9:57 am. Domingo 06 de Agosto de 2017
Opinión
9:57 am. Domingo 06 de Agosto de 2017

Como era de esperarse, los chavistas no solo eligieron, contra viento y marea, su Constituyente sino que la pusieron a andar en tiempo récord. Un día después de la posesión, surgieron de la Asamblea las primeras medidas, al ir de frente contra la oposición dentro de las instituciones.

La Constituyente fue pensada por los gobernantes como su última salida, como una estrategia para radicalizar la revolución y para derrotar a los opositores. Su primera víctima fue la Fiscal General (Luisa Ortega Díaz), quien se había convertido en un riesgo muy alto, desde un Ministerio Público establecido en la época del Presidente Chávez.

La singularidad de esta Fiscal consiste en que nunca pudo ser calificada de reaccionaria (a pesar de oponerse férreamente al gobierno del Presidente Maduro), ni asimilada a ningún partido de la oposición, pues no renunció a su condición de chavista, y sus críticas parecían tener siempre una sólida fundamentación legal.

Contra la Fiscal Ortega Díaz quizás se venga ahora lo peor. Ya la sustituyeron por un líder del chavismo, le decretaron la interdicción política y le congelaron todos sus bienes y cuentas. Aparte de esto, se le prohibió salir del país. No se descarta que la sometan a juicio por su apoyo tácito o abierto a la oposición que protesta en las calles.

El próximo gran objetivo político de la Asamblea será el Congreso, el bastión principal de los opositores organizados. Barrer esta institución es mucho más complicado, por los efectos políticos internos y externos de la medida.

Es probable que una solución extrema sea encarcelar a la mayoría de los miembros del parlamento, los cuales han tenido qué ver con la MUD y con las protestas populares. Este paso vendría luego de la disolución del Congreso.

La Constituyente fue estructurada y montada para barrer con los enemigos, donde quiera que se encuentren. La radicalización revolucionaria pasa precisamente por eso, lo cual se facilita por el control de las fuerzas armadas, que parecen tener Maduro y los suyos. O ellos o nosotros…es su gran motivación.

El enfrentamiento del problema político irá acompañado del asalto a los asuntos económicos. Se escribe asalto porque, a pesar de la debacle en casi todas sus ramas, la mayor parte de la economía venezolana aún está en manos de los privados. ¿Nacionalizarán o estatizarán los chavistas las empresas privadas, expropiando a los capitalistas, como ya se hizo en otros procesos revolucionarios?

Nada parece indicar que habrá diálogo con la oposición burguesa, pensando en organizar una economía que no excluya la propiedad privada y los mercados, como hicieron los chinos, luego de las reformas de los años sesenta.

Un diálogo económico de ese tipo es muy improbable, por el odio que aún domina a los contendientes y porque los chavistas pretender llevar su revolución hasta las últimas consecuencias…En ese escenario, tal vez no tenga cabida la economía de mercado.

El efecto de la Constituyente ha levantado los ánimos de los amigos del gobierno y de quienes lo apoyan en el exterior. Y da la impresión de haber sido un golpe demasiado fuerte para los opositores, quienes quizás no puedan salir por ahora de la trampa política en que los metió el chavismo.

Es probable que la frustración se haya apoderado también de quienes protestan en la calle, como se ha visto en los medios de comunicación. Si la presión callejera decae (por el efecto de la Constituyente y por el desgaste normal de esos movimientos parcialmente espontáneos), lo más seguro es que la MUD pierda el último tanque de oxígeno que le quedaba.

Sin protestas populares, sin ningún apoyo visible entre los militares y sin la oportunidad de orquestar una insurrección armada, el futuro de la MUD y los suyos no solo es incierto sino que podría ser catastrófico. Sobre todo porque lo que podía sacar del juego político a los chavistas era un cisma militar, una guerra civil o una invasión extranjera.

No hay señales de que el cisma militar sea posible, y lo mismo cabe decir de la guerra civil. Una invasión liderada por los Estados Unidos no es un escenario probable en lo inmediato (muy a pesar de la retórica de Trump), dadas las urgencias petroleras norteamericanas, el apoyo abierto de los rusos al gobierno de Maduro, y los más de sesenta y cinco mil millones de dólares que Venezuela le debe a los chinos.

Si baja el voltaje interno y externo, el camino quedará despejado para que los chavistas apliquen su programa revolucionario. Nada indica que harán algo distinto a lo que hicieron los marxistas ortodoxos en las revoluciones anteriores, incluida la cubana.

Es decir, lo que se avecina en Venezuela (si algo fortuito o premeditado no cambia la correlación de fuerzas) es la aplicación de una economía socialista: nacionalizaciones, estatizaciones, expropiaciones, con su corolario de huida en masa de los grupos burgueses y medios que no comparten la revolución. Todo el proceso será coronado con la famosa planificación socialista, para regular la producción y la distribución de los bienes y servicios.

Estas parecen ser las fórmulas dominantes en la Constituyente, y es el sueño de Maduro y de los chavistas. El problema grave con este sueño es que se trata de aparentes soluciones a los problemas sociales, que han fracasado en resolver esos asuntos a lo largo de la historia, incluyendo la Revolución Rusa.

Lo trágico es que, al final, la buena fe, la entrega a una causa, se van diluyendo detrás de una retórica que oculta los fracasos históricos de las ideas elaboradas por Marx, pues esas ideas terminan siempre en lo mismo: en una dictadura totalitaria cerrera y en una economía incapaz de ofrecer buena calidad de vida, pues mata el emprendimiento, la innovación y la creatividad que se requieren para generar riqueza, sobre todo bienes de consumo y servicios de calidad.

Lo que le espera a Venezuela bajo la Constituyente quizás sea más de lo mismo, cuando se pudo aprovechar la ocasión histórica para proponer y aplicar soluciones diferentes, con la idea de no repetir las torpezas del socialismo totalitario. ¿Estará condenada Venezuela a ser otro experimento fallido?

 

 

 

 

 

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