11:02 am. Domingo 18 de Diciembre de 2016
Opinión
11:02 am. Domingo 18 de Diciembre de 2016

La noticia de la invitación al diálogo, en las propias entrañas del Vaticano, entusiasmó a más de uno en nuestro país. Esa parecía ser  la puerta de escape que faltaba para que el Presidente Santos y Álvaro Uribe Vélez depusieran sus diferencias y fumaran la pipa de la paz.

Una reunión al más alto nivel entre el jefe del catolicismo y los dos líderes reconocidos de la división nacional (creyentes ambos, para más señas) sería el empujón definitivo que requería el proceso de paz, al embarcar a toda la élite en un gran acuerdo para la pacificación.

Pero la frustración ganó otra vez la partida. El entusiasmo de quienes promovieron el cónclave relámpago, la aspiración del Papa de quitarle la principal estaca envenenada al proceso de paz, y el deseo de unidad por la pacificación del pueblo colombiano, todo se frustró por cuenta de la terquedad del senador Uribe.

Ni siquiera el Papa, con su poder simbólico y apostólico, pudo con la tenaz resistencia del expresidente. El senador no quiso ceder porque tiene la vista fija en el pasado, y también en el presente y el futuro. Su proyecto político principal ha sido la guerra, y su mejor estrategia defensiva sigue siendo la guerra. Ese es el pasado, el presente y el futuro de Álvaro Uribe Vélez.

La seguridad democrática lo convirtió en victimario, como consecuencia del uso del todo vale. Y el diseño y la aplicación de este lo llevó a cometer una serie de delitos que son, hoy por hoy, su talón de Aquiles. Esos crímenes, y la alianza tácita o explícita que desarrolló con la delincuencia común, lo han llevado a oponerse a la justicia transicional.

Uribe confronta esta justicia no porque ella promueva la impunidad a favor de la guerrilla, sino porque sería el vehículo a través del cual se conocerían los delitos de los civiles y militares que participaron como contraparte en el conflicto armado. Es decir, la guerra sucia, orquestada desde las instituciones estatales en alianza con el paramilitarismo, afloraría sin tapujos, salpicando al propio expresidente y a sus aliados más conspicuos.

Uribe pide cárcel y sanciones más severas para la insurgencia, a sabiendas de que eso niega el proceso de paz. Exige, además. medidas extremas para impedirles el acceso a la política, lo cual niega también la pacificación, porque él sabe que ningún grupo guerrillero aceptaría esa solución. Por lo tanto, la intransigencia de este político lo que busca es acabar con la posibilidad de la paz, para proseguir la guerra fratricida.

Todo lo que ha pedido Álvaro Uribe Vélez para concertar un gran acuerdo nacional es imposible de conceder, si la idea es lograr la culminación de un proceso aceptado por los órganos de justicia internacionales. La Corte Penal Internacional ya se mostró de acuerdo con el tipo de justicia alternativa que se aplicará en Colombia, y lo propio han hecho instituciones defensoras de derechos humanos, personalidades de diverso tipo y la mayoría de gobiernos y organismos multilaterales.

En esto consiste el pasado y el presente que alimenta la posición política del senador Uribe. El futuro se relaciona con el cálculo electoral que está haciendo con miras a las elecciones del 2018. Este líder es consciente de que representa los intereses de la élite de ultraderecha más recalcitrante del país, un sector belicoso del establecimiento que le apuesta a la sangre y a los muertos para superar el conflicto.

También sabe que el odio y el resentimiento orientan la conducta de una gran cantidad  de colombianos, y que el revanchismo contra la guerrilla produce votos, como quiera que la mitad de la nación aún le apuesta a la opción militar, porque no perdona a la insurgencia.

El expresidente aspira a ganar de nuevo el poder en el Congreso y en el ejecutivo (por interpuesta persona) en el 2018, cabalgando en el potro del odio y del conflicto armado. Si abandona su estrategia guerrerista ¿cómo haría para movilizar a la gente y para lograr de nuevo el poder político?

Todo esto estaba en juego en su diálogo con el Papa Francisco. Era casi imposible que Uribe Vélez aceptara la petición hecha por el Sumo Pontífice, porque eso significaba, de hecho, su muerte política en el presente y en el futuro. Y eso representaba, además, exponerse demasiado si se llegara a aplicar la justicia transicional, conforme está definida en los acuerdos con las Farc.

Uribe se dio un champú de Papa, pero se negó a ceder en los puntos que lo tienen por fuera del acuerdo nacional dentro del establecimiento. Fiel a su estilo, mostró la cuestión como si el intransigente no fuera él sino Santos. Y fiel a su estilo sigue diciendo que ama la paz, cuando lo cierto es que le apuesta claramente a la guerra.

Ni el Papa Francisco pudo convencer a Uribe de que abandonara la intransigencia, porque detrás de la careta de la terquedad se esconde la defensa de su propio pellejo y de la piel de sus amigos, comprometidos en múltiples delitos. Además, ceder ante el Papa significaba abandonar la propuesta guerrerista de la élite reaccionaria que le teme a la reforma agraria… élite que es una aliada incondicional de este dirigente político.

La buena fe del Papa se estrelló contra las malas intenciones y la ruindad de un individuo que aspira a seguir torturando a Colombia. Uribe sabe que la ultraderecha está en auge (a raíz de la victoria de Trump y de otras probables victorias en Europa), y que bajarse de ese carro es morir, políticamente hablando. ¿Cómo entrar al tren de Santos, del Papa y de la paz si su razón de ser está en la guerra? 

 

 

 

  

   

 

 

 

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