12:08 pm. Domingo 08 de Octubre de 2017
Opinión
12:08 pm. Domingo 08 de Octubre de 2017

Los juegos del hambre son tres novelas de aventura y ciencia ficción escritas por Suzanne Collins. Las tres han servido de base para sendas películas muy taquilleras, aparte de ser libros con mucho éxito de público.

Las películas y las novelas tienen como eje el enfrentamiento a muerte entre representantes de los 12 Distritos, que están bajo el control del Capitolio. Ganan solo dos, generalmente los más astutos y los más hábiles en el manejo de las armas. Ganan después de matar a todos los enemigos de los demás Distritos, dos por cada uno de estos.

En Colombia empezaron los juegos del hambre de las elecciones para presidente y congreso del próximo año. Es notable el parecido que tienen nuestros juegos con los de las exitosas películas mencionadas arriba.

Los políticos de los diversos partidos se enfrentan entre sí para demostrar que son los mejores. Los seguidores también se enfrentan unos a otros, destacando las cualidades de sus candidatos y dándole duro a sus contrarios.

En las películas, la idea es matarse entre equipos de los Distritos, acudiendo a todo tipo de armas; es la muerte por la comida y por ciertos beneficios materiales para el Distrito ganador. Matar para vivir y para ayudar a los demás.

Los juegos del hambre de las elecciones en Colombia son por los votos, por el poder y por algo más. Estos juegos del hambre por los votos, el poder y algo más son menos gallardos y limpios, porque los políticos y sus seguidores acuden a toda clase de armas rastreras para sacar del escenario a los enemigos.

La mentira, la calumnia, el engaño y la difamación están entre los recursos preferidos de los líderes y los seguidores, quienes participan en una batalla campal en que buscan demostrar quién es el más fuerte en el uso de sus estratagemas, combate sin barreras que siempre prueba la bajeza de los contendientes.

Nuestros juegos del hambre por los votos, el poder y algo más tienen por escenario principal las redes sociales, pero no es raro que su vaho enrarecido penetre en otros ámbitos de la vida social, como la radio, la prensa escrita o la televisión. Un auténtico cartel de los agresores se ha tomado por asalto esas redes, impregnando de violencia y odio el “debate” público.

Algunas personas guardan la secreta esperanza de que, en un país envilecido por la guerra, el debate público se eleve muy por encima de la polarización, y de que los participantes no se dejen arrastrar por las formas degradadas de hacer política, las cuales se derivan de la mentira, la calumnia y el odio.

Pero nuestros juegos del hambre son, como en las películas, enfrentamientos a muerte entre enemigos que creen que rebajando el debate consiguen lo que buscan: derrotar a los competidores para obtener los votos, el poder y algo más. En realidad, quizás ni siquiera reciban eso, sino solo alimentar un cartel de agresores compuesto por miembros de casi todo el espectro político.

Lo ideal sería que la discusión se hiciera centrándose en las ideas, en los argumentos basados en los programas y en la altura conceptual. Todos deberíamos hacer un esfuerzo para que en las redes sociales no se reproduzcan la violencia y el odio que nos sembró la guerra.

Pero es ilusorio pedirle esto a los políticos y a los seguidores, empeñados como están en matar al otro a punta de mentiras, calumnias y violencia verbal. Nuestros juegos del hambre son algo degradado y bestial, y seguirán siéndolo quién sabe hasta cuándo. Como en las películas.

 

  

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