9:55 am. Domingo 16 de Julio de 2017
Opinión
9:55 am. Domingo 16 de Julio de 2017

Por encima de la corrupción y la avaricia, por encima de la violencia y por encima de la pobreza yace un virus que lentamente está pudriendo las entrañas de la sociedad colombiana y cual fatal cáncer, está haciendo metástasis hacia todos los aspectos de la vida cotidiana del colombiano. Se trata  nada menos que de la ignorancia, no solo su existencia sino la militarización de esta por parte de las alas radicales de la política nacional. Como táctica sistematizada, las facciones extremistas dentro de nuestro panorama político utilizan la desinformación y el engaño para hacer florecer la semilla de la incultura dentro de nuestra población con el fin de sembrar discordia y alienar a la gente que dicen representar. 

De este estado de hechos tan corrosivo tienen responsabilidad tanto la ciudadanía como los radicales, pues si bien son estos últimos son los que  lanzan las campañas de desconocimiento, estas carecerían de eficacia alguna si no fuese por el aparente desdén que reside dentro de los colombianos hacia la tarea de buscar la verdad más allá de lo que leen en Facebook o en Twitter. Razón por la cual la inversión en el infundio se hace tan rentable cuando se trata del capital político de los dirigentes y  “Líderes” de nuestra nación y por eso mismo resulta siendo un arma letal a la hora de las frecuentes guerras entre estos mismos y cualquiera que se interponga en su camino.

El ejemplo más claro y reciente de esto es el enfrentamiento y la batalla campal que parece avecinarse entre el reconocido periodista Daniel Samper Ospina y el exmandatario y megalómano de tiempo completo, Álvaro Uribe Vélez. El periodista bogotano nunca ha tenido escrúpulos para lanzar agudas y fundamentadas criticas al expresidente y a muchos otros dirigentes mediante el humor y la sátira. Indudablemente, Samper se ha convertido en un personaje sumamente polémico pero a diferencia de muchos otros que frecuentan  el centro de la polémica del país, este lo hace respetando la delgada línea entre el periodismo y el insulto, entre la crítica y el odio, entre  el grito y el argumento, virtud de la cual carecen centenares de figuras públicas en esta época.

Seguramente no es novedoso el hecho de ver a Uribe librando una guerra en las redes sociales contra un opositor ideológico, es más, este es el lunes por la mañana de todos los colombianos. Sin embargo, esta última campaña del antioqueño resalta negativamente sobre el resto por el hecho de haber acusado al periodista de ser un “violador de niños” hecho que se asemeja a las cacerías de brujas en la era medieval, cuando simplemente por plantear un desafío al establecimiento se les tildaba de embajadoras del diablo, criminales y se les quemaba en la hoguera. Con esto parece que el ahora senador quisiera tirar a Samper a la hoguera pública en razón de sus críticas. Vuelve y juega el viejo truco otra vez, desviar la atención del público de los argumentos hacia la persona que los emite, mediante sus imputaciones deshonrosas con el fin de generar rechazo hacia este y por consiguiente hacia sus argumentos. Todo esto mediante el engaño cargado sobre los hombros del cinismo, que parece no tener límites cuando se trata del exPresidente. ¿y como acaba todo? Con el afianzamiento del virus de la ignorancia que trae consigo las peores enfermedades, la polarización y el fanatismo.

No me parecería correcto acabar esta columna en una nota meramente critica al ex mandatario, pues en estos días criticar a Uribe le resulta a una persona medianamente sapiente un reto tan difícil como la tabla del uno. Me propongo, en vez, cerrar con un mensaje de solidaridad. Últimamente la integridad de los periodistas honestos y del periodismo como tal se ha visto amenazada por las voces de la avaricia y el poder, por tanto debemos defender a capa y espada a Daniel Samper Ospina, no por compartir su opinión o por afinidades personales sino por principios, por no dejar que las manos del poder le corten la lengua a los que no tragan entero, a los que con sumo coraje desafían con dignidad, integridad y con la verdad como bandera a las fuerzas que se plantean mantener al público nacional en la suma insipiencia. Hoy yo también soy Danny. 

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