10:49 am. Domingo 12 de Noviembre de 2017
Opinión
10:49 am. Domingo 12 de Noviembre de 2017

Pertenecer a un grupo de WhatsApp es como una membresía de por vida de un culto particularmente locuaz y persistente. A diferencia de otras redes sociales, WhatsApp ha construido un sentido de comunidad de tipo íntimo, incluso si el grupo es grande. La famosa aplicación nos ha convertido en un círculo de amontonados que preguntamos, meditamos, reímos, lloramos, murmuramos y batallamos  internamente y en la que, a menudo, hemos encontrado un hilo común de alegrías y sentimientos. Cada grupo de WhatsApp nos ha convertido en una especie de familia, y como en todas las familias nos sentimos cálidos y disfuncionales al mismo tiempo.

Esta asombrosa tecnología ha integrado a un universo de personas que durante décadas tuvieron poco o ningún contacto. Las reminiscencias y las viejas bromas internas son el elemento básico para comenzar. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que cada grupo de WhatsApp tiende a la mismidad, y no es inusual encontrar el mismo chiste, video o meme que aparece en cuestión de minutos en todos los grupos. Pareciera que todo el mundo bebiera de la misma corriente de conciencia.

En WhatsApp podemos publicar y reenviar casi cualquier cosa. No se aplican estándares de calidad. La innovadora aplicación es la sede de la desidia, del ocio y del murmullo de pensamiento que instantáneamente convertimos  en un regalo que decantamos con inmediatez a cualquier parte del mundo. Sin embargo, la alegría de ser partícipe de un grupo de trabajo, de excompañeros de secundaria, de familiares, de universidad y de amigos, muchas veces se ve frustrada por el envió constante e indiscriminado de mensajes, memes, videos, comentarios irrelevantes y posiciones políticas, deportivas y religiosas radicales que a veces afectan la convivencia saludable en esos microespacios.

Algunos «grupales» se levantan muy temprano, y como buenos usuarios de WhatsApp comienzan el día enviando un cúmulo de saludos y bendiciones, muchas veces acompañadas del tedioso compartir de las cadenas de oraciones. Otros, tienen tanta «verborrea WhatsAppera» que publican hasta en la madrugada, como también, a primeras horas de la mañana y durante el almuerzo. Es tanto el frenesí con el que algunos participan en estos grupos, que pareciera que lo primero que hacen al despertar es revisar los mensajes, que no resisten sustraerse de publicar y hacerse notar. Y, que cuando trabajan, hacen ejercicios y hasta cuando van al baño, no dudan en revisar con ansiedad cada vez que parpadea el icono verde en la pantalla del móvil anunciando que hay mensajes sin leer. Aunque en esta red social no es necesario tener horarios rígidos, la cantidad de mensajes que recibimos es agotadora tanto para la memoria del celular, como para quien los recibe, por lo que se hace necesario aplicar unos criterios generales de convivencia que, garanticen una experiencia más amena y saludable enmarcadas dentro del respeto y la armonía grupal.

Capítulo aparte merece la poca higiene gramatical que se observa en estos grupos. Sin duda, la moderna aplicación desnudó una verdad para muchos oculta: «la educación en Colombia es un desastre». Lo anterior, podemos comprobarlo de manera sencilla al observar, por ejemplo, los comentarios de algunos miembros que forman parte de dichos grupos. Muchos con pregrados y en ocasiones, incluso, personas que tienen especializaciones y maestrías. Analicen a profundidad sus mensajes y notarán que muchos no utilizan adecuadamente los signos de puntuación, las reglas ortográficas, las reglas básicas de redacción, etcétera. Sus comentarios sorprenden. No saben, al menos, escribir una oración o un párrafo.

WhatsApp, cada vez ocupa más tiempo en nuestras vidas por lo que se ha hecho necesario incluirlo de forma visible en el cine, el estadio, la iglesia y hasta en casi todas las reuniones de tipo social, laboral o familiar. Incluso, ha acabado con amistades y hasta con matrimonios. De manera que, a veces dudamos si el advenimiento de esta tecnología ha sido un suplicio o una maravilla.  Así las cosas, es necesario entonces aprender a convivir con WhatsApp, el cual ha sido un invento extraordinario que ha revolucionado la comunicación interpersonal haciéndola fácil, gratuita, accesible y cómoda.

En resumen, WhatsApp, como las demás herramientas que se han instaurado en nuestra forma de vivir (Facebook, Instagram y Twitter), nos ha marcado un desarrollo evolutivo. Así que, será nuestra forma de utilización la que marque ese proceso de cambio de nuestra sociedad. Es decir, de la manera como las usemos dependerá nuestra membresía evolutiva.

 

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