7:28 am. Miércoles 15 de Marzo de 2017
Opinión
7:28 am. Miércoles 15 de Marzo de 2017

El 2016 estuvo cargado de sorpresas democráticas. El plebiscito en Colombia, el Brexit en Reino Unido, el triunfo de Trump en Estados Unidos, entre otros hechos; marcaron un año en el que el mundo se introdujo en una clara tendencia de resultados no esperados y mucho menos vaticinados, las encuestadoras fallaron una y otra vez. Por eso hoy, si se buscará acertar en lo que sucederá en la contienda electoral francesa, la lógica nos diría al menos, que no hay ninguna opción que por extremista que parezca, sea descartable en primera instancia.
 
Marine Le Pen, la hija y heredera política del expresidente del Frente Nacional Jean-Marie, representa una ultraderecha, que aunque cueste decirlo, ha hecho un aceptable trabajo renovándose y comunicando de forma medianamente más novedosa sus postulados. Esto, tal vez en un enorme intento por no incurrir en los mismos errores de su padre. Lo anterior, sumado a la ola de nuevos nacionalismos y populismos por la cual atraviesa la democracia a nivel internacional, podría convertir a una opción que parecía inviable y descabellada, en la mujer más poderosa de Francia.
 
François Fillon, el otro candidato de derecha, y quien por incoherente que parezca, se presentaba como su único contendor fuerte y como el hombre llamado a atajar la llegada de Le Pen a la cima del poder en Paris, se ha desinflado. Una serie de escándalos le están pasando factura a su campaña y dejando el camino libre a la política caracterizada por sus posiciones extremistas y radicales.
 
 Sin dejar a un lado la realidad francesa que atemoriza pues pone en riesgo las conquistas de una nación siempre guiada por su férrea lealtad hacia la defensa de las libertades y los derechos humanos; lo realmente preocupante es que de vencer Le Pen en mayo, el 2016 dejaría de ser un mero año repleto de sorpresas en la arena política y pasaría a ser el inicio de un periodo en el que de forma definida la población a nivel mundial realiza un viraje claro hacia alternativas que aunque sean irracionales en principio- o que podrían en cierta medida significar un retroceso democrático- sí parecen brindarle al electorado la sensación de poder esperar algo distinto, eso que las opciones y candidaturas dotadas de razón, equilibrio y estabilidad, hasta ahora no han podido.

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