9:33 am. Domingo 23 de Diciembre de 2018
Opinión
9:33 am. Domingo 23 de Diciembre de 2018

Estas dos grandes obras están destinadas a perdurar en la historia de la ciudad. La una, porque recupera el río Magdalena para la ciudadanía; la otra, porque nos libera de uno de los peores karmas, de ese que lacera a la ciudad periódicamente.

El Gran Malecón está revolucionando la vida de la urbe desde ya, aun antes de ser completado. Se convirtió por estos días en el más importante polo de atracción turística y en el epicentro de la recreación colectiva. Sus espacios abiertos invitan al disfrute de grandes y chicos, teniendo al río como principal testigo.

Es difícil imaginar lo que será la ribera occidental del Magdalena después de concluidos los cinco kilómetros de obra fundamental, y de insertarle al entorno todo lo que se tiene planeado. Esa zona se convertirá, en el futuro inmediato, en el escenario de renovación urbana más importante de la urbe.

Así mismo, integrará aún más al río y su ribera a la vida cotidiana de la ciudad, cuando, hasta hace muy poco, ese afluente tan decisivo en la historia nacional y local, se mantenía aislado por una especie de muralla china, y los barranquilleros no podían disfrutar de este recurso hídrico de manera colectiva.

Lo ideal es que se completen todas las obras adicionales al Gran Malecón propiamente dicho, y que se piense este macroproyecto como un extenso parque, con la arborización  (o protección) adecuada para disfrutarlo durante el día, que es cuando se tiene la mejor vista del Magdalena.

Un trabajo de arborización bien sistemático, de seguro convertirá el lugar en el parque más grande de la ciudad (y, quizás, del país), con amplias zonas para caminar, con ciclorutas y con toda la infraestructura turística, cultural y comercial, para consolidar este sitio como un nuevo pulmón multipropósito.

En una urbe que aún tiene un déficit alto en parques y zonas verdes, hacer del Gran Malecón el parque más largo y hermoso de Barranquilla, ayudaría a solucionar más de un problema social, y a posicionar a la ciudad de mejor manera en el concierto nacional e internacional.

La canalización de los principales arroyos es la otra gran obra que se adelanta en Barranquilla. Esta era una solución que añoraba hace mucho tiempo la ciudadanía, y que se planteó, por primera vez de modo sistemático, en los estudios de la famosa Misión Japonesa.

Los beneficios de la canalización ya empiezan a verse con la conclusión de algunas obras, como las de las calles 76, 79 y 84. Esta solución, pedida por todos y que le sirve a todos, no tiene partido político ni tampoco ideología.

Era una tarea de gran envergadura que debía hacerse, con mucho arrojo, disciplina, visión y sentido de pertenencia por parte de las autoridades, la cual había sido aplazada por los gobernantes anteriores, acudiendo a miles de excusas, y sin pensar bien en la relación costo-beneficio para la ciudad, y en su impacto positivo.

La canalización ha traído consigo un sinnúmero de problemas, todos articulados al asunto de la movilidad. Pero, en general, las personas entienden que el sufrimiento de ahora será recompensado dentro de muy poco con la desaparición de esos monstruos que afectaban la circulación de los vehículos y de la gente, y que herían la economía, la cotidianidad y hasta la propia vida de todos.

Es una buena noticia para la ciudad y para el país que, por fin, Barranquilla haya podido dejar atrás la coyuntura premoderna de los ríos peligrosos inundando sus calles, gracias a una administración que se puso el overol para trabajar sin descanso, enfrentando todas las dificultades, y sin dejarse avasallar por los problemas.

Al lado de los problemas sociales relacionados con la salud, la educación o la seguridad, el asunto de los arroyos era un agudo incordio que había que resolver más temprano que tarde, si la idea era construir una ciudad más propensa a progresar, y a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

El Gran Malecón y la canalización de los arroyos son dos monumentales obras destinadas a permanecer en el imaginario colectivo para siempre, con los efectos concomitantes que irrigarán sobre los gobernantes que las lideraron. Más allá del dinero, el principal premio para estos será el reconocimiento colectivo que, quizás, se convertirá en gloria.

Una gloria más que merecida, sin nos atenemos al impacto social de ambos logros, y al efecto multiplicador que provocarán, tanto en los habitantes citadinos como en la imagen de la ciudad ante los propios, los nacionales y los extranjeros.

Pensar en grande, con voluntad de servicio y sentido de pertenencia, es la mejor receta para convertirse en buen gobernante. No tanto porque así lo expresen las encuestas, sino porque así lo sienta la ciudadanía.

El colofón de esas virtudes son las dos obras aquí mencionadas, que ya se insertaron en el corazón de las mayorías, como dos huellas que nunca podrá borrar el paso del tiempo.

El Gran Malecón y la canalización de los arroyos: algo que debía hacerse para beneficio de todos, y que se convertirá, dentro de muy poco, en lo más emblemático del desarrollo urbano. En buena hora para Barranquilla.

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