9:10 am. Domingo 05 de Agosto de 2018
Opinión
9:10 am. Domingo 05 de Agosto de 2018

Hay que responder esta pregunta acudiendo al más allá del amor que despierta este personaje carismático entre sus fieles. No es posible una respuesta pensando en una solución fácil, como la que ofrecen algunos sectores que lo detestan, para quienes Uribe es aceptado porque el pueblo es ignorante o estúpido y, por eso, muy manipulable.

No se entiende nada del asunto si se parte solo del supuesto de la ignorancia o el engaño que sufren quienes lo apoyan, y si no se captan los fundamentos psicológicos, ideológicos, políticos (o de otro tipo) que inducen a la gente a seguirlo.

Al analizar a fondo el problema, el argumento de la ignorancia o la estupidez solo recogería una pequeña parte de las personas. La tesis de que la población lo quiere porque no sabe, surge de la idea falsa de que esta es homogénea, y de que sus intereses o cosmovisiones también lo son.

El hecho es que la extracción social de las personas es diversa, lo que determina que sus intereses también lo sean. Además, sus actitudes no dependen solo de las apetencias o necesidades económicas, sino de otras circunstancias, como la religión, la ideología, el peso de la tradición, etcétera.

El surgimiento y desarrollo de un político como Uribe depende, en última instancia, de las condiciones de la historia del país en las últimas décadas. El estilo de este personaje es la consecuencia (en gran medida) del conflicto armado, más que de su deseo de guerrear, o de que posea un temperamento explosivo e incontrolable.

Como diría Ortega y Gasset, Uribe es él y sus circunstancias. ¿En qué medida esas circunstancias modelaron la forma de ser del político? Quizás mucho, pensando en el papel de la muerte de su padre a manos de la guerrilla, y en el rol regional y nacional que cumplió como enemigo de los grupos guerrilleros.

Tal vez la variable más importante para comprender la actitud de Uribe sea la de que fue una víctima que se rebeló contra el asedio guerrillero. Una víctima que luego se convierte en victimario, por su odio a todo lo que huela a guerrilla y a izquierda.

La guerra provocó varias reacciones en cadena, y una de ellas tuvo que ver con las élites y los grupos que decidieron enfrentar, con sus propios medios, la presión guerrillera. El paramilitarismo surge, en consecuencia, como un efecto de la confrontación.

La ausencia o incapacidad del Estado para asumir las tareas defensivas prohijó que los privados se dieran a la tarea de proteger sus intereses con las armas en la mano, corriendo todos los riesgos. Esta es la matriz principal que permite explicar el paramilitarismo, como un resultado de la guerra.

El fenómeno se acrecienta por el papel de la “economía subterránea”, que contribuye a degradar aún más el enfrentamiento, al mezclar los intereses económicos legales con los espurios, y al combinar, también, los apetitos políticos de miembros del establecimiento con los de la delincuencia común ligada al narcotráfico.

La guerra, la debilidad relativa del Estado, el narcotráfico, la lucha por intereses ideológicos (y de otro tipo) es el caldo de cultivo del cual surge el fenómeno Uribe, como víctima y victimario. De esta base brota toda la oscuridad de su forma de ser.

Pero no solo de él, sino también de muchas otras personas que comparten su papel de víctimas asediadas que deciden enfrentar a los que consideran sus enemigos con las armas en la mano, o sirviendo de soporte a quienes ejecutan la vía militar.

Muchos de los que hoy apoyan a Uribe en las regiones son los mismos que se alinearon en contra de las guerrillas en el pasado. Con su líder comparten el odio y el resentimiento, legados por el conflicto, contra los ejércitos guerrilleros o sus vestigios.

Ese medio país no perdona, y parece no estar dispuesto a perdonar (a pesar del proceso de paz), si se tiene en cuenta los últimos eventos electorales. Y no perdona no solo porque odia, sino porque tiene miedo de lo que representan la insurgencia y la izquierda (que mueve modelos parecidos a los de la guerrilla).

En ese medio país, aún en guerra, hay terratenientes, industriales, comerciantes, grupos medios y hasta trabajadores, que se han derechizado en contra de la guerrilla y de la izquierda por temor y por odio. La raíz de su polarización no es, precisamente, la ignorancia sino el bando en que quedaron (o que escogieron) como consecuencia del conflicto.

En ese bando hay mucha gente preparada, y a la vez convencida, tanto por las ideas que manejan como por los intereses económicos y de otra índole que encarnan. Y no apoyan a Uribe por estupidez, sino porque lo ven como una expresión de lo que ellos son, y como un defensor de cuanto les interesa.

A la matriz de polarización originada en el conflicto armado se le agregan otras variables culturales, como la religiosidad, las ideologías o las posiciones políticas tradicionales. Uribe también es la cara de esos sectores a quienes les agrada la mano dura hacia los que atentan contra unos valores considerados inamovibles.

El líder ha sabido encauzar en su proyecto ese entramado socioeconómico, político y cultural, utilizando todas las armas posibles, incluidas las ilegales. Y, gracias a su habilidad, ha vendido bien sus ideas a la parte importante de la población que estaba predispuesta a aceptarlas.

A pesar de lo expuesto hasta aquí, no es pertinente descartar del todo que un sector de esa población que acompaña a Uribe se haya inclinado hacia él debido a la ignorancia o al engaño.

Sin embargo, la gran mayoría le camina a este (y le seguirá caminando) porque lo ven como su héroe, como su representante, el cual ha hecho lo que ellos hubieran querido hacer en defensa de lo que consideran suyo, en contra de sus enemigos.

En este caso (como en el de otros jefes carismáticos), la gente se entrega porque él encarna lo que quieren y piensan, y porque lo sienten de su bando, asumiéndolo con un sentimiento que trasciende lo racional, pues está más cerca del afecto que un hijo experimenta por el padre, que de una ideología muy estructurada.

Ese hecho de la psicología de masas explica lo que algunos llaman el teflón de Uribe, y es una vía para comprender por qué sus partidarios le perdonan o justifican todo. Ese comportamiento colectivo le debe menos al engaño o a la ignorancia que a la realidad de que los seguidores son, o quieren ser, como su líder.

Quién sabe qué ocurrirá con Uribe y con la población colombiana a raíz de los últimos acontecimientos político-legales. De nuevo el país está dividido en dos a raíz del enfrentamiento entre el jefe y la Corte Suprema. ¿Pesará más, de nuevo, el teflón uribista que la ley y las instituciones nacionales?

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