9:41 am. Domingo 30 de Julio de 2017
Opinión
9:41 am. Domingo 30 de Julio de 2017

La Constituyente del gobierno venezolano (que tiene el rostro de una “solución” desesperada) es la última alternativa del chavismo en su intento de frenar el conflicto político y social que desintegra a Venezuela. Los efectos de la medida, a corto y mediano plazo, indicarán si representó un salto al vacío o un golpe maestro.

Ante la agudización de la crisis política y social, Maduro y los suyos optaron por correr hacia adelante, repitiendo, en parte, la experiencia de la Revolución Rusa: empoderar a los sectores populares que les son afectos, en un intento de darle oxígeno a la alianza cívico-militar, que ha sido uno de los ejes de la ideología gobernante.

Como es normal, esta decisión fue bien recibida por los adeptos al chavismo, y también obtuvo el aplauso de la izquierda ortodoxa latinoamericana e internacional. Pero, así mismo, ha sido rechazada por los opositores internos, por algunos miembros de la ultraderecha latinoamericana, por la Unión Europea, la OEA, el gobierno de Trump y la ultraderecha gringa, y por una parte de los gobernantes latinoamericanos, entre otros.

En ese ambiente de pros y de contras internos y externos es notable la desmarcada de Juan Manuel Santos quien, debido a las necesidades del proceso de paz colombiano, mantuvo excelentes relaciones con los gobernantes del vecino país, las cuales ahora rompió al criticar la Constituyente y al gobierno de Maduro.

La presión de Uribe y los suyos (que no lo bajaban de amigo del castro-chavismo) y las condiciones electorales del año próximo, llevaron al presidente colombiano a abrirse en pelea contra Nicolás Maduro, lesionando la amistad y las buenas relaciones que existieron entre los dos países. En consecuencia, ahora los vecinos lo califican de traidor y, en un arranque de ira, el presidente de Venezuela le endilgó a Santos el remoquete de sanguijuela.

Lo ocurrido con Colombia es un síntoma del aislamiento relativo en que recaló la administración venezolana, como resultado de su famosa Constituyente. En el contexto internacional, la medida provocó que gobiernos y organismos multilaterales arreciaran sus ataques o se desmarcaran de Maduro y los suyos.

En síntesis, los gobernantes venezolanos optaron por profundizar la revolución, intentando “refundar la patria” mediante una Asamblea Constituyente destinada a crear una nueva constitución política y a barrer a la oposición incrustada en la Asamblea Nacional y en otras instituciones del Estado, como la Fiscalía General.

En un contexto de aguda polarización (derivada del enfrentamiento entre la MUD y el gobierno, y de la confrontación social callejera) esa Asamblea hace las veces de un tanque de gasolina que le arrancará nuevas llamas al conflicto social y político.

De hecho, la posibilidad del diálogo queda completamente sepultada, y el escenario futuro más probable es el de una agudización de la crisis, con consecuencias aún más lamentables que las ocurridas hasta ahora.

Venezuela prosigue atrapada en la lucha social y política y, en ese ambiente, la Constituyente no es una salida, sino una bomba de tiempo que estallará en cualquier momento y de manera inmediata.

El barco venezolano seguirá hundiéndose irremediablemente, porque el gobierno y sus oponentes prefirieron morir con las botas puestas, sin ceder un centímetro en sus posiciones. ¿Acaso existe otra solución para esa debacle?

 

 

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