4:06 pm. Lunes 13 de Marzo de 2017
Opinión
4:06 pm. Lunes 13 de Marzo de 2017

Ser mujer es un peso, más que un motivo para celebrar. Pasada ya la efervescencia de las felicitaciones me atrevo a hacer una reflexión personal sobre la realidad de la condición del género femenino en la actualidad, una contemplación que no debería limitarse a la condescendencia de un 8 de marzo.

El día de la mujer no es una fiesta, es la conmemoración de un día trágico (el incendio de una fábrica textil en Nueva York) y de una larga lucha por la más básica de las reivindicaciones sociales: la igualdad. En tiempos en los que la pelea parece ganada –parece-, resulta fácil olvidar el sentido de este homenaje. El pecado de hombres -y mujeres- es creer que se trata de un agasajo para celebrar características inofensivas y superficiales: la belleza, la ‘fuerza’, la alegría, el amor o la maternidad.

Al hacerse universal, el día de la mujer ha sido despojado de todo su simbolismo reivindicatorio para convertirse en un evento fraternal que perpetúa la idea medieval del amor cortés, el hombre galante y la dama sumisa y virginal.

Una mujer no es valiente, bella, alegre o amorosa, estas ‘virtudes’ responden tan solo al ideal femenino que el machismo mantiene vivo y es usado más para censurar, violentar y limitar, antes que para enaltecer (fin absurdo al fin y al cabo). Una mujer puede ser lo que le dé la gana, de a ratos y según las circunstancias, ningún ser humano puede ser reducido a cinco características, ni a diez, ni a veinte, la complejidad se aplica tanto a hombres como a mujeres.

Lo cierto es que ser mujer significa enfrentarse a serias limitaciones y dificultades desde la cuna. Por eso conmemoramos el día, para no olvidar la realidad y avergonzarnos, no para regodearnos en romanticismos trasnochados. No existen suficientes toneladas de rosas que puedan ocultar que, en Colombia, las mujeres ganan alrededor de 20% menos que los hombres o que las tasas de feminicidios en el país se mantienen estables o al alza (aumentaron en 2016 con respecto al 2015) en tiempos en los que tanto se habla de paz.

Tampoco se pueden obviar las cifras de la cotidianidad, de la violencia intrafamiliar con la que casi todas las mujeres conviven en algún momento. En 2016 se presentaron en Colombia casi 10.000 casos más que en 2015 (40.483 a 49.712). La mayoría de las veces el victimario no es otro que una pareja o expareja.

Es fácil encontrar un consenso entre los especialistas a nivel mundial sobre el hecho de que la mayoría de los casos no son denunciados, al contrario, son normalizados y aceptados con el tiempo. Es algo en lo cual pensar porque, probablemente, la mayoría de las mujeres han sido víctimas y la mayoría de los hombres hemos sido victimarios, normalizando actos basados en una cultura machista que afecta, de una forma u otra, tanto a hombres como mujeres.

La acción muchas veces imprudente de los medios, que solo ponen el foco de la atención pública en los casos de feminismo extremo, ha terminado por minar la imagen de un movimiento que sigue siendo absolutamente necesario. Este rechazo se ve incluso entre las mismas mujeres que, de forma errada, empiezan a ver al feminismo como una forma de animadversión hacia todos los hombres, en vez de la búsqueda de una igualdad de la que no gozan, piensen o no en ello.

Hemos visto en los últimos tiempos un giro hacia la derecha política y hacia las posturas sociales conservadoras, las cuales siempre son más convenientes para aquellos que observan todo desde una posición de ventaja –los más cobardes e irracionales además-. No es extraño encontrar casos de hombres que intentan equiparar las desventajas a las que se enfrentan las mujeres con las propias, como si uno o dos casos publicados en fuentes de dudosa confianza bastaran para respaldar su postura.

Vivimos en un mundo injusto, pero caer en el victimismo absurdo de las nuevas generaciones, que necesitan sentirse heridas para ser especiales o, mejor, para justificar el no serlo, es un despropósito.

Si para algo debería servir el día de la mujer o cualquier otra fiesta que gire en torno a la figura femenina, sería para señalar y atacar al machismo. Esto significa para nosotros, la mayoría de los hombres, aceptar nuestra innegable responsabilidad diaria al hacer más difícil la vida a la mitad de la humanidad. Sea con pequeñas transgresiones, como la reducción de un ser humano con una historia que no conocemos a un pedazo de carne para mirar; o el irrespeto a la dignidad de nuestras parejas.

Hay que dejar de ser condescendientes, las mujeres no son animales a los que aplaudir y, en todo caso, las cifras demuestras que los hombres estamos más cercanos a esa condición. ¿Son fuertes, alegres, bellas, amorosas, luchadoras? Sí y no, todos los seres humanos del planeta son eso en algún momento de la vida dependiendo de quién mire sin importar su sexo. Las mujeres son como cualquiera, pueden ser cualquier cosa.

Quizá el mayor reto sea empezar a entender que son iguales, sin excusas, sin los elaborados, pero vacíos, romanticismos medievales. Libres y amigas.

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