9:06 am. Domingo 09 de Junio de 2019
Opinión
9:06 am. Domingo 09 de Junio de 2019

La crítica intersubjetiva, la crítica entre los pares (los historiadores), o con los miembros de otras disciplinas, ha sido fundamental para la transformación de la ciencia histórica, al menos en dos planos principales: uno: en el nivel de las técnicas, métodos y teorías; y dos: en el campo de sus contenidos.

En el primer nivel, cabe mencionar la evolución de los recursos para trabajar las fuentes, entre los cuales se destaca la crítica externa e interna de estas, relacionada con la constatación de la originalidad de una fuente (crítica externa) y con la veracidad de su contenido (crítica interna).

La ampliación del universo de fuentes posibles, más allá de las escritas, trajo consigo una ampliación de los objetos de estudio, y la extensión de los campos a estudiar motivó el desarrollo de diversas perspectivas, que rebasaron la óptica positivista decimonónica, para dar lugar a grandes corrientes de pensamiento histórico, como el marxismo y Annales, por mencionar las dos más relevantes en el siglo XX.

En los últimos tres siglos, la historia ha pulido su universo de teorías explicativas, ha incrementado el número de categorías especiales, y ha depurado sus técnicas y métodos en una multitud de escenarios historiables, como la economía, la política, las mentalidades, los imaginarios colectivos, las tradiciones, la cultura simbólica, etcétera.

La ampliación de los objetos de estudio, debido a la crítica de la historia acontecimental, heroica o de las élites (que fue el énfasis principal de los historiadores del siglo XIX en Europa), redundó en beneficio de la calidad de las técnicas y métodos para tratar las fuentes.

En los tiempos que corren, no se puede considerar esta disciplina como un bebé, como una ciencia en pañales (tal y como la pensó Marc Bloch a principios del siglo XX), pues ha corrido mucha agua bajo los puentes, en términos de producción histórica, de mejora de la calidad de los contenidos, de ampliación del universo de las fuentes, y de la profundización en nuevos campos, antes inexplorados.

Esta mejoría notable de la ciencia ha tenido que ver con su institucionalización, especialmente en el ámbito universitario, mediante la creación de carreras para formar historiadores profesionales. Ese proceso arrancó en Europa y se extendió luego a todo el orbe, contribuyendo a elevar la calidad de la disciplina en todos los niveles, sobre todo desde el siglo XX.

Al interés por la historia universal, se unió el de las historias nacionales, regionales y locales, lo cual fue un importante acicate para relanzar los métodos, las técnicas, las teorías y los contenidos de la disciplina.

La necesidad de ahondar en las diversas facetas de la sociedad alimentó el desarrollo de la microhistoria, de la historia cultural, de la historia política de nuevo tipo, de la historia de las mentalidades colectivas, entre otros tópicos.

El interés por conocer a fondo los objetos de estudio prohijó la periodización en edades o etapas, como el feudalismo, la modernidad, para el caso europeo; o el período precolombino, colonial, etcétera, para el caso americano.

En nuestro país, la historiografía científica empezó su desarrollo en firme después de los años sesenta del siglo XX, bajo la influencia, sobre todo, de Annales y los historiadores marxistas europeos. Varios de los mejores historiadores profesionales nuestros se formaron en el exterior, especialmente en universidades europeas y norteamericanas.

Pero el desarrollo de historiadores profesionales también ha contado con la contribución de universidades del país, que implementan, desde hace décadas, programas de pregrado, de maestría y hasta de doctorado. Es decir, la formación de historiadores ya está muy especializada en la nación, y quien deseara realizar esta labor, tiene la obligación de integrarse en la educación formalizada con que se cuenta en todo el país.

Cualquiera puede atreverse a producir historia sin poseer dicha formación, pero nunca pasará de ser un historiador aficionado, o un amante de la historia con talento, que jamás podrá llenar los vacíos que deja no haber seguido la carrera académica y científica que siguen los historiadores profesionales.

Historiadores aficionados, amantes de la historia, fue lo que tuvimos en Barranquilla y la Costa durante el siglo XIX y principios del siglo XX. Por eso ellos produjeron los mitos y las leyendas que crearon sobre los orígenes de la urbe.

En aquellos tiempos, no había carreras para formar historiadores, como las que existen hoy en Barranquilla y Cartagena. Tampoco existía una tradición historiográfica sólida, como la que empezó a gestarse a partir de los años ochenta del siglo XX, con libros y ensayos que emplearon las técnicas, métodos y teorías de las corrientes históricas internacionales.

Todo este proceso acumulativo (relacionado con la formación de historiadores profesionales, con el uso de los recursos científicos propios de la disciplina y con el desarrollo de nuevos contenidos) ha mejorado la calidad de la producción histórica, y el sentido de la crítica intersubjetiva.

La crítica histórica ha servido y seguirá sirviendo para hacer progresar los recursos teóricos, técnicos y metodológicos de la historia; así ocurre en Colombia, y en cualquier otro lugar donde la disciplina se ha normalizado e institucionalizado.

La crítica histórica ha sido y seguirá siendo útil para profundizar en los saberes, para confrontar argumentos mal sustentados, para desarrollar nuevas perspectivas que contribuyan a ampliar los conocimientos históricos. Esto funciona así en la historia y en cualquier otra ciencia, respetando las diferencias.

La crítica es útil para desmontar mitos históricos y para generar nuevos contenidos, menos especulativos, más científicos, más profundos y pulidos. A esto no hay que tenerle miedo, y ese procedimiento debe ser respetado, si lo que se quiere es mejorar la calidad de las conclusiones históricas.

El crítico debe tener en cuenta la forma de las obras, el contenido de estas y el marco teórico que le sirve al autor para organizar su pensamiento. Debe atender a los conocimientos basados y no basados en fuentes que produce el investigador (Ver: Jerzy Topolsky, Metodología de la historia).

No es absolutamente necesario que el crítico haya producido estudios originales sobre cada uno de los ítems que integran una época, pero sí es imprescindible que conozca sobre lo que critica, apoyándose en los trabajos de punta, en la historia de última generación conocida en el momento del ejercicio crítico.

Si de lo que se trata es de criticar un estudio de la época colonial, lo ideal es que el crítico conozca la principal producción historiográfica de esa época, tanto a nivel nacional, como en el plano regional y local. Es inconcebible hacer críticas sin saber cómo se estructuró ese período, teniendo en cuenta la producción histórica de última generación que existe.

De igual modo, resulta irresponsable que alguien sin una formación adecuada en la historia colonial se meta a escribir cosas sobre ese período, volándose todos los protocolos del conocimiento de esa etapa. El asunto se complica si el personaje no posee la preparación de un historiador profesional.

Si no es un profesional formado en las carreras de historia, nunca entenderá la importancia que existe entre los contenidos que genere y las fuentes de época que se utilizan para producir resultados intelectuales. Los contenidos históricos sobre ese período deben estar siempre apoyados en fuentes primarias, de donde resultan las conclusiones o los asertos que contiene el discurso histórico.

Si no se procede de este modo, se corre el riesgo de especular, es decir, de originar asertos sin sentido, que no provienen del diálogo inteligente entre el historiador y sus fuentes, sino de la simple capacidad especulativa del investigador. Esta forma de proceder podría funcionar bien en la literatura, pero resulta deficiente en la historia.

De más está decir que el investigador que se atreva a penetrar en el período colonial debe poseer una formación mínima en ese lapso de la historia, tanto en el plano latinoamericano, como en el nacional, regional y local. Este bagaje le aportará una visión de conjunto y una profundidad de miras que beneficiará la calidad de su obra, aunque esta sea de tipo microhistórico.

Si carece de estos rudimentos intelectuales, lo mejor es que se abstenga de meterse en camisa de once varas, pues la crítica de los historiadores profesionales no le excusará su ignorancia, ni la falta de respeto de escribir o hablar de asuntos que no conoce, o que conoce muy mal.

La crítica histórica también se concentra en ciertos aspectos formales mínimos. Es inconcebible que, existiendo tanto manual de redacción y ortografía gratuito en la web, alguien ofrezca un trabajo mal redactado, con errores gruesos de ortografía, o con una forma de exposición confusa y hasta ilegible.

Es inconcebible que, existiendo normas nacionales e internacionales para redactar trabajos científicos, alguien presente un libro o artículo sin atender a ciertos requisitos mínimos, como identificar bien sus fuentes, saber citar estas, y organizar el material con orden y claridad.

Pero lo más inconcebible es que alguien que se ocupe de estudiar un asunto regional o local de la historia colonial, no conozca lo mínimo que existe dentro de la historiografía nacional o regional y, lo que es quizás peor, no use una sola fuente primaria de la época, existiendo ya compilaciones de estas por escrito, o pudiendo acceder a ellas por los medios virtuales.

Si alguien produce un estudio sin las calidades mínimas que exige la historia profesional, tarde o temprano se verá sometido a la crítica de los historiadores, quienes desnudarán sus falencias y errores de historiador aficionado.

Esto es así y debe ser así porque no estamos en el siglo XIX, ni a principios del siglo XX, cuando no existían las carreras de historia, ni la generación de historiadores profesionales con que contamos hoy, ni los contenidos históricos más depurados que se han producido y se están produciendo.

La crítica histórica contemporánea debe apoyarse en los avances que ha tenido la ciencia histórica a nivel internacional. Hoy es muy fácil acceder a los libros de los historiadores de talla mundial, ya que estos circulan en la web de manera gratuita. Quien no conozca a esos autores es porque no quiere, o no ha tenido orientación para conocerlos. Esa orientación la aportan los maestros de las carreras de historia.

La crítica histórica actual debe nutrirse de la producción historiográfica nacional, regional y local. Esas tradiciones intelectuales deben ser conocidas para que la crítica tenga más peso científico, y para que no se convierta en un simple choque de opiniones personales.

De más está decir que esos saberes deben ser tratados con respeto, no en el sentido de venerarlos como mitos, sino en el sentido de valorar que en su proceso de elaboración predominó el rigor, el manejo adecuado de las fuentes, y los protocolos científicos elementales de la disciplina histórica.

Esos saberes no podrán ser cuestionados con berrinche, especulación o charlatanería, sino con investigación rigurosa y profunda, la cual es mejor entendida y seguida por quienes saben de eso, que son los historiadores profesionales.

La crítica histórica es sumamente necesaria para hacer progresar la disciplina, en el nivel del uso de las fuentes, de la producción de contenidos, de las metodologías, teorías y técnicas específicas de una ciencia que ya alcanzó la mayoría de edad.

Sobra entender que tal crítica debe operar contra los especuladores y charlatanes a quienes no les interesa el desarrollo científico de la historia, sino solo hacer protagonismo, o hacerse visibles por otras razones.

La historia es una ciencia y, como tal, necesita de la crítica para avanzar. Pero esta debe seguir los protocolos rigurosos que dentro de ella se han forjado a lo largo de los siglos. El rigor y el respeto por sus reglas de juego es una condición indispensable del ejercicio crítico.

La historia sin crítica no habría alcanzado el nivel que tiene hoy, ni en el resto del planeta, ni en Colombia. Pero la crítica histórica es siempre una crítica científica, regida por las condiciones especiales de la disciplina. Esto es así y debe seguir siendo así para el buen suceso de la historiografía.  

 

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