10:01 am. Domingo 10 de Marzo de 2019
Opinión
10:01 am. Domingo 10 de Marzo de 2019

Es necesario precisar qué se entiende por ultraliberales en términos económicos. De hecho, el liberalismo extremo, en cuanto a la economía, no necesariamente coincide con el liberalismo político. Pueden coincidir las ideas liberales en economía con las ideas liberales en política, en individuos y grupos, pero no siempre ha ocurrido así.

El liberalismo político se asocia con la democracia liberal y constitucional, con una visión pluralista y antitotalitaria, con el funcionamiento de la sociedad de acuerdo con leyes, y con la existencia de poderes que, por lo menos en la teoría, se equilibran o controlan, entre otros aspectos.

El talante liberal en política rescata la importancia de la ciencia, del carácter laico del Estado, y critica todas las formas de dogmatismo o fanatismo, promoviendo la tolerancia y el respeto con respecto a las personas y sus ideas. Tales conceptos se han ido desarrollando a lo largo de la historia, pero adquirieron mayor trascendencia del siglo XIX en adelante.

El liberalismo económico, que es diferente al político, también tiene una larga trayectoria histórica. Los fisiócratas, aliados de la monarquía francesa, están entre los primeros que plantearon un esquema de economía liberal, para oponerse a los mercantilistas. Los fisiócratas sirven de ejemplo para probar que el liberalismo económico no siempre se combina con el liberalismo político, pues ellos eran “conservadores”.

Los fisiócratas se opusieron al proteccionismo y al papel intervencionista del Estado en la economía (en contra de lo que planteaban los mercantilistas), sosteniendo que debía concederse la mayor libertad para abrir empresas y para realizar los intercambios. La idea de dejar pasar y de dejar hacer, sin la interferencia del Estado, se le atribuye inicialmente a estos pensadores, que esbozaron un librecambismo extremo, inaplicable para su tiempo (siglo XVIII).

Se ha encontrado una línea de continuidad entre el liberalismo económico de los fisiócratas y el de Adam Smith. La riqueza de las naciones, la obra más famosa de este autor, es también un alegato contra las ideas mercantilistas, aún en boga en el siglo XVIII.

Smith también le apostó a la apertura de las naciones para hacer comercio, y a la más completa libertad económica para hacer intercambios y para desarrollar la industria y toda la economía. El Estado no debería intervenir en esta, pues lo ideal sería que se autorregulara mediante el mercado, la competencia o la ley de la oferta y la demanda.

Los pensadores del siglo XIX, que continuaron la tradición de la defensa o desarrollo del liberalismo económico, también le apostaron a la reducción de las funciones del Estado y a la mayor libertad en cuanto al funcionamiento del mercado.

David Ricardo se esmeró por demostrar el papel de la competencia en la transformación de las fuerzas productivas, en la productividad del trabajo y en el desarrollo general del sistema, sin intervención del Estado y combatiendo siempre el proteccionismo.

Los economistas de la llamada escuela austriaca pusieron los fundamentos teóricos del mito del mercado como único garante del desarrollo económico, y como agente que provocaba, por sí mismo y sin la interferencia del Estado y de los monopolios, hasta la solución de los problemas sociales.

Los ultraliberales en economía, llevando demasiado lejos la idea de Smith de que el “hombre económico” en la búsqueda de su propio interés ayudaba a resolver los problemas de los demás, concluyeron, sin tener muy en cuenta la evidencia empírica, que eso siempre ocurría así.

Es cierto que la economía de mercado es el mejor modelo (hasta ahora) para producir riqueza, para generar servicios y bienes de modo muy eficiente, así como es, también, el sistema que ha revolucionado de manera más continua e inigualable las fuerzas productivas y los recursos científico-técnicos que acompañan esa revolución.

Pero esa economía, por sí misma, ha demostrado una profunda incapacidad para lograr los equilibrios macroeconómicos que se suponen como dados en condiciones de libre funcionamiento.

Ni las crisis periódicas, ni el desbalance entre la oferta y la demanda, ni la desigualdad extrema entre quienes poseen y quienes están en la pobreza o la miseria, han sido resueltas, en ninguna parte, por los simples automatismos técnicos del mercado que, supuestamente, funcionan siempre para bien cuando se los deja operar libremente.

La libertad sin control de las ambiciones expresadas en las empresas, o de los funcionarios que sirven en los grandes conglomerados tras la búsqueda de ganancias, de minimizar los riesgos y de maximizar los beneficios, no siempre trae consigo lo sugerido por Smith, sino muchas otras secuelas perversas.

A las crisis periódicas que golpean la producción y la distribución de bienes y servicios, a la concentración en muchos casos histérica de la riqueza (que se acompaña de una desigualdad económica insostenible), se le une otra secuela problemática, cual es la de que los capitalistas y sus funcionarios, sueltos de madre, son capaces hasta de acabar con la naturaleza, tras la búsqueda de las ganancias.

La evidencia histórica indica que en ningún lugar el “homo economicus” completamente libre, sin ningún tipo de regulación o de normas, ha posibilitado la marcha armónica del mercado, o ha provocado, per se, una eliminación completa de la desigualdad extrema, y de los efectos perversos del capitalismo.

Lo que sugiere la práctica económica es todo lo contrario: en condiciones de dejar pasar y dejar hacer, reaparecen las crisis periódicas del sistema motivadas por los intereses creados que mueven a las empresas, resurge el deseo desenfrenado de ganar como sea, lo cual abre las compuertas de la corrupción, y estimula el desequilibrio extremo y socialmente insostenible en los ingresos, aparte de la utilización desmedida de los recursos naturales y sociales.

La incapacidad de la teoría económica liberal para resolver de manera eficiente los problemas sociales, y para superar los efectos más negativos del funcionamiento de la economía, ha servido de justificación para construir modelos que buscan la eliminación de la economía de mercado mediante la revolución.

Pero eso también ha servido para el desarrollo de propuestas alternativas, en el marco de la propia economía capitalista, las cuales buscan enfrentar los problemas que el solo funcionamiento libre del mercado no ha podido resolver. Entre esas propuestas se destaca la que esbozó, a principios del siglo XX, John Maynard Keynes.

Lo que demostró Keynes, en contra de la ortodoxia liberal, es que el mercado por sí solo es incapaz de superar la crisis económica. La prueba de esto fue la debacle ocurrida en los años treinta, y las crisis posteriores que han sobrevenido bajo la inspiración de los economistas liberales, especialmente la del 2008.

La libertad económica no puede ser vista como la panacea que lo resuelve todo, porque la experiencia histórica sirve para demostrar que eso es falso. Ni la mano invisible, ni el hombre económico, ni la simple ley de la oferta y la demanda han generado, por sí solos, equilibrios macroeconómicos duraderos, y la superación definitiva de los problemas sociales flagrantes.

Es un error creer que la economía capitalista, empujada por sus automatismos técnicos, trasladará a la humanidad a algún paraíso. La historia mundial indica lo contrario, a pesar de los logros indiscutibles de la economía de mercado.

Se comete un grave error al pensar la libertad económica capitalista como un dogma cuasi religioso con capacidad para solventar todas las dificultades, si se la deja actuar según su propio dinamismo. Nada de lo ocurrido hasta ahora en este planeta sirve para corroborar este mito hermético de los liberales económicos.

El déficit de justicia social; las desigualdades flagrantes motivadas por el sistema; las crisis periódicas originadas por los desequilibrios macroeconómicos (que la libertad económica en vez de paliar, incrementa); los efectos negativos contra la naturaleza, originados por el deseo de ganancia del hombre económico suelto de madre, todas estas y otras secuelas del capitalismo solo pueden ser enfrentadas por el Estado.

La experiencia histórica enseña que el Estado, no el mercado (como han creído los ultraliberales económicos, incluido Hayek), es un instrumento fundamental para redistribuir mejor el ingreso, para ayudar a paliar la desigualdad extrema aplicando normas sociales, y para frenar los impulsos destructivos y autodestructivos del modelo de economía liberal.

Si no fuera por el importante papel del Estado, jamás se habrían construido los canales que hoy conocemos para desarrollar la legislación laboral (derivada en gran medida de la lucha de los trabajadores), ni las políticas nacionales o internacionales de protección del medio ambiente, ni las estrategias legales que buscan contener la ambición galopante de los capitalistas, cebados por la ganancia a cualquier precio.

El mercado ha cumplido su papel histórico como importante escenario para el desarrollo de las fuerzas productivas, y para el incremento admirable de la producción de bienes económicos y de los servicios. La economía de mercado nos ha traído hasta donde estamos hoy en materia de confort, con sus pros y sus contras.

La competencia y la libertad económica son importantes como medios para incrementar la cantidad y la calidad de los de bienes y servicios, pero sueltas de madre traen consigo secuelas catastróficas que es necesario evitar. Es falso que el sistema, automáticamente (como lo pregonan los ultraliberales económicos), logra superar sus contradicciones más gruesas, como si fuera una especie de demiurgo o un dios que nadie ve y que tiende siempre hacia el bien.

La economía de mercado es una forma de organizar la vida, que resultó de una larga experiencia histórica de la humanidad. El mejor recurso con que contamos para comprenderla es la ciencia económica, y la historia económica como una variante que integra la teoría económica con la perspectiva histórica.

Cualquier intento por convertir la libertad económica en una panacea que lo resuelve todo debe ser visto con desconfianza, pues este encarna una incomprensión histórica del desarrollo económico, o expresa la ideología más fructífera de quienes controlan el mercado.

Los límites de la libertad económica dependen de los efectos catastróficos del modelo sobre la sociedad y la naturaleza. Y esos límites nunca podrán ser manejados por el sistema mismo, sino por el Estado y el control social. Porque siempre, detrás del mercado, están los intereses de quienes se benefician largamente de él.

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