1:21 pm. Domingo 14 de Abril de 2019
Opinión
1:21 pm. Domingo 14 de Abril de 2019

Desde antes de que yo tuviera uso de razón, el café es una bebida tradicional e imprescindible en todos los estratos de la sociedad colombiana. Aprendí en la niñez que esta sustancia prodigiosa tiene que ver con el desayuno, con la media mañana, las medias tardes y hasta con las noches de los estudiantes, y que se consume solitaria o mezclada con leche, entre otras variaciones.

Muchas personas lo beben por costumbre, sin reparar en sus efectos sobre el organismo. Las recientes investigaciones científicas han establecido que el café actúa en diversos ámbitos del cuerpo humano, y que, administrado moderadamente, no provoca consecuencias indeseables.

En general, la ingesta no excesiva de este estimulante actúa positivamente en la capacidad de atención, en las habilidades cognitivas y en la elevación del estado de ánimo mejorando, en consecuencia, la situación psicológica y la calidad de vida de quien lo ingiere (el promedio sugerido por los expertos es de 2 a 4 tazas al día, teniendo en cuenta las características de cada quien).

Es decir, la cafeína que contiene el cafecito puede actuar como un antidepresivo natural y como un estimulante de las actividades cerebrales involucradas en el trabajo de los intelectuales, por citar un importante ejemplo. Pero esa estimulación de las funciones del cerebro es lo que, tal vez, permita explicar por qué la taza del negro brebaje se ha vuelto tan popular e irremplazable en todo el planeta.

Es esto último lo que hace particularmente valioso el consumo moderado de café para quienes nos dedicamos a las tareas del intelecto. En mi caso, consumir café temprano determina, en parte, mi rendimiento como docente y como escritor. El testimonio personal es que ambas labores se han visto mejoradas por el consumo del café mañanero.

Yo descubrí que no podía tomar café con leche en el desayuno, porque sobrevenía un desastre gástrico, a tal punto que se veía comprometida la propia labor profesional como docente. Pero, así mismo, llegué a comprobar que el café solo, sin leche, no solo no provocaba los efectos de catástrofe que me hacían correr al baño, sino que me ayudó a regularizar el proceso digestivo, en todos los sentidos.

Para complementar lo escrito, lo más notorio es que el consumo razonable de café me está ayudando mucho en el proceso de lectura, de escritura y en el tono anímico general. La energía adicional que me insufla el consumo de la bendita taza ha influido, también, sobre la calidad de mis clases, y en la disposición para abordar el ejercicio físico en el gimnasio.

Yo creo que, en su papel estimulante y en cuanto a menores efectos adversos, el cafecito está muy por encima del cigarrillo, de la marihuana, de la cocaína o de cualquier otra sustancia psicoactiva que algunas personas suelen usar para combatir los bajonazos del estado de ánimo.

Además, el café es considerado como un alimento con mucha aceptación social y que posee varias sustancias benéficas para el organismo, como los antioxidantes (Ver: Dianna Mayrene Ramírez Prada, Café, cafeína vs. salud. Revisión de los efectos del consumo de café en la salud, Revista Centro de Estudios en Salud, Año 10, Vol. 1, No 12, 2010, pp. 156-167. Disponible en Internet).

Igual a como ocurre con otros alimentos, el café está contraindicado en ciertas condiciones, como hipertensión, problemas nerviosos, dificultades coronarias, etcétera. Esto quiere decir que debe ser consumido con moderación y, cuando hay contraindicaciones, eliminarse de la dieta o usarlo bajo estricta vigilancia médica.

Pero en todas aquellas personas en que no haya contraindicaciones, el café es un elixir de vida que debe ser preferido, por sus bondades y prestigio social, a cualquier otra sustancia psicoactiva que podría dañar irreparablemente la salud física o psicológica, como ocurre muy a menudo con la nicotina, el alcohol, la marihuana o la cocaína.

Los estudios científicos permiten establecer que el histórico cafecito es también efectivo para prevenir problemas en el cerebro, en el hígado, en el colón y hasta en la sangre, si se consume como debe ser, y si las circunstancias personales lo permiten. Sobre este punto concreto, hay bastante información confiable aquí en la web.

Los seres humanos somos ciclotímicos, unos más que otros. Es decir, nuestro estado de ánimo depende de la circulación de los neurotransmisores en el cerebro. Esa oscilación de sustancias químicas cerebrales no está condicionada solo por las  características orgánicas internas, sino por el entorno. La influencia externa, negativa o positiva, nos empuja hacia abajo o hacia arriba en el estado de ánimo.

El cafecito inhibe algunas de las sustancias que nos lanzan hacia la depre, y estimula otras que nos jalan hacia arriba. Este es el maravilloso secreto del café, como aliado psicoactivo, y por eso se ha vuelto tan apetecido por todos los estratos sociales.

Si no existe ninguna contraindicación, ¿por qué no consumir café, el elixir de los dioses? En vez de malbaratar la vida ingiriendo nicotina, cocaína, alcohol o marihuana para cambiar el estado de ánimo, ¿qué de malo hay en ensayar con el bendito cafecito, que goza de una fama ganada a pulso, y que no tiene los efectos catastróficos de las drogas más duras?

El café, el estimulante de todos, el que nos ayuda a vivir y a trabajar mejor. Tomémonos un tinto o un capuchino con vainilla para pensar y escribir mejor, o para lograr más energía a la hora del gimnasio.

El café: el único negro a quien nadie discrimina, pues no cree en la desigualdad social. Y se puede consumir hasta en Semana Santa, tanto por los creyentes como por los ateos. A beber café con prudencia para pensar y vivir mejor.

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