndose a todos los sufrimientos que cabe esperar en una lucha como esta.

El gran pecado de esos dirigentes, según el radicalismo parista, ha sido aceptar y defender los acuerdos nacionales y, además (como consecuencia de esa posición), plantear la idea del levantamiento del paro, y la necesidad de reanudar las actividades académicas, de abrir la universidad no solo para su vida habitual, sino para seguir la batalla, pero con la mayoría ahí, en el campus.

El otro gran pecado de esos líderes (y de todos los que queremos la universidad abierta) ha sido no estar de acuerdo con la posición de los tomistas y de sus seguidores. Los paristas conciben su paro como una especie de dogma indiscutible, que está por encima de los argumentos que en su contra se puedan emitir.

De hecho, cuando se les pregunta por qué no aceptan los compromisos firmados a nivel nacional con el gobierno, se van casi siempre por las ramas, sin concretar una posición creíble, y hasta llegan a plantear falsedades. Si uno les pregunta qué piden, más allá de lo pactado, tampoco manifiestan ideas claras.

Es decir, parece que manejaran la idea del paro por la simple idea del paro, sin razones de fondo que justifiquen su posición. Y a partir de esa actitud irreductible, sectaria, descalifican a los demás como traidores, entreguistas y regalados, como si lo conseguido no valiera nada, y como si no se hubiera luchado con todo para lograrlo.

Otra cosa, distinta al pensamiento dogmático y sectario de los paristas, es lo que ha ocurrido en realidad con el movimiento por la defensa de la Universidad Pública. Es un hecho que fue una batalla justa que arrojó frutos positivos: posicionó a nivel nacional el tema de la desfinanciación de las universidades.

Obtuvo la simpatía del pueblo colombiano, que sintió esa lucha como suya y que, tácita o abiertamente, apoyó a los estudiantes. La toma pacífica de las calles fue sumamente efectiva, y se convirtió en un ejemplo a seguir por todos los movimientos sociales.

Al comienzo, la participación era tan masiva que muchos llegamos a pensar en mantener un gran movimiento de masas que, desafortunadamente, fue cortado por ese paro prematuro que ha hecho más daño que bien, a pesar de que presionó al gobierno.

Lo más importante fue que el movimiento estudiantil logró resultados tangibles, al mejorar la base presupuestal de las universidades públicas, y al abrir la puerta para la batalla por la continuidad de su refinanciación. Así mismo,  al posibilitar un camino para la exigencia de una universidad gratuita y de calidad.

Son logros que no se pueden pordebajear (pues la idea no era tumbar a Duque o tomarse el poder), pero que a los paristas les parecen poco, y por eso se la han enfilado a los líderes locales y nacionales que los aprueban y que plantean levantar el paro.

Lo cómico del asunto es que los paristas no solo han demonizado a los líderes que firmaron los acuerdos, sino a todo aquel que ose oponerse a su paro. Llegan hasta el extremo de poner el paro por encima de las mayorías y de la academia, como si la lucha no se hubiera planteado para beneficiar a la gente y por una mejor academia.

Ese movimiento se organizó para favorecer a las mayorías (que son las que se benefician de las instituciones públicas), y para defender a la Universidad Pública. Un paro que cierra, de hecho, la universidad (masacrando a la academia), y que echa a la gente para sus casas, ¿beneficia realmente a las mayorías y a la propia institución?

En el fondo, a los paristas parece interesarles poco el bien común. Y la defensa dogmática e irracional de su paro los lleva a cometer injusticias contra quienes no piensan como ellos, que son convertidos en enemigos y en objeto de sus calumnias y maledicencia.

Llevados por ese frenesí dogmático del paro por el paro, los paristas están cambiando hasta el uso adecuado de los conceptos. Ahora pedir el levantamiento del paro y el regreso de la academia se ha convertido en una herejía, en un pecado mortal, porque estas personas lo han decidido así.

¡Como si la razón de ser de la Universidad Pública no fuera la academia! ¡Como si la Universidad Pública no fuera patrimonio de las mayorías, sino de los paristas! ¡Como si la Universidad Pública solo existiera para el dogma ideológico y el dogmatismo de los paristas!

Los partidarios del paro se han tomado la institución y no solo irrespetan a la gente, cerrando la universidad como si fuera de ellos (privatizándola), sino que, para mantener su pretensión sectaria, no le paran bolas a nada…ni a la democracia, ni a la verdad, ni a las buenas maneras.

La mayoría de las facultades ya se pronunciaron sobre el asunto del paro. La decisión de esas facultades fue levantar el paro, abrir la universidad y reiniciar los procesos académicos. ¿Cuál ha sido la respuesta de los tomistas ante esos hechos indiscutibles?

Desconocer esa decisión, utilizando todos los trucos habidos y por haber, como si fueran politiqueros tradicionales que no respetan las decisiones mayoritarias. Y no solo desconocer esa decisión, sino sabotear las asambleas para que no se levantara el paro, como lo hicieron en Ciencias Humanas.

Pero ahí no se detiene su comportamiento incorrecto. El calendario para decidir cómo continuar la lucha, prosiguiendo el paro o levantándolo, se definió en el Concejo Académico con la PARTICIPACIÓN ACTIVA Y EL ACUERDO DE LOS PARISTAS.

Allí fue establecido que del 8 en adelante ocurrirían las asambleas por facultades, y que el 11 de enero habría una gran multi-estamentaria a las 9 a.m. en el Coliseo Chelo de Castro, que coronaría todo el proceso de decisiones. ¿Qué hicieron los partidarios del paro?

Oliendo que serían derrotados por las mayorías universitarias, se dedicaron a desinformar de manera burda, a utilizar (como si fueran discípulos del Centro Democrático) noticias falsas, a lanzar, por las redes y otros medios, informaciones mentirosas para confundir. ¿El dogmatismo parista también justifica el uso de la mentira y la desinformación como métodos de lucha?

En honor a la verdad, a la honradez y a la decencia, sería bueno que la comunidad universitaria y la ciudadanía externa conocieran en detalle qué ocurrió con las personas de afuera que entraron a agredir a los tomistas (según lo que han denunciado estos), sin que los vigilantes se percataran de su ingreso. Los tomistas responsabilizan de este hecho desafortunado al rector y a la administración.

Así mismo, sería muy importante (sobre todo en honor a la verdad y a la decencia) que los paristas explicaran por qué quieren mantener cerrada la institución, por qué desean continuar un paro que le hace mucho daño a las mayorías y a la academia, y que ya agotó todas sus posibilidades.

¿Por qué seguir, tozudamente, con un paro que la mayor parte del estudiantado rechazó en las asambleas por facultades? ¿Por qué no proseguir la lucha por la defensa de la Universidad Pública con la academia andando y con las mayorías ahí, activas?

Estas preguntas de fondo merecen respuestas bien argumentadas, sin las agresiones a que se han acostumbrado los adalides del paro.

¿Hasta cuándo la Uniatlántico debe soportar el calvario de la violencia y la imposición de unas minorías que se creen por encima de las mayorías, de la verdad y de la razón más elemental?

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