9:47 am. Martes 11 de Julio de 2017
Opinión
9:47 am. Martes 11 de Julio de 2017

“Estamos en una democracia y tengo derecho a opinar” dijo sin ruborizarse el abogado Abelardo De La Espriella después de publicar una columna en El Heraldo de Barranquilla titulada “Muerte al tirano” en la que propone una solución definitiva para erradicar los problemas de Venezuela: asesinar a Maduro.

Del abogado no me sorprende para nada su “intrépida” propuesta, al fin y al cabo, él fue el mismo quién aseguró que la ética no era necesaria para ejercer el Derecho. Pero sí me sorprende por EL HERALDO, medio en el cuál me formé como periodista y al que le guardo profundo afecto. El mismo Director le salió al frente a las críticas (que no son pocas) aduciendo que solo se enteró de la columna del abogado, después que esta saliera publicada. Algo así como un “me acabo de enterar” del Presidente Santos, célebre frase que dio pie a innumerables memes.

Permitir, por consenso u omisión, que se distorsione el alcance real que debe tener la  “libertad de expresión”, es algo que sí reviste gravedad. Las reacciones “a rayo caído”, esas explicaciones extemporáneas sobre un mal que ya se hizo, poco pueden remediar la situación, incluso, si ya se eliminó del roster de colaboradores al citado columnista. Pues la sensación de que la apología al magnicidio se germinó desde las páginas de opinión de un medio tan reconocido, no se borrará de un manotazo. La responsabilidad es compartida sin duda: la tiene el columnista y, por supuesto, el medio que lo permitió así sea “sin culpa”. Las causas del por qué, ya serán anecdóticas y las explicaciones –aunque podrían ser válidas—no nos quitará esa malsana sensación de que se está desvirtuando al periodismo, al derecho a la opinión y a la ética y la moral.

No es un asunto menor que desde una columna se proponga matar al presidente del país vecino. No solo atenta contra el más mínimo concepto de la decencia, sino que enciende más el fuego en para que se aviven las pasiones y que la salida democrática que tanto se anhela, sea reprimida con más violencia. Apagar el fuego con el fuego, nunca ha sido la más sensata de las soluciones. Venezuela es en este momento un país ad portas de una guerra civil.

Todos reclamamos para la tierra de Bolívar una inmediata restitución de la democracia. Pero una democracia impuesta gracias al asesinato del líder represor, jamás sería una democracia legítima. La presión internacional; el pronunciamiento de los Estados; la presión interna, las manifestaciones, las tomas de las calles, irán debilitando aún más las dictatoriales políticas vigentes hasta cerrarle el cerco definitivo a Maduro.

Decir que lo que escribió es lo que muchos piensan en privado es también una frase absurda. El periodismo es público y por ello, afecta a la comunidad, al que lo lee y también sobre el que se dice algo. No es lo mismo un rumor de coctel, que un escrito en un periódico de circulación regional.  No Es lo mismo, señor De la Espriella, que usted le diga a dos de sus amigos mientras comparten un whisky que hay que matar a Maduro… que decirlo en un medio masivo de comunicación. Hay algo que se llama responsabilidad social que es intrínseca a la razón de ser de los medios y del periodismo mismo.

Da grima –por decir lo menos—que para tapar tamaño despropósito el medio “intercambie cordiales cartas” con el “columnista”. Cartas en las que, lo único que faltaba, era que el director Schwartz le pidiera disculpas al abogado. La columna en cuestión es un campanazo de alerta sobre el estado de la intolerancia que campea en el país. Intolerancia con la que, para solucionar algún problema, se propone asesinar.   Hoy fue a Maduro. ¿Mañana a quién? 

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