11:33 am. Domingo 07 de Abril de 2019
Opinión
11:33 am. Domingo 07 de Abril de 2019

La Universidad del Norte le entregó, hace unos días, un Doctorado Honoris Causa en Economía al historiador y economista barranquillero Salomón Kalmanovitz. Ese fue un reconocimiento no solo de la Norte, sino de la intelectualidad local, a un pensador que se ha distinguido por su profundidad, independencia y agudo sentido de lo social.

Salomón ha dedicado la mayor parte de su vida al estudio, la investigación y a la producción de obras macizas muy útiles en diversos campos, en las cuales quedó plasmada su interpretación de la realidad nacional, desde una perspectiva que privilegia la economía y la historia.

Una rápida mención de algunos de los títulos de su vasto legado servirá para corroborar este aserto. En Ensayos sobre el desarrollo del capitalismo dependiente (1977) y en El desarrollo tardío del capitalismo (1983), el autor confronta el simplismo y el dogmatismo implícitos en la teoría de la dependencia.

En estas obras, su punto de referencia no es solo la teoría sino la conexión de la teoría con la práctica. Salomón se da cuenta de que el esquematismo dependentista niega la comprensión profunda de los países periféricos, por cuanto reduce el análisis a la simple influencia en estos del imperialismo, del mercado mundial o de las estructuras externas.

Por el contrario, sostiene que se han dado dinámicas internas que, en muchos casos, no dependen de las influencias exógenas. Es decir, apoyado en los estudios fácticos, arguye que los países dependientes no han sido tabulas rasas, que se han llenado de contenido por la simple acción de las naciones dominantes.

Este enfoque le entrega un mayor dinamismo a las variables internas, sin desconocer las influencias exógenas. A partir de esta interpretación, sostiene que la historia de cada país está en relación con la dialéctica entre lo endógeno y lo exógeno, sin que sea adecuado definir a priori qué es lo más decisivo para cada aspecto concreto de la historia de una nación.

La historia de una nación, en contravía de la visión dependentista ortodoxa, sí existe, en la mayoría de los países Latinoamericanos y en Colombia, y resulta del intercambio entre factores internos y externos, cuyos contornos no se pueden inferir de manera dogmática, a priori, sino mediante la investigación, articulando las teorías explicativas y las fuentes adecuadas.

Este ha sido un importante aporte del autor en el plano teórico, pues con su obra contribuyó a desmitificar la metafísica dependendista, y a abrir nuevos caminos dentro de la historia económica, al superar ese esquematismo analítico que dominaba en amplios sectores de la izquierda radical.

Otro aspecto sustancial de la obra de Salomón se refiere a la historia agraria de Colombia, especialmente a la que ocurrió durante el siglo XX. Sus trabajos en este campo deben ser considerados como esenciales, más allá de las exageraciones derivadas de su marxismo a ultranza, y de los nuevos estudios que han aparecido.

El desarrollo de la agricultura en Colombia (1978) y Economía y Nación (1985) contienen lo básico de sus análisis históricos en cuanto al tema agrario. La fuerza de este aporte se deriva de la cantidad de acervos documentales que emplea, obtenidos, sobre todo, de su experiencia con fuentes primarias en el DANE.

A pesar de que el problema se trabaja de manera más frágil en Economía y Nación, a medida que retrocede en el tiempo, es en esta obra donde alcanza una visión más holística de la sociedad colombiana, al integrar, desde la misma época colonial, aspectos extraeconómicos, es decir, sociales y políticos, especialmente.

Paradójicamente, Economía y Nación ha sido una de las obras más criticadas del autor, tanto por los historiadores como por la derecha política. Los historiadores le cuestionaron el que gran parte de su libro se basaba en fuentes secundarias, lo que, según ellos, le restaba originalidad.

Salomón nunca desconoció tal hecho, y por eso veía a ese texto, en buena medida, como un trabajo de síntesis historiográfica que se valía del esfuerzo de otros investigadores. Pero sería injusto negarle a este trabajo su propio valor, derivado del uso de muy sólidas fuentes primarias (sobre todo para el siglo XX), y de una perspectiva historiográfica que rompía con los moldes tradicionales.

Fue precisamente su interpretación peculiar de la historia nacional la que le granjeó la crítica más cerrera de la derecha y la ultraderecha. Para estas, el autor centraba su trabajo en la lucha de clases, en el análisis de la dominación y la explotación, y presentaba a las élites y a los grupos dominantes como los malos del paseo.

Más allá del maniqueísmo que caracterizó (y caracteriza) a cierta izquierda dogmática, es indudable que la historia nacional no es solo la del cambio y de las cosas buenas, sino también la del conflicto derivado de la injusticia y de las desigualdades más flagrantes e inadmisibles.

La historia personal de Salomón Kalmanovitz es parecida a la de otros intelectuales que supieron desmarcarse a tiempo de las exageraciones totalitarias de la izquierda. Entre su proceso y el de Tzvetan Todorov, por ejemplo, existe una llamativa coincidencia: la derecha lo detesta porque es demasiado izquierdista, y la izquierda lo odia porque es casi derechista.

La descalificación entre las gentes de izquierda se produjo a raíz de la adopción, en sus análisis, de un nuevo enfoque, derivado de los institucionalistas norteamericanos. Como él mismo confesó en el Auditorio de la Norte (y como lo destaca en un documento autobiográfico),  se trataba de transitar de una perspectiva menos universal, menos compleja y menos pragmática, a otra que entregara más opciones para el estudio de lo social.

Pero Salomón no se acerca al institucionalismo de la mano de Veblen, sino de uno de sus discípulos más destacados: Douglas North, Premio Nobel de Economía. En la obra de North sobresale el papel de las instituciones, de las imperfecciones del mercado, de las emociones, hábitos y costumbres de las personas como factores a tener en cuenta en el análisis económico.

Esa visión crítica de los modelos neoclásicos, demasiado ciegos con respecto a muchos matices de la realidad, le es muy útil para enfrentar sus nuevas tareas administrativas, y la academia menos inflexible a la que se dedica hasta ahora. De esta nueva etapa son algunos de sus trabajos, como Las instituciones y el desarrollo económico en Colombia y Ensayos sobre banca central en Colombia.

Por lo que llevamos visto, el Doctorado Honoris Causa en Economía que le otorgó la Universidad del Norte a Salomón Kalmanovitz es más que merecido. Es un reconocimiento que la universidad y la ciudad estaban en mora de hacerle a uno de sus hijos más lúcidos, representante de lo mejor de la intelectualidad que nació en esta tierra.

Ese Doctorado (promovido por dos de sus discípulos más distinguidos, Adolfo Meisel Roca y Jairo Parada Corrales) reconoce en vida una obra rigurosa, realizada con mucha independencia y sentido crítico. Pero también reconoce a una comunidad imaginada, y a alguien que siempre se ha identificado con ella, en su faceta caribeña y barranquillera.

Es cierto: la Norte se aprestigia teniendo en sus filas a un Doctor Honoris Causa como Salomón, pero el historiador y economista recibió con mucha emoción ese exaltamiento, porque provino de su gente, de la academia, y de la ciudad que ya nunca dejará de ser suya. Gran acierto el que se anotó con este gesto muy simbólico la Universidad del Norte.

 

 

     

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