5:21 pm. Viernes 17 de Marzo de 2017
Opinión
5:21 pm. Viernes 17 de Marzo de 2017

Aunque pensaba tratar sobre otro tema del cotidiano trajinar, y aunque muchas historias han sido reveladas ya en las últimas horas, no podía sustraerme tampoco del querer referirme a esa figura del deporte que acaba de fallecer y que llevaba por nombre Rodrigo Valdés Hernández.

Su contundente pegada de derecha, su  gancho de izquierda a la mandíbula y su elegancia para desplazarse en el ring, sin rehuir al enemigo, le dieron una característica personal que le merecieron grandes elogios y quizás el aval de ser llamado “Rocky”  en alusión quizás a aquel campeón mundial de los pesos pesados de otros tiempos Rocky Marciano.

Así lucía en el cuadrilátero este púgil de Cartagena que  se “robó” los aplausos de toda Colombia y del mundo cuando haciendo gala de sus virtudes ganó el título universal de las 160 libras. Su grandeza no estuvo solo en aquella conquista. También lo fue en sus cuatro defensas, en las nunca olvidadas peleas con Bennie Briscoe en Mónaco y en las contiendas con el argentino Carlos Monzón. A este no pudo vencerlo, pero en ambos combates fue-como lo afirmaría el mismo campeón de las Pampas-su más digno y aguerrido rival.

Rodrigo Valdés fue un guerrero de la vida. Desde cuando niño se adentraba en las aguas del mar y del río para pescar con dinamita, un explosivo prohibido pero que él con otros familiares arriesgaban la integridad física para conseguir el producto con el que comerían en casa o vendían para sustentar el pan diario.  Y fue guerrero en el ring. Tan grande como lo fue Antonio Cervantes Kid Pambelé, primer campeón mundial de boxeo colombiano.

El mercado de Bazurto y las esquinas donde creció y se mantuvo siempre fueron sus lugares preferidos. Aún en las tardes de sus últimos años a donde concurría para compartir juego de dominó o para charlas por largas horas con sus amigos, echando y escuchando chistes, riendo a carcajadas recordando sus épicas batallas en los cuadriláteros. Su casi permanente sonrisa a flor de labio fue un sello personal que le distinguió en sus 71 años de existencia. Y sus dientes fuertes y brillantes en su mandíbula superior relucían mucho más mostrando las iniciales de su nombre y apellido RVH.   

Rocky Valdés trasegó por la vida desprevenidamente. Con la inocencia de quien todo lo cree bien y quien nada malo espera de los demás. Su familia así lo vivió y compartió. Y así desprevenidamente subía al ring a categorizar con sus puños. Por eso, no rehuyó nunca, siempre marcaba el paso hacia adelante, sin importar recibir derechas o izquierdas, él iba en procura de su mejor golpe aunque para lograr la victoria tuviera que  recibir dos, tres o más de su oponente.

No tuvo largo reinado ni defendió tantas veces su corona como Pambelé. Pero fue disciplinado y supo defender bien lo económicamente ganado gracias al  poder de sus puños. La historia lo ubica en sitio destacado dentro de la nómina de los mejores de los medianos (160 libras) del Concejo Mundial de Boxeo y del AMB, en la que el argentino Monzón quien conoció la contundencia del cartagenero,  ocupa puesto preferencial.

Bennie Briscoe, el norteamericano favorito en las apuestas, fue tres veces víctima de su potencia. Primerio el 25 de mayo de 1974 en Mónaco, propinándole el único nocaut de su carrera de 95 combates; También le venció recuperando el título unificado del Consejo y de la AMB el 5 de noviembre de 1977 en Campeoni, Italia. Triunfó en defensa del título frente al francés Gratien Tonna, Ramón Méndez, Rudy Robles y Nessin Max Cohen. El 22 de abril de 1978 perdió por siempre su corona ante el argentino Hugo Corro en combate realizado en San Remo, Italia. Cansado quizás del trajín y con pocas posibilidades decidió retirarse en 1980, aunque lo hizo después de pelear y vencer en Bogotá a Gilberto Almonte el 28 de abril.

Rocky Valdés, segundo campeón mundial de Colombia después de Kid Pambelé, también fue ejemplo para las generaciones boxeriles de entonces y que le merecieron a Colombia los muchos otros títulos conquistados desde aquellos tiempos. Happy Lora, los hermanos Cardona, Baby Rojas y muchos otros campeones, vislumbraron en las figuras de Pambelé y del Rocky  los éxitos que podían cosechar ellos, como en efecto aconteció.

Eran otros tiempos. Era la época del boxeo glorioso en el mundo. Con los resonantes nombres inscritos y latentes de Mohammed Alí, de Joe Frazier, Sony Liston, De George Foreman, Larry Holmes, de Ken Norton y otros en la máxima categoría y de otros que siguieron en otras categorías como Sugar Ray Leonard, de Mantequilla Nápoles, de Marvin Hagler, Tommy Hearn, , Carlos Palomino, Mano de piedra Durán, Salvador Sánchez, Alfonso Zamora y muchos otros que reinaron e hicieron grande el deporte de las narices chatas entre finales de los sesenta y poco más de los ochenta. Cuando el boxeo era dirigido por la AMB (Asociación Mundial de Boxeo) y el CMB (Consejo Mundial de Boxeo). Cuando concertar la unificación de tirulos de ambas entidades era un verdadero desafío por el poder económico y la calidad de sus boxeadores.

A esa pléyade de grandes campeones del boxeo perteneció y quedó inscrito el nombre de Rodrigo Valdés. Tiempos de oro del pugilismo que se fue apagando luego y en la que ya no resuenan como antes grandes nombres que den lustre y prestigio al mundo de fistiana.

Valdés fue tan grande en boxeo, como grande fue, de corazón abierto a todos quienes le rodearon. Más allá de su familia, Rocky mereció el cariño y aprecio de todos los cartageneros en general y más de aquellos que ante él concurrían  en busca de alguna ayuda.

Este viernes 17 de marzo será llevado a su última morada. Morada terrenal, porque en lo espiritual permanecerá por siempre en el corazón de todos.

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