4:18 pm. Martes 16 de Julio de 2019
Opinión
4:18 pm. Martes 16 de Julio de 2019

Una de las etapas más recordadas, sin duda, de la historia de la humanidad, ha sido conocida a través del paradigma del “Mundo Bipolar” en el contexto de la llamada “Guerra Fría”, aunque hay autores que prefieren utilizar el concepto, menos divulgado por cierto, de “paz caliente” que, a la luz de los argumentos expresados resulta ser más fiel a los procesos históricos vivenciados, donde dos grandes superpotencias buscaron definir áreas de influencias, muchas veces dispuestas a enfrentarse a través de un tercero (comúnmente un pequeño Estado),  pero tremendamente temerosas de un enfrentamiento directo que pudiera desencadenar la utilización de un arsenal nuclear de un tremendo nivel destructivo (el armamento nuclear cumplía con la supuesta función disuasiva del enfrentamiento militar)

 La relevancia del paradigma del mundo bipolar estriba, sin lugar a dudas, en su carácter explicativo. Es un paradigma, como diría Samuel Huntington, tremendamente parsimonioso, pero que permite explicar desde graves conflictos internacionales (incluidas guerras y guerrillas) hasta producciones cinematográfica (cada potencia utilizó lo que estuviera a su alcance para validar su visión de sociedad y, de paso, demonizar al enemigo)  y resultados de eventos deportivos (por ejemplo es la lógica del mundo bipolar la que permite entender la clasificación de Chile al mundial de 1974, ya que a meses de ocurrido el golpe de Estado, la Unión Soviética argumentó falta de condiciones para que su representativo disputara el partido de vuelta en el Estadio nacional de Chile). En esta lógica, la carrera espacial escribió algunas de las más interesantes páginas de este conflicto ideológico y la luna se transformó, desde la distancia, en el preciado botín que podía visibilizar a nivel planetario el triunfo de uno de los dos modelos que se disputan la hegemonía, por ejemplo desde la Con la Nasa, durante el gobierno de John Kennedy, los estadounidenses definieron que no aceptarían “irse a dormir cada noche con una luna comunista”.

 Los primeros avances del siglo XX, que luego derivarían en la carrera espacial, fueron desarrollados por los alemanes. La derrota material del fascismo en la guerra y gracias a la alianza ocasional entre liberalismo y marxismo relegaron al olvido los primeros esfuerzos alemanes. La disputa se centró entre la URSS y EE.UU. Ambos países destinaron enormes sumas de dinero a cumplir con sus objetivos que, por uno y otro lado, se orientaron en la posibilidad de disponer de satélites espaciales, orbitar animales vivos (luego supimos que la perrita Laika ya estaba muerta a la hora de salir al espacio exterior), poner a un astronauta en órbita y ser capaz de devolverlo a la tierra y ser el primero en llevar a una mujer al espacio exterior ( Valentina Tereshkova en 1963). Sin duda que parecía que la delantera la llevaba el bloque oriental lo que impulsó un enorme gasto de la potencia capitalista para contrarrestar el éxito soviético. 

 Hoy, a cincuenta años que el Apolo 11 alunizara, sabemos que los recursos comprometidos por EE.UU alcanzaron cifras records a partir de 1965. Para dicho año el presupuesto ascendió a 5.200 millones de dólares de la época, que representaban el 5,3 % del presupuesto estadounidense (unos 41.872 millones de dólares de hoy). Un informe proporcionado por la Nasa en el año 2004 aporta un dato relevante  al respecto, entre 1959 y 1972, se habrían destinado un presupuesto de 23.600 millones de dólares, que al día de hoy, representarían algo así como 140.000 millones de dólares. La oscuridad que, durante muchos años a nublado los procesos históricos vividos al interior de la Unión Soviética, no nos permiten aportar ni siquiera una cifra aproximada del gasto, lo que está claro es que fue enorme y que contribuye en una medida relevante a entender su proceso de crisis de las década de 1970 y de 1980.

 Mucho se ha destacado de cuán relevante para la humanidad fueron estas experiencias en término de desarrollo tecnológico sin que podamos evidenciar de manera clara, más allá de los discursos oficiales, de que habría favorecido mejores condiciones de vida que hemos disfrutado y que seguiremos disfrutando. Pero, y teniendo en cuenta la lógica económica de que los recursos tienen usos alternativos, pocos han reparado en cuál fue el costo de oportunidad de esa decisión en materias tan sensibles como en la medicina, alimentación, integración, medioambiente, vivienda, en fin. Asumo la responsabilidad de proponer un debate sin tener la respuesta, pero recordando que en la misma época en Estados Unidos se lucha por la ampliación de los derechos civiles de un elevado porcentaje de población afroamericana que vive condiciones intolerables de discriminación y, por lo que sabemos, vastos sectores de la URSS presentaban precariedades en sus condiciones básicas.

 Hoy, año 2019, el Presidente de Estados Unidos Donald Trump ha reflotado el proyecto Artemis, que pretende un nuevo alunizaje el año 2024 (en cinco años más) con un presupuesto de 104.000 millones de dólares, al mismo tiempo que la FAO entrega un informe en que la desnutrición en América Latina sigue en aumento y son cerca de 42,5 millones de personas que padecen de hambre (cerca del 7% de la población de la región); 2.000 millones de personas en el mundo carecen de acceso regular a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes; uno de cada siete bebés registra bajo peso al nacer; el 20% de la población africana padece de hambre… ¿Será el proyecto Artemis el mejor destino para ésos 104.000 millones de dólares?

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