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7:50 pm. Jueves 03 de Octubre de 2019
Opinión
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Hijos, nietos, yernos, nueras, hermana y la bisnieta a su lado comparten con don Francisco en la víspera de sus 100 años de vida

Sus manos se agitaron levemente en tímidos aplausos mientras sus labios dibujaban una corta y alegre sonrisa de bienvenida. Era el saludo centenario de aquel personaje que sentado en una cómoda silla de mimbre recibía al periodista para la entrevista programada semanas antes en el cálido hogar donde ha vivido los últimos treinta años.

Su rostro reflejó el entusiasmo que producía saber que podía dejar para la posteridad a sus hijos y nietos el recorrido de sus cien años de vida. Sesenta y tres felizmente casado con doña Ramona Caro, y que serían 75 de matrimonio el 24 de diciembre de no haber fallecido hace 12 años su compañera de toda la vida.

Sus cinco hijos: Alejandro, Humberto, Edgardo, Marlene y Nidia estaban presentes en aquella cita en el barrio San Felipe. El día de la entrevista había estado con amenazas de lluvia, pero en la tarde el sol se mostraba radiante y sofocante. Detrás de él, un abanico giratorio proyectaba el suave viento de sus aletas refrescándole pausadamente.

Aquel día sentía total complacencia por el acompañamiento de hijos, nietos y bis nietos. Sus 100 años los vivírá tranquilo, pero inmensamente feliz. No todo ser humano tiene la posibilidad de acudir a una centuria de vida. “Es una bendición de Dios. Una vida llena de vericuetos, buenos y malos, pero lleno de entusiasmo y de gozo con mi familia”, expresó como preámbulo de la conversación con quien esto escribe.

Su nombre: Francisco Ortega Solano.

No es un personaje rimbombante, de especial estirpe social, ni de trayectoria artística o deportiva que lo sitúe como otros en la cúspide de la fama como para ser resaltado en este trabajo periodístico para Zonacero.com.  Es y ha sido siempre, un hombre humilde, sencillo como cualquier otro que a base de esfuerzo, trabajo y dedicación ha podido acudir a tan especial onomástico. Como técnico en la pailería, conocedor experto en la rama metal-mecánica y en soldadura, desempeñó su profesión por más de setenta años con éxito en empresas como el Terminal Marítimo y en Cementos del Caribe. Ha sido inmensamente feliz en su viviente trasegar durante su “primera centuria” en unión y acompañado de sus hermanos, hijos, nietos y bisnietos; ellos constituyen todo su núcleo familiar. Pero además ha sido una persona que siempre ha gozado de la admiración y simpatía de sus vecinos y amigos.

Nacido en el Callejón  del Topacio con la Calle del Limón, del populoso e histórico Barrio Abajo el 4 de octubre de 1919,  Francisco fue de los inquietos pobladores del sector en donde deportes como béisbol y fútbol irradiaban con fuerza en los años treinta hacia el sur para compartir con el Barrio San Roque primogenituras deportivas según describen nuestros historiadores. No fue deportista de equipo, sino de calle. De bola de trapo y béisbol con pelotas hechas con medias rellenas de algodón y de pita curricán. Corredor de calles de arenas de la vieja Barranquilla apostando a ser el mejor de la vecindad, practicante de trompo y bola de uñita y todas esas distracciones de la época. Conoció a futbolistas de talla como Roberto “Flaco” Meléndez, los hermanos Víctor, Juan y Gabriel Mejía, hijos de Micaela la fundadora del Junior en 1924. Vio jugar también a Julio Torres y “Me muerde” García en la época gloriosa del amateurismo en el Estadio Moderno.  Su memoria retrotrae recuerdos de equipos como el Filtta, Tejidos Obregón, Willard y Vanytor de los años del béisbol profesional a los que vio jugar en el Estadio Tomás Arrieta;  no duda en afirmar que el mejor narrador de béisbol fue Marcos Pérez Caicedo y en fútbol escuchaba a legendarios como Juan Illera Palacio y Tomás Barraza Manotas; pero reconoce que el mejor locutor deportivo ha sido Edgar Perea Arias.

Don Francisco contando historias de su recorrido en cien años de existencia

A fuerza de ver jugar a tantas y relucientes  figuras, se proclamó desde niño hincha juniorista. Pasión que aún conserva y que le hace vivir feliz en cada victoria pero que también le hacen derramar disimuladas lágrimas cuando el equipo pierde. Su memoria aún fresca a pesar del paso del tiempo recrea nombres de brasileros como Dida, Dacunha, Víctor Ephanor, Caldeira, de argentinos como “La bruja” Juan Ramón Verón, Delménico, y de uruguayos como Nelson Díaz, Mario Thull, Comesaña y Silva Pacheco. Pero claro, “cómo no acordarme de los nuestros como Pibe Valderrama, Valenciano, Pachequito, el gol del campeonato de Mackenzie y las atajadas de José Pazo”.

De sus 4 hermanos, Olga, la menor, y Rafael sobreviven en tanto Francia y Adolfo ya fallecieron. Con 83 años Olga asegura que es también juniorista a morir y ha seguido de cerca la historia del equipo rojiblanco. Entre voces y voces ella y Francisco controvierten a veces diciendo que “Caimán” Sánchez y José Escorcia han sido los mejores arqueros del Junior. Para ella el mejor ha sido el argentino Delménico y el mejor extranjero ha sido Víctor Ephanor mientras él afirma que no ha habido otro como el brasilero Dida. En ese momento intervienen sus hijos Humberto y Alejandro, herederos del fervor juniorista y quienes prefieren señalar que “como El Pibe, Valenciano y Pachequito no ha habido igual”. Pero igual que sus otros hijos Edgardo, Marlene y Nidia, en lo que si no tienen dudas es en manifestar todos que su padre “ha sido un ser inigualable que a base  a su esfuerzo y trabajo como estibador y soldador mecánico supo sacarnos adelante en educación, comportamiento social y responsabilidad”

Aquella tarde, en víspera del cumpleaños, acudieron a celebrar la centuria de Francisco, los yernos Alberto Heredia, esposo de Nidia y la nuera Inés Zúñiga, esposa de Humberto; los nietos Jesús Gabriel Ortega Zúñiga, Laura Heredia Ortega, Juan David Ortega Donado, Humberto Ortega Zúñiga y Luis Leonardo Barros Ortega. No podía faltar la bisnieta Ariadna Ortega Campo, la menor de toda la dinastía con solo 7 añitos y quien completaba así cuatro generaciones de una familia reunidas con un mismo propósito: celebrar los cien años de Francisco “El Hombre”, patriarca vivo del núcleo familiar. Como testigo presencial entre algunos invitados la seño Silvia Lasprilla De la Hoz, hermana de Alberto el esposo de Nidia.

 Entre sus recuerdos, Francisco recuerda el día en que Jorge Eliecer Gaitán, defendió en un juicio a una persona acusada de haber dado muerte a otra. El sindicado conocido como “El Turco” fue defendido exitosamente tras el brillante discurso de Gaitán en el Teatro Apolo. “Fue tan brillante su defensa que lo sacaron en hombros y la pasearon por las calles. Fui testigo y es uno de los gratos recuerdos que tengo del “Caudillo” colombiano”, nos dice en medio de la emoción que denota mientras describe aquella historia.

Conoció a soldados que estuvieron en la guerra de Corea, uno de ellos cuyo nombre no recuerda y al que llamaban “El Coreano” por haber estado peleando en esa guerra y quien construyó en su misma casa, un salón de billar en el barrio Cevillar. Dice que fue asiduo visitante en los primeros años de la Cien, el estadero que luego fue declarado patrimonio musical de Barranquilla.

Francisco no fue bailador empedernido, pero si gustoso de la música salsa, la música cubana del Trío Matamoros, Los Panchos y la Sonora Matancera. Sostiene que se deleitó y bailó al son de un bolero o una guaracha de Benny Moré y de los mambos de Dámaso Pérez Prado. Como buen barrio abajero disfrutó y bailó  con las cumbias de Crescencio Salcedo, los merecumbes de Pacho Galán y los porros del maestro  Lucho Bermúdez. Pero igual, aún se emociona escuchando rancheras de Pedro Infante, Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía, melodías con las que creció y departió con amigos y vecinos en tiempos juveniles. “En mis años de juventud fui parrandero pero muy responsable en mi casa. Trabajé hasta cuando las fuerzas me alcanzaron para educar a mis hijos y hoy en mis cien años me siento orgulloso de haber dado todo lo que pude a mi familia”.

De eso no hay dudas. Su hermana Olga apunta que al morir sus padres Francisco Ortega Orozco y  Antonia Solano Contreras, él, Francisco, el hermano mayor “se encargó de nosotros y de toda la familia”. Sus hijos todos corroboran que el patriarca de 100 años fue un buen hijo y ha sido un gran hermano, padre, esposo y abuelo. Desde hace 55 años padece de diabetes y desde hace algunos años sufre de la presión. Pero eso no ha sido óbice para seguir mostrándose como siempre lo ha sido: dicharachero, alegre, chistosos y con un buen humor que contagia a propios y extraños. Su manera de vivir, sereno, paciente y tolerante a toda prueba fue fundamental para durar más de 60 años en unión firme con su esposa Ramona quien de carácter fuerte imponía siempre orden y obligaciones en casa.

Al arribar a sus cien años de existencia, contrario a lo que otros dicen entrados ya en años de que “estoy viviendo horas extras”, él, Francisco Ortega Solano en medio de sonrojo y entusiasmo dice que espera vivir hasta que el Dios lo disponga: “Ojala cien años más…je, je, je..”

Por lo pronto de lo que sí está seguro es que este viernes 4 de octubre en su cumpleaños número cien, disfrutará la serenata con mariachis y guitarras del happy birthay que entonará en coro con todos los suyos. “Estoy tranquilo, he dormido bastante, tomando fuerzas para disfrutar toda la fiesta por mis primeros cien años...”

Entonces, don Francisco, volverá a entonar –como él mismo afirma lleno de nostalgia pero feliz--  aquellos versos del compositor Adolfo Pacheco en su canción “Me rindo majestad” y que por muchos años le dedicaba a su esposa Ramona antes de que ella falleciera.  

“Voy a dejar la vida de parrandero

 Ya disfruté los años de juventud

Porque así recogido soy más sincero

 Y más te quiero y me quieres tú...” 

En sus manos, la foto con su esposa Ramona, el día del matrimonio 24 de diciembre de 1944

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