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Opinión
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Todo el mundo habla de él. Incluso, más que sobre el clima. Cuando llegas a una barbería, ya no lo haces exclamando ¡qué calor tan infernal! Ahora, entras sonriendo y solo preguntas… ¿Vieron el partido?

Bien lo dijo Jorge Valdano: “…puedo apostar que el tema de conversación más recurrente en el mundo es el fútbol. Creyentes e intelectuales mantienen abierto el debate y parece no tener fin”. ¿Pero qué es lo que tiene el fútbol que lo hace tan especial? No tengo una respuesta precisa para eso, pero en el fútbol se conjuga una multiculturalidad que pasa por las costumbres, el nacionalismo, el fanatismo y hasta por los agüeros. Es como si varias fuerzas deban estar alineadas para poder conseguir el resultado deseado: ganar. Y aunque mucho se ha escrito sobre el “cómo se debe ganar”, la verdad es solo una: ganar, es ganar, así sea sufriendo.

Y por más que sufras a costa de un equipo; por grande que sea la decepción (recordemos la nefasta participación de Colombia en el mundial del 94 en que nos creíamos campeones) es imposible abandonar y tocar una varita mágica que nos haga hincha de otro equipo. Ya Eduardo Galeano había escrito una célebre frase sobre eso: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Y es que el fútbol, en un país como el nuestro, es una de las pocas cosas que nos une. Que nos convoca. Es lo único en que los buenos deseos provienen de todos. Y cuando se trata de la selección, mucho más.

Sin embargo, hoy la nueva generación de hinchas ha sido capaz de parcelar su corazón. Pueden ser hinchas de Millonarios, por ejemplo, y también repartir su afecto por el Barcelona, o el Real Madrid. Desbordan su pasión en el rentado nacional, pero una parte de ellos está desde la distancia apoyando a sus referentes internacionales. La globalización, esa que permite ver todos los partidos del mundo en vivo y en directo, ha fabricado estos singulares hinchas múltiples que pueden celebrar el título del Junior de Barranquilla, y gozar con el campeonato del Liverpool en la Champions League.

Hay hinchas 'orejeros', los que siguen fieles a la radio; los hay de televisor, que se visten, se disfrazan y se reúnen en grupo para gozar en casa como si estuvieran en el estadio y están los que, a pesar de todo, nunca faltan a la cita sagrada: puntuales, estarán en su asiento a pocos metros del gramado, haciéndole fuerza al onceno de sus amores.

El fútbol es inexplicable. Y de ello, radica parte de su encanto. Un equipo que lidera todo un torneo puede perder el partido equivocado y quedar por fuera de la final. Mientras otro, que sumó diez partidos sin ganar, resucita milagrosamente y se alza con el trofeo. El fútbol despierta las más inesperadas pasiones: un empresario promete una estatua al sempiterno técnico, si en su novena versión al frente del equipo, lo vuelve a coronar campeón. Hoy, casi que con la rigurosidad de un tema de urgencia manifiesta, se debate en Barranquilla dónde va a estar la estatua de Comesaña…

Solo en el fútbol once personas pueden pasar del cielo al infierno en noventa minutos. Hoy, los más queridos, mañana serán detestados. Hoy, el héroe de la jornada, podrá convertirse en villano. Pero el fútbol permite revancha. Y permite, por fortuna, que el agobiado corazón del hincha defraudado pueda volver a sanar. Y en menos de lo que canta un gallo, todo volverá a ser alegría. El fútbol es ingrato: ayer todo se le debía a Pékerman, Hoy, Queiroz es el mesías que nos guiará al éxito.

 Pero hay cosas más allá del simple talento de los jugadores. Más allá de si uno es mejor que otro. Si eres local, o visitante. “Hoy vemos el partido por este canal. El del otro, es salado”, suelen decir en el ritual antes de los encuentros, esos mismos hinchas que bautizaron sin reparos como “Refisal” a un querido comentarista deportivo. Es así, como un técnico asiste en la raya a sus dirigidos durante todos los partidos, siempre con la misma camisa. “Es la de la suerte”, confiesa mientras que explica que en su casa “la lavan con cuidado para que no se dañe”. Hoy la “camisa de Comesaña” parece ser más responsable del campeonato del Junior que Cantillo, Viera, Teófilo o Díaz.

Es la magia que va más allá de ver correr a 22 hombres tras una pelota. Es el ritual en que hombres y mujeres quedan atrapados cada vez que el balón rueda y juega el equipo de los amores. Es la conversación inagotable que nos permite hacer nuevos amigos y debatir de lo divino y lo humano. Es buscar la respuesta ausente sobre quién fue más grande: si Pelé o Maradona. Es llorar en silencio y rumiar la derrota, mientras otros gozan. El fútbol es, en resumen, una parte de la vida misma con capítulos buenos y malos. Con éxitos y fracasos. O como lo sentenció el prolífico escritor y músico inglés Anthony Burgess: “Cinco días son para trabajar, como dice la Biblia. El séptimo día es para el Señor, tu Dios. El sexto día es para el fútbol” .

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